La cita es todos los jueves. Hoy hay proposiciones nuevas, eso decía el mensaje en el grupo.
La mayoría lleva años en esto y saben lo que arriesgan, a mí a veces me cuesta mantener la apuesta y casi nunca la supero, tengo una vida pública y ni mi mujer ni mis seguidores pueden enterarse.
No puedo pasar sin nuestras reuniones aunque me en ocasiones veo a mi mujer con los niños y me pesa la conciencia. Cada semana, al entrar al piso franco y no es superstición, miro a los dos lados y arriba, en los balcones del edificio mientras empujo la puerta con el codo, no me gusta tocar el tirador.  

Al sentarme en la barra y pedir el mejor whisky empiezan a sudarme las manos y siento el corazón saliendo por la boca, no es fácil librar la mente de todo: familia, trabajo, compromisos insulsos. Esta noche las mujeres son de bandera, algunas profesionales, otras un poco cohibidas por ser la primera vez, pero está bien, me gustan las novedades, hace el juego más excitante, sin remilgos, hemos venido a lo de siempre, es nuestro momento para lo que algunos, mentes estrechas, consideran vicio.

Esta tarde las señoras escogen el juego. Siempre con discreción y en confianza hoy entra personal nuevo, a las mujeres les cuesta más, nosotros arrastramos la fama pero ya sabemos que ellas cuando se lanzan, son auténticas expertas. Entre las piernas siento la presión al ver a la rubia exuberante de al lado, sí, acabaremos como acabaremos y sin sentimientos, pero uno no es de piedra. Decididamente me molesta que la rubia le guiñe el ojo al gordo de delante, a mí me ha despedido con una indiferente cara de póker, probablemente mi estatus no es el mismo y no le parezco una buena pareja para empezar.

Esta noche me arriesgo mucho, confieso que no toco todos los palos y no quiero quedar mal, si no estoy a la altura podrían expulsarme de los encuentros, parte de las reglas: nada de mirones. El ambiente se calienta, las conversaciones banales pronto se quedan sordas. El escote de la rubia se muestra ya sin disimulo y la joven pelirroja que acompaña al gordo hace rato que coquetea con la pajita de su copa mientras me mira y aparenta inocencia. Me quito la chaqueta, para cuando me aflojo la corbata y me desabrocho el primer botón de la camisa, la pelirroja se está mojando los labios haciendo gala de una compleja acrobacia con su lengua.

Hemos repartido suertes, siempre se empieza así, sin trampas ni favoritismos, las tarjetitas y los números mandan, tenemos pareja para los preliminares pero el juego fuerte, dicen las señoras que promete excitación y risas, será después en un “todos con todos”. Uno de ellos, musculado y con aspecto aniñado me mira con interés levantando la ceja con una sonrisa perversa, no me gusta compartir diversión ni equipo con él, le he visto en acción: una vez empieza, llega hasta el final y tanto le da hombre o mujer, es de los dominantes.

Se acaba de descubrir el juego en grupo, no me gusta, no sé si podré disimular mucho más, hasta ahora mantenía el tipo pero no sé si podré aguantar y se notará. No hay nada más humillante para un hombre: si no la mantengo bien alta y firme se verá el farol y la mano bajada dejará al descubierto que no sé jugar al Remigio.

Golpes: Semana #45
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