Conocíamos todos los detalles, sabíamos perfectamente lo que encerraba la cena. Al llegar al sitio de la cita él ya estaba esperando en su coche. Le hice luces pero ya estaba atento a mi llegada y justo abría la puerta para venir a mi encuentro. Expectativas superadas por parte de los dos, nos lo notamos en los ojos y en ese primer abrazo tras conocer solo nuestras voces durante dos semanas.
La cena fue la excusa para pedir vino y celebrarnos. Solo sentarnos a la mesa nos tomamos de la mano. Los calamares apenas bajaron al medio plato, el resto de las dos fuentes casi sin tocar, solo había hambre del otro. La excitación subía por momentos en eléctricas coincidencias, en miradas vidriosas, en intenciones claras. Me bebí el café casi en sus labios, como él su copa. Tuvimos entre manos más que el postre, nos comimos derretidos sin apurar el fondo del manjar.

Conduciendo un descapotable comprobé que la lluvia no moja mientras se circule, pero cuando se empieza a frenar y se detiene el coche, de pronto el agua despierta del encanto. Protegimos nuestros besos con una capota bien a prisa.
Casi enfadada, golpeando el volante, me lamentaba en voz alta de que fuera con él, que el cruel destino tuviera que traérmelo para castigarme a la vez. Él me acarició y entendió perfectamente, miró a lo lejos y después a mis ojos, dijo que no se arrepentía de nada, de solo una cena, de tenerme a medias una sola vez, porque era un regalo sentir de esa manera solo en segundos. Tomé su cara entre mis manos y le pregunté por qué él, porque yo, quería justo eso que explotó con él, con otro.
Me abrazó varias veces, me levantó más de una vez del suelo para intentar seguir flotando y estuvimos allí de pie un rato tratando de entender lo incomprensible. La despedida costó casi alguna lágrima, alguna palabra atrapada en la garganta. Pero a pesar de todo sin promesas, una última vez en su pecho refugiada de la madrugada, con la luna llena alumbrándonos y la obligación de dar media vuelta sin volver a mirarnos.

Como convinimos, al llegar a casa me envió un mensaje mientras se deshacía del ticket de la cena, yo no podía acabar de dormirme. “Cariño, ya en casa, todo contigo es perfecto, voy a dormir un rato antes que se haga de día para intentar seguir mañana sin pensarte demasiado”.

Cariño, ya estoy en casa, contigo, todo perfecto, voy a intentar dormir un rato antes que se haga de día para seguir mañana sin molestarte demasiado -dijo al arroparse en la cama de matrimonio. No obtuvo respuesta, solo un gruñido desganado mientras un cuerpo le daba la espalda.

Golpes: Semana #43
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Comentarios (2)

  • fisherwoman . 29 octubre, 2017 . Responder

    Qué bueno el final, con el cambio de comas y un par de palabras, un significado totalmente diferente

  • Johan Cladheart . 30 octubre, 2017 . Responder

    Textos y contextos que lo cambian todo.

 

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