Mi nombre es lo de menos, soy… una mujer. No tengo que olvidarlo, soy una mujer. Nadie me cree. Vivo en este encierro involuntario y absolutamente nadie se da cuenta de mi prisión. Creen lo que dice mi carcelero, él,  que se ha convertido también en mi verdugo. No consigo apenas respirar tranquila, quizá lo mejor sería huir, dejarlo todo, coger a mis pequeños antes que vean de nuevo esos ojos terribles teñidos de rabia gritandoles. Él, solo a centímetros desde una visión de gigante. Nada hay más horrible. A veces, por un segundo, deseo que vuelva a pegarme,  como aquellas tres veces, los golpes son más definitivos, ¿sabe? no resuenan como los gritos, los insultos que rebotan. Los guantazos son solo un segundo de decepción y no van acompañados de humillación, acaban rápido.

El miedo me detiene a diario, como cuando es imposible dormir intentando distinguir en lo grande del silencio por si se abriera la puerta, por si unas manos a traición deciden acabar conmigo.  

Lo intenté, no pude convencerlo, le dije que era mejor tomar caminos diferentes, que me sentía herida y rota, limada… y él se rió. Desde arriba, con esa mirada afilada de burla y otro puñal se volvió a clavar en mí, otra herida abierta, las hemorragias están acabando con mis fuerzas y a menudo mi cabeza abandona y pienso que es mejor terminar ya. Pero hasta el terror me impide esperar que sea él el que termine y prefiero planear mi descanso adelantándome con un suicidio improvisado. Me atan mis niños a esta tortura.

Una vez, ya en la convivencia de mentiras y apariencias, para seguir respirando en una burbuja de aire, dejé entrar alguien en mis grietas de desamparo, más que otro fluido, fue la saliva que envolvían sus halagos desde un espejo olvidado lo que me mantuvo a flote.  Todavía no sé qué pudo ver en mí ese hombre porque él me recordaba que yo no era más que desperdicios, sin talento, y eso era, vacío. El hombre que intentó subir mi merma a algo parecido a aceptable como mujer, aunque no logró tocar mi alma, abrazó mi cuerpo como hacía años no sentía, fue extraño. Eso me convirtió para él en el insulto fácil y manido… Y me transformó para sus conocidos en blanco de los deseos más bajos, me lo pidieron sin pedir precio. A los ojos de él yo ya nada valía y así se encargó de hacerlo público.

Angustiada, me he dado cuenta que, sola, soy un peligro para las mujeres y los hombres que conviven en un hogar, aunque este sea una mentira felizmente a la vista. Más aún para ellas, ni en la naturaleza más salvaje, las hembras se trituran de esta manera resentida entre ellas, nunca una de la comunidad abandona a otra, y nosotras racionales, inteligentes y madres… giramos la cabeza ante el dolor y el auxilio.

Ahora sí le voy a coger esa manta que me ha ofrecido hace un momento, de pronto tengo mucho frío y esta herida duele más al haberla nombrado. Perdone que llore así, pensé que no me quedaban más lágrimas y solo estaba llena de pánico. No sabe cómo agradezco que me haya escuchado agente, casi puedo sentir que me está creyendo, que puede hacerse una idea. Gracias por ir hasta casa y recoger mis niños en el garaje, yo corrí hacia aquí para que él me persiguiera a mí y ni entrara en casa.

Les contaré todo delante de esa grabadora, lo único que necesito saber es que no estoy sola, que en algún momento él me dejará libre, que después de todo lo que les cuento, esto terminará… como ese botón de stop de su registro.

Comentarios (3)

  • Asier . 30 enero, 2017 . Responder

    Sol, me ha parecido grandioso.
    Creo q esto vale mucho. Y no sólo por el como, que me gusta, sino por él qué
    Me ha gustado leerlo justo cuando estoy celebrando el día q me marché de casa.
    Casualidad? Causalidad?

    • (Autor) Sol . 30 enero, 2017 . Responder

      Mil gracias, sin palabras. Por cierto, no hay casualidades, siempre hay causas aunque no lo entendamos.

  • luis . 22 abril, 2017 . Responder

    Menudo golpe, tanto metafórica como físicamente. Un texto conmovedor, duro como una pedrada, que imagino te ha costado mucho escribir, como si te hubieras tenido que pelar como una naranja hasta dar con las palabras necesarias bajo tu piel mondada. Y además con la evocación e intensidad de tu estilo.

 

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