Ni pensar que el volumen de trabajo bajaría en agosto, en algo más de cuatro semanas, subió su ánimo, a él siempre le costó soportar el verano. En realidad siempre tomaba su descanso estival en septiembre, lejos de aglomeraciones, aunque compartir departamento con más compañeros exige ceder a veces.

Mientras caminaba a recoger su moto, se cruzó con unos niños que correteaban  gritando sonrientes y se le pasó por la cabeza cómo sería la reunión familiar en diciembre… con la algarabía esperada celebrando las fiestas familiares y más regalos en la cuenta de Amazon en enero, con dos sobrinos a punto de llegar.
Suspiró como si se le escaparan años en una bocanada, quizá por momentos arrepentido de huir de compromisos, rellenando sus espacios con una agenda llena de letras, de motivos, excusas y nombres.  Quizá apesadumbrado de no alargar alguna relación con la que sentirse acompañado a diario, en reuniones, en aficiones y a solas, en momentos cálidos a pesar del frío de afuera. De pronto echó de menos ese febrero frío de días cortos, de tardes de chimeneas, lejos de celebraciones… Pero para llegar hasta  ahí tenía que pasar todo el calor, unas vacaciones e inaugurar y finiquitar dos estaciones más.
Aunque se lo temía, prefería desconocer la razón por la que, por unos instantes, deseaba recorrer el tiempo como si pasara las páginas de un libro. Mirar a otro lado durante años es una medicación para anestesiar el sufrimiento. El paseo de la playa podría ser un buen lugar para respirar la última tarde laborable, el sábado prometía intenso con partidos a primera hora, vermut y posible noche de amigos.

 

Frenó el coche aburrida en mitad de una caravana en el centro del paseo. Hasta tratar de estacionar un vehículo se volvía insoportable para el resto de conductores. Una tarde infernal de junio ahogaba hacía ya dos días con aire denso de África. El tiempo muerto en el coche daba para casi todo, bajó la radio, quería pensar sin interrupciones. Cualquier cosa, otro tiempo, otro lugar. Fantasear en el colorido mayo, paisajes de flores y los primeros calores. En temperaturas soportables, en el crujir de hojas muertas, las sombras tibias del bosque de noviembre. Apagó el aire acondicionado y bajó las ventanillas, el irrespirable calor también traía olor a mar, a brisa de sal.

Auguró que recordaría sin remedio en octubre un aniversario para olvidar, un regalo brillante, redondo, envuelto en traiciones. Los viernes siempre habían resultado magníficos, hasta en el colegio, ahora desde las seis de la tarde, menos aquel maldito viernes que le dejó. Los niños sufrieron porque creyeron en una segunda oportunidad para su madre, pero hacía ya que bromeaban a menudo, se dejaban abrazar continuamente y a pesar de la adolescencia bien entrada, empezaban a pasar más tiempo con amigos y algo menos con ella, aún así, todo era buena señal.  En marzo haría tres años de romper algo parecido a una familia y todavía se le encogía el pecho hasta la espalda al recordar algunas palabras, las decisiones contra la voluntad son mortales.
Ya no era como años atrás, pasaba el tiempo aún más deprisa, en poco, cuarenta y un solsticios de invierno. Más tardes de sábado y domingo con manta, película y probablemente sola.
A la primera oportunidad desvió el coche para aparcar, había visto la heladería y se permitió sucumbir.

Se giró desde el mostrador, granizado en mano, buscando con la mirada una mesa libre cuando justo alguien se levantaba de una de la esquina. Casi embistió a un hombre que también se disponía a tomar asiento en la mejor mesa de la terraza; se disculparon, se sonrieron, se sonrojaron, se cedieron el asiento, se rechazaron el ofrecimiento. Se quedaron en pie, inmóviles, mirándose a punto de otra sonrisa esperando que el otro ocupara el sitio. Una mujer les preguntó si la mesa estaba ocupada mirando de uno a otro.


– ¡Sí! -contestaron a la vez

Él lanzó la invitación desde un pálpito, como si no fuera consciente de que esas palabras salían de su boca.

– ¿Y si… es alguna clase de señal para que compartamos la misma mesa, en este momento? ¿tú qué crees?

Ella sonrió con los labios cerrados mientras pensaba una respuesta sin traicionarse pero encantada.

–  Hummm… creo que habrá que seguir esas señales, a ver dónde llevan.

Él se acercó con delicadeza a la mejilla aún sonrosada de ella.

–  Por cierto… Soy Julio.

–  Yo Abril.

Golpes: Semana #37
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