Por fin nos encontramos, un año sin vernos. Como cada agosto nuestra reunión se convertía en costumbre estival, en excusa para hacer números sobre nosotras – desde mis diecinueve y sus veintitrés- con nuestros veinticinco kilómetros de distancia. Además, nuestros hijos adolescentes ya habían ligado un vínculo en sus jergas y juegos.

“Estaremos solas, no te preocupes, Antonio trabaja y tendremos todo el día para nosotras” -aseguró cómoda ella. No me preocupaba que Antonio estuviera, o no, por tener más libertad. En todo caso, me sabía mal que su marido estuviera trabajando mientras nosotros disfrutábamos de su piscina, y puede que, quizá también, no saludarlo.
Contamos con empates en nuestros dos hijos, en un divorcio y que nuestros padres siguen resistiendo. Las dos hemos vuelto a empezar unas cuantas veces… aunque yo mantengo la candidez que a ella tanto le divertía y ella la picardía que yo tanto admiraba.
Ella se conserva bastante bien dada su severa dieta y los disciplinados retoques de los que nunca prescindió. La ropa cara se adapta a su silueta e insinúa todo de lo que ella pretende hacer gala. En realidad, puedo imaginar que la vida debe resultar más llevadera con otro buen sueldo en casa, una empleada de hogar y además un compañero que beba los vientos y hasta las tempestades por una.

En un halago me reconoció más delgada y declaró que ‘algo debía rondarme, que tenía el guapo subido’. Reímos, pero opté por no hacer bromas fáciles y decirle que no me ronda ni el sereno, así que me sorprendió la observación desde su perfecto mundo.
Asomadas al balcón de su apartamento de vacaciones, me señaló traspasando la valla su nuevo coche descapotable. Me alegré de que su economía siguiera bien y añadió que Antonio también se acababa de comprar otro descapotable, ‘de gama alta’-apostilló-. Pensé que, en otro nivel, en aquella casa debía pasar como con los zapatos en la mía, a pares, eso sí, cada uno en su estatus.

Seguimos riendo en un café con momentos cruciales de nuestra amistad. Entonces me preguntó como otras veces por los hombres en mi vida. Me resultaba incómodo iluminarle con el universo paralelo de divorciados, muy diferente a su perfecto e impecable cosmos, así que le hice cuatro trazos de cómo vivía básicamente el sector masculino los compromisos y las mujeres: la ligereza de las relaciones en general. Se lamentó del estado que habían tomado lo importante entre ellos y nosotras y empezó a mirar más a menudo el teléfono móvil.

Como era inminente la llegada del dueño del otro descapotable y la reunión posterior que tenían en una cena con otros amigos, mi amiga empezó a acicalarse para no hacer esperar ni a uno ni a los otros. Lo cierto es que andaba incómoda hacía ya rato y su conversación había menguado a casi monosílabos mientras enviaba mensajes y consultaba la hora.  
En un momento, por fin entendí que éramos invitados y que se esperaba que abandonáramos la estancia habiendo agotado así el tiempo prudencial de visita. Di el pistoletazo para los niños y como cabía esperar, las protestas se levantaron y la revolución adolescente se quejó de ser demasiado pronto, demasiado tiempo sin verse, demasiado espacio hasta el nuevo encuentro.

Con el bolso en el hombro, nos despedimos y le pedí a mi amiga que saludara a Antonio, que no quería entretenerlos. Me disculpó con una rápida sonrisa, pero redondeé con la consabida fórmula: alguna posibilidad de vernos antes del verano siguiente por los niños sobretodo.

Al traspasar la valla de la perfección y dejar atrás definitivamente el mundo ideal, giré mi vista al balcón donde previsiblemente se despiden a los invitados tras todo un día compartido, pero la baranda estaba vacía.
El coche descapotable, flamante y coqueto me miraba con parrilla sonriente y ojos risueños. Al lado mi viejo Ibiza llagado con cicatrices y parches nos esperaba más manso.
Al arrancar y mientras los niños reían reviviendo el día, pensaba en cómo puede resultar de peligrosa una mujer más o menos atractiva, luchadora y sobretodo libre, desde una burbuja de fantasía.

Un descapotable, eso sí, de gama alta, se cruzó en sentido contrario de la calle; no miré al conductor y continué recto.

Golpes: Semana #36
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Comentarios (3)

  • Aletheia . 9 septiembre, 2017 . Responder

    Tienes imágenes brillantes en este cuadro, querida. Como siempre. Aunque me quedo con la extraña sensación de que… ¿quedan cosas en el tintero?

  • fisherwoman . 10 septiembre, 2017 . Responder

    Me ha gustado mucho. Esa rivalidad que existe entre las mujeres, siempre midiéndonos y tomándonos el pulso

  • David Requena . 11 septiembre, 2017 . Responder

    Dices mucho para ser un texto tan breve. Muy bueno.

 

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