BARCELONA, 17 DE AGOSTO DE 2017

18 agosto, 2017.2 Comentarios.#relato

Un niño de tres años que quería ser policía. Una niña que odiaba ser pelirroja. Una mujer que hacía la lista de la compra en su cabeza. Un hombre que había discutido con su hijo por la mañana. Un joven que se examinaba en septiembre para pasar a Bachillerato. Una anciana que pensaba en pleno paseo que había lo había visto todo. Una pareja alemana prendida de la mano en dulces momentos. Un magrebí estudiante de periodismo que planeaba cómo decir en casa que su novia era un hombre. Un tío que enseñaba a sus sobrinos la entrada del Liceu. Una adolescente que decidía no llorar más por él. Un fontanero que aún no había comido y buscaba la dirección para un servicio. La víctima número trece también tenía nombre, tenía familia, opinión propia, buenos amigos, ilusiones, viajes pendientes y sobretodo, tenía vida.

 

He ido a Plaza Catalunya. Parece increíble que vuelva a hacerse de día, que amaneciera esta mañana como si nada, como si ayer la muerte no hubiera conducido una guadaña como furgoneta. Todos nos miramos, todos pensamos lo mismo, puedo notarlo. Esta vez, entre tanto extraño me he sentido conocida y arropada y así he contemplado a todos los congregados.
Mis ojos se han cruzado con los de una mujer que podría ser mi madre, me ha sonreído automáticamente y yo le he devuelto el gesto. Justo a continuación me llama la mirada de alguien prácticamente a mi lado, un hombre. Casi me da vergüenza en ese escenario pensar en algo tan superficial, así que, él adivinando el apuro, me acaricia conciliador el brazo, después baja hasta mi mano y la toma firme. En contra a lo convencional me parece lo más lógico y no le retiro mi piel.  El minuto de silencio han sido miradas al cielo por despedida, por recuerdo, por lucha y resistencia. Tras ello los aplausos han sido de libertad, de protesta, de fuerza, de liberación, nos unimos a la ovación deshaciendo el roce.
Al acabar la reunión de sesenta segundos, nadie se ha movido, de nuevo otro reconocimiento entre desconocidos, más amable. Mi protector espontáneo me ha despedido con una media sonrisa y se ha alejado lentamente. Decido ir a tomar un café con vistas al bullicio de la ciudad, sin temor, sin resquemor, fortalecida por la unidad. Hay rincones donde la gente deposita flores, siguen tomando fotos y muchos en grupos desenvueltos gritan ‘no tengo miedo’. No distingo idiomas, naciones, origen, hay una mezcla de normalidad y conciencia. ¿No podría ser siempre así?
Entro en una granja acogedora, pido un café con leche y me premio con un cruasán de chocolate. Me señalan un par de huecos libres en la barra que da a la cristalera. Mientras me acomodo en el taburete, una voz  se abre a mi izquierda y me pregunta si no tengo miedo: mi protector aparece con una franca sonrisa.  A la vez alguien me pregunta si el taburete de mi derecha está ocupado.

– No -respondo a la joven-  Libre…  y sin miedo -le sonrío a él en voz más baja.

– Entonces… podríamos pasear hasta el puerto, después del café… ¿te atreves?

Las baldosas de nuestra Rambla tampoco tienen miedo y esperan a  llenarse con nuestros pasos.

Golpes: Semana #33
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Comentarios (2)

  • Nuria López Blázquez . 19 agosto, 2017 . Responder

    Conmovedor.
    Recuerdo sentimientos y reacciones idénticas después del 11M

  • fisherwoman . 20 agosto, 2017 . Responder

    Sí, yo también he vuelto a revivir muchos momentos y sensaciones del 11M. Precioso homenaje, Sol

 

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