Entró en la calle de tierra y aparcó detrás de mi coche. Mientras regaba las plantas en el porche me sorprendió verla y fui a recibirla hasta la puerta. Se presentó sin llamar antes, sin ningún mensaje de esos suyos que destilan dulzura en cada frase.
Siempre es un placer tenerla conmigo, eso es lo que hace ella, se deja habitar cuando quiere, como los gatos a los que tiene alergia. Se deja acoger en mis abrazos y hasta en mis afilados criterios.

La alegría inesperada se evaporó cuando llegó hasta mí y se quitó las gafas de sol. Su cara era dolor, confusión. No le pregunté, podía imaginarlo. Sequé de sus mejillas las lágrimas teñidas en rimmel pero siguió llorando sin consuelo. No habló, solo murmuró  ‘me ha dejado’ mientras se dejaba abrazar.

Le tendí un pañuelo al ver que utilizaba la falda del vestido y le hice sentar en la escalera de la entrada. Cuando salí con un vaso de agua seguía con la mirada perdida. Le acerqué el vaso pero creo que no podía ver más que su congoja.
Incomprensiblemente estaba más bonita que nunca, en veintiocho años no la había visto tan deliciosa, con su vestido de flores que le hacía ser un prado, su cabello casi negro refulgía y sus labios eran los pétalos descreídos del ‘no me quiere’.
Me explicó una breve y mortal escena, sin preámbulos ni más detalles, no los hubo. A pesar de estar rota, sabía que resucitaría de su cardiomiopatía de Tako-Tsubo transitoria, sabía que se levantaría otra vez y pronto  volvería a hacerme reír con torpes y chocantes salidas. Porque es única y su magia es que no lo cree.

De pronto, tras un largo silencio empapado en más lágrimas, llegó el epílogo del luto, una enumeración de capítulos en forma de recuerdos que empezó a escribir.

“Me estoy volviendo loca hace cinco horas… es que  todo le me recuerda a él: su verano y mi invierno. Ironía a su frialdad y mi fuego.
Su película. La segunda parte que pactamos ver en octubre, cuando aún no nos habíamos visto la cara.
Ir descalza, sentirme abrazada entre sus pies, cómo apartaba los rizos de mi cara. Nuestros libros, curiosamente no llegué a regalarle mi novela y sí otros tres libros. Un veintiséis de febrero como un estallido, batallas domésticas diarias,  mensajes matutinos como desear buenos días, pero yo se los deseaba entre comas.
Ver en sus ojos mi sitio. Un tres, un cuatro y un cinco de marzo.
Esas canciones del domingo, las que escuchábamos mientras él trabajaba en sus teclas y yo cocinaba. Me encantaba ese tono agudo con el que canturreaba.
Su impresión de mis letras, las historias de su familia…  ese apuro de aspirar la nariz por alergia, sus lágrimas por alegría. Su nombre. Una revista Ruta 66, un pueblo de Soria donde hasta en agosto hace frío. Buscar discusiones para no consensuar, el color verde, las buenas noches y las mejores tardes. Ese hueco en su barbilla exclusivo de mis besos.
Magento como un programa indomable, un hangout, una entrada de cine, un espectáculo donde un artista leía la mente y yo no pude augurar el final que me concedió.”

Golpes: Semana #31
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