Se aplauden las locuras del cine en nombre del amor, veneramos la obra intensa, pero en realidad nadie quiere en su vida esa vehemencia.
Por admiración a las palabras, yo necesito andar sobre ellas para calificar mi ansia y exaltar mi fervor y por el respeto que tú les profesas, las guardas en papel celofán entre lazos de ceremonia solo aptas para eventos.

Dentro de mi ordenado caos hay una parte que me empuja a escribir todo aquello que me pesa en el pecho y en cambio otra, me obliga a censurar cada renglón por si destilo desesperanza y angustia. No me gusta parecerte abatida aunque lo esté, no quiero revelarte mi debilidad aunque sangre.

No consigo descifrar a qué se debe, pero no me puedo permitir flaquezas contigo. Incomprensiblemente podría explicarte las cosas más terribles que me han sucedido -te estremecerían-  pero a la vez asegurarte que ya no sufro, para que no te sientas responsable de arrastrar mi frágil corazón a pastos verdes, los de tus brazos por ejemplo.
No quiero que alimentes mi marchita boca desde la pena, ni que avives mi alma con tu aura brillante. Porque no quisiera ser una obligación espinosa ni miseria en tu risa. Pero tampoco sé cómo ser paz y dicha en tus manos.
Intrigando contra el mundo te salvaría cada día, aspiraría a envolverte en mi querencia y hacerme con tu favor sempiterno y lo único que hago, a cada momento, es cruzar cerrojos, poner candados en el aire y escribir en lenguas muertas.

Le he preguntado a mi gato si de alguna manera me quieres, como afirmas sin declaraciones, pero las respuestas felinas son huidizas y distantes. En plena desesperación echo las cartas en el tapete buscando respuestas en una verdad que me convenga, pero los corazones ya no son lo que eran, los tréboles están perdidos, los diamantes nunca estuvieron en mi dedo y las espadas ya hace tiempo hirieron mi costado.

No es recelo contra ti, de no ser único no serías destinatario de mi codicia. Es que la vida nunca me premió con mucho y cuando el destino se apiadó de mí y me soltó unas cuantas monedas, cayeron rápidamente a la alcantarilla. Hasta ahora así ocurría, si mi piel vibra con otro cuero, si alguien logra sortear el escollo definitivo de mi laberinto, abrir mi última puerta, de pronto, todo se vuelve oscuridad y maldito silencio.

Me traicionan los fonemas en estrechas confesiones que se asientan en mi lengua deseando ser nombradas. Mientras, tú me miras desde el burladero de la serenidad y escuchas con digno protocolo mi alegato ardiente.  Quererte como yo quiero se ha vuelto delito inverso, por perpetrar un abrazo hasta tu cuello sin saber si me apresarás, o no, en pleno acto.
Y dentro de mí, a pesar de mis inútiles alas de avestruz, de mi afán de volar, me aflige esa voluntad a condenarme a tus ojos hasta que tú mires el mismo cielo conmigo.

Golpes: Semana #29
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Comentarios (3)

  • fisherwoman . 23 julio, 2017 . Responder

    ¿Y por qué nos condenamos a sufrir? Qué bonitas líneas y qué triste todo lo que muestran y esconden

  • Zamoranita . 24 julio, 2017 . Responder

    Demasiado sentimiento de ahogo, pero qué bien descrito para poder sentirlo, enhorbuena!

  • Johan Cladheart . 25 julio, 2017 . Responder

    No estás sola en esto. «Dentro de mi ordenado caos hay una parte que me empuja a escribir todo aquello que me pesa en el pecho y en cambio otra, me obliga a censurar cada renglón por si destilo desesperanza y angustia».

 

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