Ciento veinte  horas desde que se fue. Tres estaciones incompletas, el final de cuatro meses, sin prórrogas.
Pantallas pulsando expectativas. Palabras con sentido pleno, con todo el significado y el peso de una ilusión encontrada. Comprobar incrédula que había más fortuna en mi tesoro de la que me atrevía a desear.

Llegó en tren y como un tren me arrolló en la estación. Empecé con el último beso y él irrumpió con esas tres palabras condenatorias: ‘tenemos que hablar’.
Jaque mate, nada que hacer, esta vez es el rey que ataca a su propia reina.  La conmoción no me permitió ni esgrimir una vocal para redondear el momento, solo caer en que asistiría en primera fila a un disparo.
Sin frases de relleno, sin rodeos anestésicos. Su segunda frase: ‘no quiero seguir con la relación’.

Directo a los ojos desde sus gafas de sol, me alcanzó el pecho, atentado de lágrimas.
Me echó de él. Me despidió de nuestro contrato verbal, rescindió nuestra unión como el que rompe un papel sellado en voluntades y encuentros, pero sin certificado de amor. Otra condición externa le había nublado la vida para ver más claro que nunca que yo solo era un lastre.
Y a mí me dio por mirar el coche de lejos para huir…  de nuevo miraba a sus ojos y me repetía que no era real. Hasta pensé que el sol en la plaza mermaba mis sentidos y estaba oyendo alguna clase de espejismo. Le miraba a los labios para intentar leer algo más de lo que no podía entender y que no veía en sus ojos.
De pronto era urgente saber por qué, qué le había llevado a esa declaración, pero las preguntas no fluían en mi garganta. Aunque muda, mi expresión debía decir mucho más que mi boca, así que él accionó el gatillo: ‘lo he pensado y sopesado…  y no estoy enamorado de ti’

En frases lapidarias no queda mucho más que añadir, solo encajar lo más digna posible la estocada. Ni siquiera me dio por gritar haciendo de altavoz a mi rotura, ni por llorar desde las tripas, ni suplicar más tiempo, en mi reloj la arena quedó detenida en ese momento.

Su decisión estaba tomada desde hacía cuatro días, pero no dio mientras ni un indicio para prepararme, dejó el momento estrella para un ataque sorpresa sin más guillotina que su empeño. Cuando ya pesaba el momento más que el calor a las dos del mediodía, me abrazó súbitamente en contra de sus demostraciones públicas prohibidas, y aunque, en otro momento me hubiera dejado tragar por sus brazos, me encontró rígida y con las manos reteniendo su pecho, no fuera que se encontrara con mi corazón sin latido. En diez minutos me liquidó, sin más opción, como una sentencia.

Dos besos de Judas, de los de la mejilla (solo fui capaz de eso) y seguido caminé hasta el coche intentando aparentar frialdad. Él permaneció quieto mirando  hasta que entré y arranqué el coche. No sé hasta cuándo, no giré la vista, le necesitaba, pero necesitaba más no necesitarle.  No comí, no cené. Tampoco ganas de respirar. Solo deseaba cerrar los ojos y dormir, no sentir más.

Pensaba que no tendría que aprender ningún nombre más, que podría tatuar en el banco de la calle un corazón con nuestras iniciales, que que algún día sus manías me sacarían de quicio, que sería él el que me acompañara a la entrada de la siguiente década. Que sería con él que no brindaría por la Navidad y haríamos una celebración a medida, que algún día susurraría esas dos palabras que subirían mi tensión, que abriría su regalo de cumpleaños. Que sería el primero en corregir mi siguiente novela, que me tendería su mano en un avión a Roma. Pero no, no ha podido quererme.

Golpes: Semana #26
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