A las once de la mañana ya no quedaba ni una sola lechera, tan solo dos coches de policía de guardia aparcados correctamente en la calle. La gente del bar de al lado seguía con su rutina matutina. Si allí se había montado la de Dios es Cristo una hora antes, era casi un milagro comprobar que no quedaba ni rastro. Ni la camarera se inmutó cuando le preguntaron. Podría haber aprovechado para decir: “Uy sí, se ha liado aquí mismito, delante de la puerta. Unos tirados por el suelo, la gente chillando, la policía sacando las porras y la gente chillando todavía más… No nos han roto un cristal de milagro”. Pero nada de eso. La mujer de mediana edad no soltó prenda: “Ya se han ido todos. Se terminó, no queda nadie… Pero no sabemos nada más”.

En la fachada del humilde edificio de ladrillo cara vista color arena destacaba un escudo un poco sospechoso. “Edificio construido al amparo del régimen de Viviendas de Proteción Oficial”. Efectivamente, era la placa con el yugo y las flechas con las que se sellaban las VPO de Franco. El portal estaba abierto. En el buzón del 4ºA, los nombres de una familia escritos a lápiz. Un vecino entraba justo en ese momento. Tampoco tenía mucho que contar. “Sí, son unos chicos… majos. Yo con ellos no he tenido ningún problema. Vamos, que nos veíamos por la escalera y nos decíamos “buenos, días, buenos días”. Tenían dos niños pequeños… No te puedo contar más… Tengo entendido por el presidente de la comunidad, que me dijo que querían pagar… pero no sé nada más”.

La conversación se vio interrumpida por un estrepitoso ruido unos pisos más arriba. Algo se acaba de romper o de caer. En el 4ºA es posible que no todo hubiera terminado. En esa planta, al salir del ascensor, (recién nuevo, todavía debían estar pagando la derrama los vecinos), tres policías dominaban la escena en el angosto pasillo distribuidor. Los tres serios, de la misma estatura y con la misma pistola en su lateral derecho. Brazos cruzados. A uno de ellos le colgaba una walkie talkie de una presilla del hombro.

La puerta del fondo a la derecha del cuarto piso estaba arrancada y el cerrajero mandado por el juzgado operaba con una black and decker inalámbrica. Al fondo se intuía un salón pequeño, abarrotado de muebles levantados como en una barricada. La ventana abierta con una cortina tipo estor medio subida ondeando por el viento. Enmedio del pasillo de la casa parecía que alguien se había dejado una película VHS. Tras pasar el cerco policial de triple ceño fruncido, había una chica vestida con unos leggins grises, zapatillas de deporte blancas y un suéter muy largo con aberturas laterales. Tenía cara de cansada pero sonreía ligeramente mientras seguía barriendo lo que parecían unos platos rotos. Junto a ella, una caja de cartón abierta por ambos lados y una bolsa de basura de plástico color azul. Todo indicaba que la caja se había vencido del peso y gran parte de su contenido estaba ahora hecho pedazos en el suelo.

Mercedes, así se llamaba la chica a la que cientos de personas seguían arropando en twitter a esas horas con el hashtag #Mercedessequeda, acababa de ser desahuciada de la vivienda que había ocupado durante dos años. La abuela de su marido, vecina en el 3ºB, les llamó para decirles que la vivienda estaba vacía. Una pareja sin hijos “muy rara”, según el vecino del bajo, había dejado de pagar la hipoteca y el banco les había desahuciado. “Estaban más pallá que pacá…” Los vecinos consideraron importante gestionar aquella crisis en la comunidad por sus propios medios. Había que encontrar a alguien conocido para que ocupara el 4ºA antes de que se corriera la voz  en el barrio de que estaba vacío y se les meteria cualquiera que alterara la paz vecinal. Por aquella época Mercedes y su novio estaban buscando piso. Al venir recomendados por la abuela del 3ºB no hubo problemas. Aún así, la pareja pidió el consentimiento de cada uno de los vecinos. La gran mayoría estuvo de acuerdo.

Quizá por eso, porque Mercedes se sentía en deuda con esa comunidad, se afanaba en recoger aquél desastre en el descansillo de la escalera del cuarto piso. No quería irse y que alguien se quejara de cómo había quedado el rellano del cuarto. Ella continuaba barriendo sin prisa pero sin pausa, ajena a los tres policías y al ruido de la black and decker. Miraba al suelo sin emitir ningún tipo de suspiro ni llanto de dolor.  A lo mejor se acordaba del primer día que llegaron. Estaba embarazada de ocho meses de su segundo hijo. La niña, iba a cumplir cuatro años. Justo al día siguiente de instalarse, recibieron la primera visita de la policía, que qué hacían viviendo allí. (Es más que probable que algún vecino no estuviera tan de acuerdo con la gestión de la crisis del 4ºA). Mercedes abrió la puerta con su enorme barriga y mintió al agente al decirle que llevaban en el piso unos cuantos meses. El policía era un chico amable que se despidió de ella deseándole que ojalá se pudiera quedar a vivir allí.

Pero ese viernes de mayo por la mañana un tropel de agentes la habían sacado de su casa mientras sus hijos aprendían los nombres de los colores y las letras en el colegio. Esta vez, el tercer intento de desahucio en dos años, ya no había marcha atrás, les habían echado con un lanzamiento judicial (así se dice técnicamente). Y después de toda la tensión, los nervios, el disgusto, el abatimiento y la incertidumbre de qué iba a ser de su vida, y todo ese Dios es Cristo que se había montado en la calle y vete tú a saber si también dentro del propio piso, Mercedes recogía los platos rotos del suelo como si estuviera barriendo en su casa escuchando la radio por la mañana con un café delicioso esperándole todavía caliente en la encimera de la cocina. Pero estaba en el rellano de la escalera, a un metro de la puerta del 4º a secas, porque la letra A estaba tirada en el umbral.

Desde el piso tres subió por la escalera un chico vestido con un chándal y la misma cara que Mercedes. La diferencia es que a ella todavía le quedaban fuerzas para seguir esbozando una medio sonrisa. “Ábreme la bolsa por favor”, le dijo con una voz suave y un recogedor lleno de trozos de la modesta vajilla de loza blanca. El chico obedeció, se acercó a la bolsa de plástico azul y aflojó el frunce superior. Ninguno de los dos pareció reparar en lo que se podía ver dentro en un claro primer plano porque ninguno cambió el gesto. Su propio drama seguramente habría bloqueado parte de su capacidad para percatarse de pequeños detalles.

Coronando la basura hasta mitad bolsa yacía el dibujo de los tres reyes magos coloreado las pasadas navidades por su hija mayor en clase. La niña había utilizado un montón de colores y a juzgar por los trazos, le había puesto mucho empeño. Seguramente cuando lo trajo a casa sus padres lo colgaron con un imán en la nevera o con una chincheta en alguna pared bien a la vista para dar un aire navideño al hogar, ya que tampoco habría mucho presupuesto para decoración (y seguramente tampoco para los regalos). Como si fuera obra de un superpoder divino, el dibujo estaba intacto, sin arrugas, ni manchas, ni cortes ni esquinas arrancadas dentro de la bolsa. Ahí asomaban los tres reyes magos con su caras alegres, sus capas y coronas, guardando el secreto de los deseos que formularía en silencio la niña que los pintó. La magia se terminó definitivamente cuando un montón de platos rotos los sepultaron dentro una bolsa de plástico azul. Acto seguido, Mercedes terminó de rematar los rincones del descansillo con la escoba.

Golpes: Semana #20
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Comentarios (2)

  • Zamoranita . 25 mayo, 2017 . Responder

    Y que pasó luego?me quedé con ganas de mas; quizá esos reyes magos tengan magia real

    • (Autor) Severina Bau . 5 junio, 2017 . Responder

      Gracias por tu comentario Zamoranita! (y perdona mi tardanza en responder, he tenido unos días muy compliacaos). ¿Pues qué paso? ¿Querías saber más? Supongo que los reyes magos solo utilizan la magia en Navidad… La familia se fue a vivir a casa de la madre de Mercedes hasta que los niños terminaran el colegio. El banco recuperó su vivienda y ya cuelga de la fachada el cartel de “Se vende”. Sorry, no happy ending. Gracias otra vez por comentar!

 

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