CUATRO PASAJEROS. PARTE 13. Deudas (2)

1 noviembre, 2017.0 Comentarios.#ficción #relato

Porque Manuel, mi novio, tampoco era feliz. Y yo en realidad solo lo era en los ratos en que el alcohol era gratis y además me pagaban por servirme ¡Servirlo perdón! Pero Manuel no podía quejarse de que mi trabajo estaba jodiendo la relación, porque la razón de que me dedicara a poner copas era porque él me había animado a hacerlo. Antes de eso vendía ropa y me sentía frustrada. Era joven, llevaba poco tiempo en Madrid, conocí a Manuel, acabé de estudiar, y el primer curro que encontré fue ese. Pero el sueldo era una mierda. En parte la culpa era nuestra por habernos endeudado en dos Masters de universidad de pago. Solo podía permitirme vivir compartiendo el piso con Manuel. A veces extendiendo creativamente el tiempo hasta el próximo alquiler. Arroz y pasta la mayor parte de los días. Ni de broma permitirme salir de fiesta más de una vez al mes. Y era un poco pava por no darme cuenta de que esto último no era tan importante. Otras chicas, especialmente las que no estudiaban o habían estudiado, bueno, pensaban que yo era una niñata gilipollas casi seguro. Como se me ocurría pedir que me dieran más horas cuando solo llevaba un mes. Como se me ocurría echar el currículum para encargada, cuando era de las dependientas con menos experiencia y más torpes, quizá porque me chocaba contra ellas, cargando media docena de pantalones en una mano y tres abrigos en otra. Ahora que lo pienso, lo raro es que solo me chocaba con las veteranas, con las nuevas o las que solo querían el trabajo una temporada no me pasaba nunca. La jefa, por cierto, la que decidía quién iba a ser encargada, no había estudiado. Era más mayor que las otras chicas, solo sabía hablar de ropa y le gustaban los hombres mazados. Probablemente sería mona para algún tipo de hombre así. Yo solo consigo acordarme de ella si la imagino con cara de perro, y no me refiero a cachorritos. Total que, aunque fuese una niñata gilipollas, estaba claro que mi futuro no pintaba muy bien si me quedaba atascada allí. Y fue poco después cuando Manuel se acordó de que Clarita, una amiga de su hermana mayor, llevaba un bar de copas, y que de camarera se ganaba mejor que vendiendo ropa. Claro que por las noches. Claro que con los clientes babosos. Pero que la jefa fuera mujer, me daba buena espina, y además, según Manuel, Clarita se preocupaba por sus empleadas (No lo bastante para no pagarnos una parte del sueldo en negro, pero nos trataba bien). Así que me pasé a las barras, me hice amiga de Clarita, y empecé a pasarlo bien en el trabajo, incluso divertirme. Gracias a que había buen ambiente, la paga era mejor y me podía tomar una copa con toda tranquilidad si me sentía agobiada. Claro que había inconvenientes. Siempre me acostaba tarde y me levantaba tarde, y además con una ligera resaca. Con el tiempo una pequeña depresión crónica al despertar. Las mañanas se volvieron grises, daba igual que nevara o se asaran las palomas a la sombra. No solo por el estado en que me levantaba sino porque casi siempre me levantaba sola. Porque Manuel había encontrado por fin trabajo de lo suyo, de periodista para un diario gratuito. Así que ya no se venía por las noches a tomar una copa gratis a mi barra y acompañarme después a casa. Eso fue quizá lo que agravó las cosas. Sabía poner los límites a los clientes, incluso estando algo borracha, pero tenía bastante claro que un grado de flirteo sí que se me exigía. Era buena en ello, era natural para mí distinguir dónde los clientes ponían la frontera entre flirteo profesional y querer algo más. Manuel pudo comprobarlo cuando venía a recogerme. Pero él nunca fue tan bueno en distinguirlo por sí mismo. Ciertas cosas, que para mí eran inocentes, pasarían por su cabeza cuando ya no pudo venir a recogerme. En el nuevo trabajo Manuel tenía un horario medio normal y además libraba los fines de semana que yo no. Él decía que no le hacía feliz no verme. Pero también que no me lo echaba en cara porque había sido idea suya que cogiera el trabajo. Pero me daba cuenta. Al menos me daba cuenta de las caras que me ponía ahora. No las caras de alguien al que le gustes mucho. Cuando se levantaba por las mañanas, Manuel me despertaba casi siempre con el movimiento de la cama, con el ruido que hacía en el baño o preparando el desayuno, pero no se enteraba porque yo fingía seguir dormida. Con tal de no tener que ver aquella cara de reproche y asco que se le ponía cada vez más. Cara de estar acostándose con una borracha y viva la virgen, posiblemente infiel, que se pasa las noches de fiesta y las mañanas de resaca horrible. Manuel Trataba de no mostrar aquella cara cuando estaba en casa los fines de semana. Pero no se le daba bien fingir ni disimular conmigo.

Golpes: Semana #28

 

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