CUATRO PASAJEROS Parte 8. ANDAD DE DÍA(2)

2 julio, 2017.0 Comentarios.#ficción #relato

No fue evidente al principio, pero luego llegó la preocupación por Manuel para Ricardo. La compartían Cecilia y amigos de su amigo. Y llegado el tiempo, incluso sus alumnos empezaron a estar preocupados, porque el problema de su amigo se había vuelto visible. No fue tan evidente al principio. Incluso parecía un buen cambio. Parecía tener menos barriga, parecía estar más saludable. Otros del pueblo, de su quinta, envidiaban su mejoría física, que él felizmente atribuía a un afortunado cambio metabólico. Hasta que un día, descubrió que había adelgazado una talla de pantalón más de la que tenía cuando era más joven y jugaba al futbol. Y luego, siguió enflaqueciendo, su tez se volvió pálida y el cansancio le abatía.

 

Nadie sabía por qué. Su médico no conseguía diagnosticar ninguna de las causas más típicas. No estaba anémico, no tenía parásitos, comía abundantemente y su médico lo encontraba sano en sus análisis. Pero no dejaba de adelgazar. No pasaba día en que no perdiera gramos de su peso. No pasaba día en que sus ojeras no se hicieran más pronunciadas. Se volvió un raro suceso el día que se despertase menos pálido y cansado. Estaba volviéndose un espectro. Apenas piel sobre huesos. Su cara más cadavérica, su ropa más holgada como colgada de una mala percha.

 

Durante el día hacía todas las comidas, no había perdido apetito, trabajaba a un ritmo normal, si cabe más reducido porque su estado asustaba a los niños. Empezó a estar claro para todos que algo raro ocurría con su sueño. Nadie podía sin embargo desentrañar cual podía ser el problema, pues Manuel, se acostaba junto a su mujer todas las noches y junto a ella se despertaba todas las mañanas. Su mujer, Cecilia, que a veces le contemplaba desvelada por si descubría el misterio, no percibía en él ni un atisbo de movimiento, una vez caía profundamente dormido. Ni pesadillas que le removiesen, ni sonambulismo, ni sudores. Incluso podía decirse que reposaba más quieto que un muerto. Cecilia al cabo caía rendida al sueño también. A la mañana siguiente despertaban ambos. Ella somnolienta por la vigilia, él más flaco y rendido de cansancio.

 

Su médico comenzó a estar tan preocupado como el resto de sus amigos. Su diagnóstico en base a su ciencia era que a Manuel no le pasaba nada. La mera palidez de Manuel y la vigilancia de su menguante peso, indicaban que algo grave e inexplicable le pasaba. El médico empezó a alarmarse tanto como los demás, los síntomas de Manuel eran un misterio que no encajaban con ninguna dolencia conocida. Llegó un momento que era tan ignorante como cualquiera sobre aquella cosa que consumía a Manuel. Algo debía hacerse para detener su lento pero implacable decaimiento. Más información era necesaria.

 

Una noche se organizó una vigilia para controlar su sueño. Cecilia había hecho lo que podía, pero el doctor necesitaba saber que ocurría durante su sueño, a lo largo de toda una noche. Tendría que ser vigilado en turnos. Así que Ricardo fue reclutado para hacer el turno de madrugada. Debía presentarse a las dos de la mañana en casa de su amigo y velarle hasta las seis. La casualidad quiso que el festivo en el que pudieron arreglar la vigilancia fuera el día de todos los santos, Halloween o Samaín. Era por tanto una noche interesante para andar paseando de madrugada en mitad de la montaña. Hacía frío de aliento vaporoso, pero era una noche clara. Luna y estrellas fulgentes delineaban el camino hasta la casa de Manuel. No había necesidad de farolas aquella noche, una queja antigua de aquel barrio. Pero sus casas quedaban lejos del centro, del ya de por sí disperso pueblo. Una noche muy callada para ser un día festivo, pero Cerradillo seguía siendo más inclinado a todos los santos que al carnaval de Halloween. Ricardo estaba terminando la cuesta que llevaba hasta la entrada de la casa de Manuel. Podía verla al final de la carretera vecinal. Una figura se movió por detrás de la fachada y enfiló hacia un sendero del monte. Alguien abandonaba la casa. Ricardo estaba seguro, pues esa figura no tenía otro modo de acceder al sendero, que por la carretera que Ricardo mismo estaba recorriendo. Ricardo, además, sospechaba que esa figura era la de Manuel.  Cecilia era decididamente más baja, su otro amigo Cesar, que velaba en el turno anterior, proyectaba una sombra mucho más rotunda y gruesa. La sombra que se movía por aquel camino apenas tenía perfil, era una larga línea sin curvas. Qué podía mover a Manuel, a escapar de aquella inexplicable manera, desconcertaba a Ricardo, que se propuso averiguar a dónde se dirigía. Quizá hallase allí la solución a la esquiva dolencia que consumía a Manuel tan cruelmente. No se le acercó empero, se mantuvo a una furtiva distancia, porque, razonó, si Manuel no había confiado la razón de esta excursión a nadie de los que le intentaban curar, tampoco lo haría interrumpido inconvenientemente en mitad de esa fuga. Se dispuso a espiarlo entonces, preocupado porque a pesar de ser una noche clara en la que podía distinguir su figura sin acercarse demasiado, también era silenciosa y eso tarde o temprano le delataría. Manuel, además, se estaba internando en el bosque, dónde los únicos sonidos provienen del viento y de los animales. Cualquier rama pisada o piedra suelta podría descubrirle. Pero Manuel no parecía ser consciente de lo que le rodeaba. Caminaba a paso inflexible, tanto que a Ricardo le costaba seguir su ritmo, y no se detenía a escuchar ni a girar la cabeza ante ningún ruido extraño o escurridizo. Además, se movía como si el camino estuviera iluminado por el sol del mediodía y no por la penumbra de la luna, Ricardo podía jurar que no se fijaba en dónde pisaba, mientras él rezaba para que sus pisadas cayeran en camino sólido y no en charcos u otras cosas peores, ocultas por las sombras de la noche. Esta persecución les alejó de la casa de Manuel y del pueblo, sin embargo, Ricardo observó que tampoco les introducía en el corazón del bosque. Estaban subiendo la colina del cementerio por la parte menos pública. Ricardo no era muy sugestionable, tampoco se dejaba llevar por imaginaciones y supercherías. Aun así, visitar un cementerio en noche de difuntos. Tenías que estar hecho de plomo o de hierro para no sentir inquietud, no importa lo racional que creyeras ser. Y Ricardo además estaba espiando a un enfermo tan flaco y pálido como un fantasma. El no creía en fantasmas, pero de existir bien pudieran ser como Manuel.

Golpes: Semana #23

 

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