CUATRO PASAJEROS Parte 7. ANDAD DE DÍA (1)

2 julio, 2017.0 Comentarios.#ficción #relato

Voy a contaros una leyenda, no me habéis dejado opción, no puedo contaros mi estupenda historia para viajes. La que uso siempre. La que puede que ya conozcáis. Esto que os voy a contar por tanto no es una historia mía, es una historia que podría ser realidad, porque todos los que me la han contado conocen a alguien que la ha experimentado en persona. Esta versión me fue contada por un hombre que conocía a alguien que la había experimentado en persona. Lo que permite que vosotros podáis contar que conocéis a alguien que conoce a alguien que conoce a alguien que la ha experimentado con sus propios ojos. Este chico cuyo nombre, me contaron, era Ricardo, era un maestro de escuela novato en un pequeño pueblo de los montes del cantábrico. Era aún muy joven, apenas 27 años y acababa de recibir su primer destino después de unas oposiciones, en Cerradillo. Cuando buscó el nombre de este pueblo en el mapa, por internet, notó que las otras poblaciones vecinas sin escuela tenían nombres, en ocasiones largos, pero aparentemente nada más. Ni calles ni casas se destacaban sobre el mapa, sin importar lo que ampliara la imagen. Allí solo había un punto rojo con un nombre en mitad de un trecho de carretera. Ricardo entendió que los escasos niños, que iba a educar, vivían en una zona casi deshabitada entre montañas, y allí tendría que irse a vivir si no quería dejar escapar su vida en carreteras secundarias, de muchas curvas y pocas rectas, y de nieve en los inviernos. Se sintió afortunado de que le gustara patear caminos y explorar montes. Iba a ser prácticamente la única posibilidad de diversión allá arriba. Era una perspectiva funesta si eras un urbanita de los que respiran humo y adoran el hormigón y el asfalto, de los que se consideran en la mayor de las soledades, si no conocen a nadie en mitad de bares abarrotados. Pero afortunadamente Ricardo era un urbanita cansado. Amaba el aire libre y desde que subió a su primera montaña a pie, sintió sus sentidos colmados por la experiencia, aire liviano, vacío en todas las direcciones antes de cualquier forma diminuta de civilización, el cielo embovedado y enorme, y absolutamente nada, árbol, colina o edificio que bloqueara la visión. Era lo más próximo a volar que había experimentado, y lo más cerca a estar drogado que estaría en años, quizá fue por la altura. Pronto empezó a pinchar chinchetas en cimas de las montañas, en un mapa de la cordillera cantábrica, y lentamente fue encontrando fotos que añadir bajo las chinchetas. Ahora se veía abocado a pasar un año entero entre aquellas montañas. Precisamente la parte de la cordillera que menos visitada tenía. Por sus malas carreteras no estaba lo bastante cerca para ser visitada en un día, pero tampoco lo bastante lejos para quedarse un fin de semana largo. Algunos de sus compañeros sintieron la necesidad de consolarle por su mala suerte. Encontraron que Ricardo se lo estaba tomando bastante bien, e incluso su optimista forma de afrontar su exilio en la montaña les pareció hasta sincera. No sospechaban que realmente era sincera, que había puesto específicamente esa escuela como su preferida. Era una oportunidad única de completar su mapa.

 

Conoció a Manuel y prácticamente se hicieron amigos en su primer día de trabajo en la escuela. Fue un emparejamiento fácil. No era una escuela muy grande y Manuel era el director casi por defecto, porque era el más veterano en Cerradillo y porque, con su mujer Cecilia, eran la única pareja de maestros en todo el pueblo y habían tomado para si la tarea de actuar de comité de recepción para los nuevos compañeros. Las escuelas pequeñas y aisladas encuentran difícil atraer maestros, pero Manuel y Cecilia eran entusiastas de Cerradillo, y trataban con su ánimo y encanto de enganchar a los pardillos recién llegados a los placeres de esa vida tranquila y sin estrés, de paseos, excursiones y alimentación sabrosa, contundente como sus montañas. En Ricardo, Manuel encontró a uno de los más dispuestos a dejarse seducir. Manuel, como Ricardo, también venía de una ciudad pequeña, y como Ricardo, también amaba la montaña. Era un hombre con aspecto de encajar como un guante en el estilo de vida de Cerradillo. No era demasiado atlético, un poco fondón, pero saludable. Su cara redondeada y su pelo liso, junto con unos ojos ligeramente achinados y una eterna sonrisa le hacían el favorito de los niños. Era considerado de largo el más divertido de los profesores de la escuela. Era un senderista entusiasta, además, y al poco de conocerse ya estaba hablando con Ricardo de caminos, recovecos y cimas con las mejores vistas. Nunca se cansaba de acompañar a Ricardo en sus exploraciones por los montes que rodeaban su valle, en las que actuaba de guía, porque ya los había recorrido varias veces. A menudo se entretenían tanto en sus andanzas que se les hacía de noche, y tenían que separarse en el camino a sus hogares en oscura soledad, porque ya todo el mundo estaba en sus casas calentando la calefacción para entonces. Fue después de una de estas vísperas, alargadas en paseos nocturnos, que las cosas empezaron a torcerse para Manuel.

Golpes: Semana #22

 

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