CUATRO PASAJEROS Parte 5. ALLÍ HABÍA LOBOS (3)

4 junio, 2017.0 Comentarios.#ficción #relato

Una vez más, no pensamos, no solo sin claridad. Directamente no pensamos. Llegar hasta allí en todo terreno costaba una hora y media, sin paradas, sin recados. Por tanto, a Manco no lo íbamos a ver en al menos otras tres horas, y eso parándose el tiempo mínimo. Era verano, pero habíamos perdido tanto tiempo hasta que descubrimos que faltaban las llaves, que no nos dimos cuenta de lo tarde que era cuando Manco se marchó. Cuando volviera ya sería de noche. No era broma andar por el monte de noche, ni siquiera por buenas pistas, ni siquiera en coche.

Por supuesto nos entró el hambre, desempaquetamos la carne, que estaba todavía fresca y empezamos a preparar el fuego. Había unos pocos restos de las brasas de la mañana. Pero no los bastantes para poder hacer un fuego decente. Uno que pudiera arder horas. Tendríamos nuestras brasas para la cena, pero nada más. Incluso empezaba refrescar, lo que nos vendría bien para no tomar Calimocho caliente. Aun no éramos conscientes de que había sombras moviéndose a nuestro alrededor. Pero iba a ser difícil observar esas sombras porque la luz del atardecer deformaba todo el paisaje. Objetos que habían sido nítidos tan solo unos minutos antes, empezaban a perder color si no recibían luz directa. Las sombras se alargaban muchos metros rompiendo el paisaje en franjas oscuras e iluminadas. Pudo ser el olor de la carne, pudo ser la curiosidad, porque ya hacía tiempo que el ruidoso todoterreno había desaparecido. Estábamos sentados contra la pared de la cabaña. Mirando el cielo porque esperábamos ver salir las estrellas. Arri me dio un codazo. -Allí, mira -en voz baja me lo dijo. No estaba asustado, solo fascinado por lo cerca que se dejaba ver. Con la escasa luz me costaba distinguir si tenía una mancha negra sobre el ojo. Pero si tuviera que apostar, diría que era el mismo lobo. La actitud era la misma. De pie inmóvil, cola incluida. No parecía ni respirar. Con la vista fija en mí. De tan cerca se podía juzgar su tamaño. Era más grande que cualquier perro. Puede que no tanto como un mastín, pero la sensación que provocaba era muy diferente. No te miraba como si fueras uno de los suyos, como cualquier otro perro. Tenía esos dos amenazantes ojos amarillos triangulares, incrustados en una cabeza mucho más grande de lo que cabía esperar. Sus mandíbulas tenían el aspecto de ser capaces de tragar un buen pedazo de tu cuerpo. Y probablemente eso es lo que su cerebro estaba sopesando. Si éramos comida u otra cosa menos apetecible.

No podíamos entender por qué estaba tan cerca. Todos creíamos que los lobos no se acercaban a los humanos, que nos tenían miedo. Pero allí estaba. Guardando una distancia, pero decididamente no la que se guarda con algo que te da miedo. Quizá pensó al vernos tambalearnos que estábamos enfermos, quizá que el fuego ya estaba casi acabado, y que en la oscuridad éramos más frágiles e indefensos. Entonces me di cuenta de que era muy raro que un lobo acudiera solo. Casi nunca van solos.

-Tiene que haber más.

-Tienes razón, hay otro allá atrás. -Dijo Arri -Un segundo lobo aparecía por detrás del primero, en lugar de ponerse junto a él se movía más a la derecha, hacia donde estaba Arri.

-Mierda, mierda, joder, aquí hay dos -Dijo Cangreju, bastante paranoico en su entonación, pero concreto en los hechos. Había otros dos en su lado, moviéndose para cubrir ese espacio.

Habíamos sido tan estúpidos que no nos dimos cuenta de que nos estaban rodeando. No gruñían, no enseñaban los dientes. Solo se desplegaban y te observaban. No podíamos irnos de allí, estábamos entre ellos y la pared de la cabaña.

-Necesitamos fuego, el fuego les asusta.

-No hay fuego, Cangre, solo quedan brasas.

– ¡Un mechero aunque sea, coño! -Arri le pasó el mechero.

-O les tiramos algo, a lo mejor. -Me acerqué a los restos de la hoguera, cogí una piedra más pequeña y la tiré con fuerza. El lobo que estaba más cerca reculó y la esquivo. No se dio a la fuga. No parecían impresionados. Pero ahora en lugar de quedarse mirándonos empezaron a moverse alrededor nuestro. Intercambiando posiciones, buscando que los perdiéramos de vista por su número. No nos atrevíamos a hacerlo. Pensamos en coger un palo, pero no teníamos palos, los habíamos usado en la hoguera. Pensamos en prender fuego a la hierba con un mechero, pero la hierba no crecía muy alta allá arriba, y prender un incendio en el monte no es buena idea, sobre todo si no puedes escapar de allí rápidamente. Lo único que teníamos eran las linternas. Solo teníamos dos. Eran grandes, daban bastante luz, pero eran de pilas, lo que significa que se consumirían antes si las usábamos a plena potencia. Aunque fueran nuevas las pilas no sabíamos lo que podrían durar.

Tampoco es que fueran muy disuasorias. Hacíamos barridos hasta sorprenderlos, porque se estaba cerrando la noche y en ocasiones no los veíamos. En cuanto les acertábamos en los ojos, se encogían sus pupilas y solo dejaban ese color amarillo brillante entre los parpados en triangulo. Ojos de cazador, no de fiel amigo. Los lobos rehuían el haz de luz, pero a veces mostraban los colmillos, molestos porque interrumpíamos su acecho. Pero en cuanto se zafaban de la luz volvíamos a oírles merodeando. Cuando les volvíamos a enfocar gruñían. Es una sensación horrible pensar que puedes morir devorado por haber sido un imbécil. Es aún peor si sientes que aún no estás perfectamente alerta por el alcohol que has bebido. Miedo de que huelan ese miedo y se lanzan al fin al ataque. Miedo porque te están cazando y son pacientes hasta tu desesperación. Están esperando a que se acaben nuestras luces, a que alguno entre en pánico, huya y se convierta en pieza fácil.

La linterna de Arri empezó a pestañear. Luego su haz se debilitó, y finalmente se reducía a una luz que no nos podía apenas alumbrar a nosotros. Ya solo disponíamos de una para mantenerlos a raya. Nos apretábamos los tres juntos, conmigo en el centro, barriendo con la linterna, captando a los lobos moviéndose rápidamente en círculo sobre nosotros. La linterna de Arri no alumbraba apenas, pero le serviría para defenderse, la mía lo mismo. Cangreju solo tenía su mechero, que no encendía siempre, salvo cuando oía demasiado cerca un ruido. No siempre descubría un lobo, pero cuando veía un brillo de ojos o colmillos se retrepaba contra nosotros. Entonces empecé a tener temblores en las piernas, y me di cuenta de que mis dos amigos también. -Pase lo que pase no os separéis, si nos separamos nos atacan.  -Arri quería parecer confiado, pero su voz sonaba entrecortada, destemplada, nunca le había oído así. Arri era siempre el tranquilo, el sensato. Se agarraba a nosotros crispando los nudillos cuando le rondaban cerca. Oía a Cangrejo llorar, sollozos primero y lágrimas que lo estarían cegando y que apartaba desesperadamente con la mano. A mí me temblaban tanto las piernas que pensé que perdería el control de la vejiga. Trataba de aguantar las ganas con todas mis fuerzas, porque imaginaba que en cuanto olieran mi orina sería la señal que los lobos estaban esperando. Entonces, se me ocurrió. Una idea que no se me había ocurrido antes porque en cualquier otra circunstancia me hubiera parecido una aberración. Pero en esa no. Me agaché a coger mi mochila. A mis amigos casi les da un ataque. – ¡Esteban, no te muevas hijoputa!, saqué mi libro y le arranqué unas páginas.

-¡Cangre, dales fuego. -Y así hizo. Nada más empezar a arder la coloqué otra vez dentro del libro y lo solté delante de mí. Empezó a arder violentamente. No duraría mucho, pero quizá…

Los lobos sorprendidos se retiraron hasta estar fuera de vista. Era solo temporal, pero podía apagar la linterna. No por mucho tiempo, pero necesitábamos ese respiro. Arri pensó que deberíamos subir al tejado de la cabaña. No iba a ser fácil, pero nos sentiríamos más seguros. -Cangre, sube el último, tú puedes subir sin ayuda.

-Ni de coña, yo no subo el último.

-Cangre por favor.

– ¡Ni de coña te digo! Estoy muy mal, si me pongo nervioso os tiraré a todos. -No le íbamos a convencer y la fogata del libro se estaba terminando. Hice un estribo juntando las manos e invité a subir a Cangre. No tardo nada en escalar hasta el techo. Este no era muy empinado y pudo ofrecer una mano al siguiente. – ¡Venga Arri! -Le dije sin esperar a discutir, poniéndole el estribo a él. El fuego del libro estaba a punto de extinguirse y la manada ya volvía a acercarse, y no podía encender la linterna mientras ayudaba. Arri llegó al techo e inmediatamente me ofreció la mano. La tocaba con la punta de las manos, pero no era bastante, tenía que pegar un pequeño salto. Si no podían sujetarme se caerían conmigo. Al primer intento me agarré a la mano que me ofrecía Arri, pero falle la de Cangre y volví a caer. Estaba de espaldas a los lobos y el fuego se apagó. Cogí un poco de impulso y salté. Me volví a escurrir de una mano, pero esta vez Arri no me soltó. Pero entonces sentí el dolor. En el pie. Miré abajo y vi la mancha sobre el ojo. Clavando sus fauces en la punta de mi pie. Sentí casi una sacudida de la adrenalina que empecé a bombear. Con la otra pierna le empecé a dar patadas al animal con un frenesí asesino, quítate de encima bestia asquerosa. Milagrosamente se soltó y conseguí que Cangre cogiera mi otra mano. Tiraron de mí, consiguieron subirme. Nos empezó a dar la risa. Una risa absurda. Risa de Idiotas que han escapado a una muerte estúpida y horrible. Mi pie me dolía horrores, pero estaba casi feliz por la descarga de endorfinas.

-¿Qué tal estás?

-Estoy fatal Arri, no siento los dedos del pie, sácame de aquí. -Dije en un ataque de euforia y llantina, medio muerto de risa. Arri se echó a reír también. Cangre se había sentado sobre las pizarras del tejado. Me había cogido la linterna y había empezado a buscar a los lobos otra vez. Seguían allí. Pero ya más alejados de la cabaña. Apagó la linterna. Desde allí arriba era más fácil distinguirlos por la luz de las estrellas.

Un rato después Cangre dijo. – ¿Oís eso? -En realidad no podíamos oír el ruido del motor, pero si vimos a lejos sombras corriendo rápidamente a lo alto de la colina, distinguibles solo cuando se recortaban contra el cielo estrellado. Ellos definitivamente lo habían oído antes que nosotros.

Golpes: Semana #20

 

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