CUATRO PASAJEROS Parte 4. ALLÍ HABÍA LOBOS (2)

3 junio, 2017.0 Comentarios.#ficción #relato

 

Nada más llegar y ya habíamos visto bichos, la excursión empezaba bien. Ya solo quedaba comer como cerdos y emborracharnos como subnormales. Y diligentemente nos pusimos a ello. Cangreju se iba a encargar del fuego, pero desgraciadamente se había enganchado a fumar porros demasiado pronto, así que Manco y yo tuvimos que tomar el relevo si queríamos comer algo antes de meternos la bebida. Intentamos reunir unas piedras para hacer un cerco. No encontramos muchas, porque cómo se nos iba a ocurrir que a lo mejor piedras sueltas no abundan en brañas de pasto. Tampoco es que hubiera mucha leña, pero de esa sí habíamos traído al menos. No tanto como deberíamos, porque si queríamos encender también un fuego para la cena, iba a ser por fuerza más pequeño. Al final pudimos conseguir unas buenas brasas, metimos los chorizos en papel de aluminio, las costillas en una parrilla, y cuando ya estaba listo casi llorábamos de lo bueno que estaba. Regamos con cerveza la comida, el calimocho solo lo tomaríamos para emborracharnos después de la cena. Estábamos bastante borrachos con el sol, la carne asada, el aire puro de la montaña, que realmente tomar alcohol no era tan necesario. Dimos muchos tumbos dándole patadas a un balón que no sabíamos de dónde había salido y cuando nos cansamos, que fue sin tardar mucho, intentamos jugar a las cartas. Perdí todas las partidas de Mus que jugamos. En parte porque mi pareja era un ya fumado Cangreju, y porque en el vaporoso estado de mi mente era incapaz de percibir sus señas sin que fueran evidentes y tampoco me enteraba de las palmarias trampas que nos tendían Manco y Arri. De cualquier forma, pronto estaba más cansado de lo normal. El monte me machaca, y más si no bebo nada de agua. Así que decidí echarme una siesta. Fui hasta el Suzuki a por el saco y la esterilla, pero me acordé de los lobos cuando vi los prismáticos encima del capó del coche y decidí echar un vistazo, a ver si seguían en aquel otero. Allí Estaban, pero ya no la manada entera. Solo un par que jóvenes, que en lugar de jugar parecía estar pendientes de otra cosa. No miraban en nuestra dirección salvo ocasionalmente. Me pareció que peleaban por algo. Puede que fuera un juego, no lo veía claramente. Era un hueso, un hueso largo. Una pata de algún animal. Puede que de una oveja o una cabra. Estiraban, se lo quitaban el uno al otro, se paraban a roerlo. Pero no demasiado convencidos, hacían pausas en las que se quedaban mirando a un punto lejano. No en nuestra dirección. Trate de seguirles la mirada, aunque era difícil con los prismáticos, porque perdía perspectiva. Tuve que dar varias pasadas cuidadosamente sobre la braña. Entonces lo vi. Un adulto grande. No estaba muy lejos, pero sin los prismáticos hubiera sido imposible verlo. No por la distancia, estaba más cerca que los dos lobatos en el otero. Pero estaba casi perfectamente camuflado con los colores del fondo. Era definitivamente uno de los adultos que habíamos visto antes. Estaba seguro que una especie de mancha negra en el pelo, cerca del ojo, se la había visto antes. Estaba perfectamente inmóvil, de pie sobre las cuatro patas, el cuello recto con el cuerpo, y otra vez estaba claramente vigilándonos sin pestañear. No pude ver a ninguno de los otros lobos cerca de él. Parecía que quisiera que pensáramos que estaba solo. Sabía que no estaba solo, pero el resto de la manada estaba oculto a nuestra vista. Aunque seguía manteniendo una distancia que le pondría a cubierto de nuestras miradas en una sola carrera, me pareció que era bastante atrevido por su parte dejarse ver tan cerca. Nos estaba poniendo a prueba. Si hubiéramos tenido una escopeta, un tiro al aire hubiera bastado para ponerle en fuga. Pero nadie la había traído, porque ninguno era cazador. Tampoco es que quisiéramos espantarlos, era un raro privilegio poder ver animales salvajes en libertad, comportándose sin timidez. De cualquier forma, yo necesitaba echarme una siesta. Y la única manera de conseguir algún minuto de sueño sería dentro de la cabaña. Fuera no me dejarían entre mis amigos fumados y la luz abrasadora del sol. Dentro del coche sería muy incómodo. Pero no encontraba las llaves de la cabaña.

– ¡Manco! ¿las llaves de la cabaña?

-Las metí en la bolsa de Arri.

-No la encuentro.

– ¿En qué bolsa mía las metiste? -Preguntó Arri. -Solo traje la mochila.

– ¿No era tuya la bolsa negra? ¿La bandolera negra pequeña, en la que estaban las pilas de las linternas? -dijo Manco

-No, esa era mía -dijo Cangreju, -Como les había puesto pilas nuevas se la di a Esteban para que metiera sus cosas -Mis cosas eran mis propias llaves y mi cartera. Y un libro, que siempre llevo alguno, pero para meterlo tuve que sacar lo que había dentro. Pilas y llaves de la cabaña incluidas. Y se lo dije a Arri para que las cogiera. Arri le preguntó a Manco que si las había cogido y Manco le dijo que las había metido en su mochila, pero se refería a la de Arri. Solo que no era la mochila de Arri, era en realidad de Cangre, y yo acababa de vaciarla en su casa. Estábamos jodidos. Nos dimos cuenta cuando intentamos reprochárnoslo unos a otros, -Pero si te dije que las cogieras, -Pero si yo le pregunté a Manco,

-Pero si la metí en tu mochila

-Pero si no era mi mochila, era de Cangre

-Pero si se la di a Esteban.

Estábamos jodidos, y encima la habíamos cagado épicamente.

-No podemos quedarnos entonces, no vamos a dormir al raso ni en el coche. -Manco se oponía.

-Joder, pero si ya lo tenemos todo aquí, solo necesitamos que alguien baje a por las llaves. -Cangreju trataba de convencerle

– ¿Y si llueve dónde nos refugiamos? Vamos a estar a la intemperie aquí arriba

-Hoy he visto el tiempo y no va llover, Esteban. Esto se reduce a que o nos bajamos todos y perdemos el día o se baja Manco a por las llaves.

-Ya, pero que gano yo -Manco ni se planteaba dejar el coche a ninguno de nosotros y quedarse arriba.

-Pues dormimos al raso, tampoco hay tanto problema. -Cangreju estaba siendo demasiado despreocupado. Puede que no pasara nada. Pero nadie pasaba noches al raso sin refugio, sin perros o sin fuego en el monte. Al refugio no podíamos acceder sin romper la puerta, eso no estaba bien visto. No habíamos subido con perro alguno, habría que bajar a por ellos, misma situación. Y fuego, solo teníamos leña para las brasas de la cena, no para tenerlo encendido toda la noche. Lo más inteligente hubiera sido dar por perdido el día, guardar la comida y la bebida para otra ocasión y bajar antes de la noche y perderte el espectáculo de una noche estrellada.

Por supuesto, nos decidimos por la opción menos sensata. Como contemplar intoxicados la inmensidad oceánica del universo desde la orilla del monte era el objetivo, más o menos implícito, de nuestra escapada, conseguimos convencer a Manco de que lo esperaríamos con la comida hecha, la bebida intacta y guardaríamos parte de la diversión para compartirla con él. Que Manco aceptase este último punto, dice mucho de lo buena gente que es. Así que, después de explicarle dónde estaban las llaves y las pilas, encargarle más leña y agua potable, darle dinero para gasolina y recados, le despedimos. Era como despedir al bravo aventurero en busca de nuevas tierras para salvarnos del peligro de las nuestras. Éramos unos cabrones, lo sabíamos.

No pensábamos que a Manco le había tocado la mejor parte de aquel reparto. Unas horas después todos nos hubiéramos cambiado por él.

Golpes: Semana #19

 

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