CUATRO PASAJEROS: Parte 3 ALLÍ HABÍA LOBOS (1)

2 julio, 2017.0 Comentarios.#ficción #relato

Mi historia empieza cuando era más joven. Como Cata más o menos, seguramente mayor, tendría unos 25 años. Estaba de vacaciones en el pueblo. Ya no vivía allí, pero aún me pasaba los veranos. El caso es que unos amigos me invitaron a ir al monte a pasar la noche en una cabaña. Nunca he sido muy fan de ir al monte. No me adapto bien a la naturaleza. Pero lo cierto es que tampoco había mucho más que hacer en los pueblos de Cantabria. Sería seguramente incómodo, sin agua potable, sin electricidad, durmiendo en el suelo en sacos de dormir. Beberíamos demasiado por la noche, mearíamos en mitad del monte y asustaríamos a los pobres animales. Y era muy probable que fumáramos demasiados porros. Esto último no porque me gustaran, sino porque, para qué si no vas al monte de noche. En resumen, una pequeña aventura, que lo único que te cuesta es las miradas de desaprobación de tus padres, con los que, por supuesto, aún vivíamos, si bien yo solo en vacaciones. Y el dinero para comida y bebida (y porros)

Mi amigo Fonso “Manco” conduciría. Fonso de pequeño había recibido un severo balonazo en los testículos, su madre luego fue pregonando que el médico había dicho que estaba bien dotado, vamos, que no era manco. Cuando creció, pudimos comprobar la leyenda en las duchas de los vestuarios, cuando jugábamos partidos de futbol sala, y la verdad no quedamos muy impresionados. Puede que fuera la hinchazón del golpe la que propició el comentario del médico. Da igual, porque desde entonces nos quedó claro que un poco manco, sí que era. Manco nos llevó en su todoterreno, de aquella aún podías subir con el todoterreno por las pistas de tierra. Ahora es un parque natural y está prohibido. Manco también aportaba la llave de la cabaña. Aparte de mí subía Victor “Cangreju”, con u en vez de o, como buen paisano que decimos en Cantabria. Este había adquirido el nombre una vez que a los doce años había tratado de dominar el paso moonwalk de Michael Jackson. No le resultó fácil dominar el paso, pero echamos una tarde entera animándole y partiéndonos el culo con sus esfuerzos. Para cuando consiguió dominar una versión bastante deficiente del moonwalk, el mote ya era inevitable. Cangreju o Cangre, según la desgana con la que le llamáramos, aportaba un soberano entusiasmo por el monte y no menor por el cáñamo. Sería encargado de las linternas y el fuego. Lamentablemente esas eran las únicas luces de las que disponía. Por otra parte, tampoco nos haría falta mucha luz si la noche era despejada. Solo con la luna y las estrellas podríamos ver buena parte de la braña en la que nos íbamos a quedar, una gran esplanada, poco antes de hacer cumbre. Un lugar ideal para el ganado en verano y de ahí la cabaña. El último miembro de la partida era Arrieta. “Arri”, “Eta”, “Etarra”, “Errata”, incluso “Rata”, todos esos motes se le habían aplicado sucesivamente, sin que ninguno hubiera llegado a cuajar. Arri nunca dejó una historia lo bastante graciosa que aprovechar para un mote, puede que fuera más inteligente o soso o con más suerte. En realidad, era una combinación de las tres cosas. Así que nos veíamos reducidos a hacer mofa de su apellido, que la verdad no daba para mucho. Para su fortuna siempre lo dejábamos en “Arri”. Arri y yo nos encargamos de comprar chorizos criollos y costillas, y la bebida. No teníamos un gusto muy desarrollado en aquella época, o quizá teníamos estómagos mucho más potentes, así que acumulamos cantidades ingentes de litronas de cerveza y vino de caja para calimocho. Todo esto lo cargamos en el viejo Suzuki de Manco, con nuestros sacos de dormir, unos prismáticos prestados por si veíamos algún bicho (En el norte los llamamos bichos, pero nos referimos a cualquier animal salvaje comprendido entre el oso y la ardilla) La zona a la que íbamos está dentro de una gran reserva de caza, así que no era imposible, y de hecho es parte de la gracia de ir al monte en Cantabria.

 

Una vez cargados, emprendimos marcha. Había algo de niebla abajo en el valle, pero sabíamos que allá arriba podía hacer un día espléndido así que estábamos de buen humor. No tardamos mucho en llegar, una vez dejamos la carretera asfaltada. Lo bueno de las pistas de tierra, es que no hay tráfico. Arriba en la braña apenas se distinguía el final de la pista. Nada más que las rodaduras dejadas por otros todoterrenos, cubiertas de yerba la mayoría. Hacía un día esplendido de sol, Se veía la niebla que habíamos atravesado desde arriba, un auténtico manto blanco, como un mar violento a cámara superlenta, que siempre te produce la impresión de estar a mucha más altura de la que estas. En el cielo, en cambio, solo alguna nube pasajera, pero un sol casi achicharrante de lo cerca que estaba, también porque no había refugio. Allí arriba no había árboles, solo una gran extensión de pasto, alguna roca suelta y la colina que remataba el monte cercano. Cangreju estaba exultante. Saltó del coche y se subió al tejado del mismo, soltando gritos como un salvaje en trance. Manco empezó chillarle porque era su coche, pero no se atrevía a escalar detrás de Cangreju por si se hundía el techo. A Cangreju le divertía sacarle de sus casillas. -Que vistas chavales, da gusto desde aquí arriba, veo las casas del pueblo y todo -Imposible porque el pueblo estaba demasiado lejos, debajo de la niebla. Además, estaba mirando en la otra dirección.

-Veo la de tu madre Manco. Ostia, que se ha dejado la ventana abierta. Manco, no subas que está en pelotas a ver si te va a traumatizar.

-Que te bajes de una puta vez, tarao.

-Arri, pásame los prismáticos, que veo algo en la punta aquella. -Todos nos volvimos hacia la cima del monte. Estaba a más de un kilómetro, era apenas perceptible, pero había algo moviéndose en la cima. Desde aquella distancia no podíamos distinguir si eran formas moviéndose o solo sombras. Arri le pasó los prismáticos a Cangreju.

– ¡Son lobos!

– ¡Qué van a ser lobos! -Dijo Manco, siempre incrédulo a todo lo que hacía y decía Cangreju.

-Veo cuatro, y me parece que hay algún cachorro.

-Baja de ahí y danos los prismáticos, que los vas a romper.

-Joder, es que se ven de puta madre. -Cangreju no tenía mucha intención de bajarse. Así que Arri recurrió a liar un porro pacientemente, unos metros alejado, para que Cangreju le pudiera ver por el rabillo del ojo. Este se dio cuenta de lo que estaba haciendo Arri, pero pretendió hacerse el loco. Sin embargo, cada vez desviaba más a menudo la mirada de los prismáticos, que seguían apuntando en los lobos, a las manos de Arrí terminando de liar. En cuanto le prendió fuego, no pudo aguantar más y se bajó por fin, cediéndome los binoculares porque estaba más cerca. Manco y Arri se acercaron a mi mientras enfocaba, Arrí no le cedió el porro hasta que le llegó su turno de mirar.  -Pues tiene razón, son lobos.

-Unos cuantos, además. -apostilló Cangreju. Tenía razón, eran al menos cuatro grandes, y algunos cachorros de más o menos edad. Los pequeños no paraban de jugar persiguiéndose y cazándose sin alejarse mucho. Los adultos estaban quietos en varias posiciones. Uno estaba vigilando a los cachorros, debía ser una hembra, que de vez en cuando intervenía en los juegos. En cuanto a los otros tres, uno estaba sentado ligeramente de lado, otro tumbado o agachado y uno de pie. Los tres dirigían sus cabezas hacia nosotros. Era claro que nos estaban observando tan cuidadosamente como nosotros a ellos. La altura a la que estaban y la distancia les debía parecer suficiente seguro con nosotros. Siempre nos verían y olerían llegar mucho antes que nosotros a ellos. Quizá por eso, aunque los lobos generalmente evitan al hombre, no se marchaban de esa atalaya donde nos tenían perfectamente controlados. Además, no eran los únicos animales visibles. Aunque bastante más lejos, podíamos ver un grupo de ciervos casi al otro lado de la braña. No nos cabía duda de que también los controlaban a ellos.

 

Golpes: Semana #18

 

Todos los textos son propiedad de sus respectivos autores - Contacto: los52golpes@gmail.com