Un Mercedes gris se acercaba por la carretera de la autovía. Era el único coche en movimiento que podían ver. Bastante nuevo y brillante, y grande. Parecía deslizarse más que moverse por el poco ruido que les llegaba del motor. Era reconfortante que pareciese el lugar más acogedor en el que refugiarse. El viento les trajo las primeras gotas de lluvia. Justo a tiempo.

-Buenas tardes, soy Esteban. -Esteban no era joven pero salió de su asiento para ayudarles a cargar las maletas. No eran las únicas del maletero, pero este era tan enorme que les sobraba sitio a sus diminutas maletas para equipaje de cabina de avión. Gracias a su ayuda colocando las maletas pudieron comprobar que Esteban era también un cincuentón de tamaño imponente, tremendamente alto, pero desgarbado y encorvado. Junto a una sonrisa natural y unos ojos curiosos e inteligentes, probablemente por la notable miopía que delataban los gruesos cristales de sus gafas, lo hacían mucho menos amenazante de lo que su tamaño podía sugerir.

-¿Puestos los cinturones? Ya estamos listos. Este de aquí es Elías, por cierto, ya nos conocíamos, aunque no nos veíamos en años. Lo creáis o no, ha sido casualidad que nos encontremos.

-Buenas tardes, encantado. -Elías les tendió la mano desde el asiento delantero. Era también alto, pero mucho más delgado y más joven, o parecía más joven, por su pelo revuelto y porque iba vestido de negro de los pies a la cabeza. Sin embargo al igual que Esteban no parecía en modo alguno amenazante, por sus maneras suaves, su voz sosegada y también por una sonrisa natural y cierto aspecto de haber dormido poco.

-Yo soy Pablo.

-Yo Cata.

-¿Cata viene de…?

-Catalina.

-Eres la primera Catalina que conozco.

-Eres el primer Elías que conozco.

-¿Y cómo es eso de que ya os conocíais? -Preguntó Pablo a Esteban. Acababa de percibir cierta corriente de entendimiento entre el maduro Elías y la joven Cata. Que se habían sonreído después de su presentación. Pablo se sintió vagamente celoso de que Cata hubiera tratado a Elías con mucha menos hosquedad que a él. Así que intentó desviar la conversación entre ellos.

-Pues, vamos a un congreso. Y nos han invitado a los dos. Yo iba a ir en coche y Elías en tren, pero…

-Huelga.

-Así que a última hora se queda sin viaje, pero tiene que estar para el primer día.

-Y Esteban que le encanta ir con gente en el coche. Resulta que le planta la familia porque van a unas vacaciones de última hora.

-En Santander llueve mucho aparentemente. No les culpo. Entonces mis hijos me hablan de Blablacar y me digo ¿por qué no? Me aburro mucho conduciendo por castilla. Claro que no sabía que los clientes se fían menos de los conductores novatos.

-Y si son mayores más. Es sospechoso. -Dijo Cata. -Perdona, pero es lo que nos pasa a muchas chicas. -Esteban no parecía ofendido, más bien divertido. -Me parece muy razonable. Yo, si fuera tú, tampoco me fiaría. Eso me lleva a ¿por qué cogiste este viaje?

-Era mi única opción desde el pueblo. Nadie quería desviarse hasta aquí. ¿Qué congreso?

-¿Perdona? Estoy un poco sordo. -En realidad Esteban estaba concentrado en acceder a la autovía sin estrellarse con el tráfico.

-Uno de escritores. -Continuó Elías.

-¿Sois escritores? -Cata parecía genuinamente interesada, parecía que para ella el viaje mejoraba por momentos. -¿Algo que yo conozca?

-Bueno, es una pregunta muy general -respondió Elias -Normalmente libros para niños o adolescentes, es posible que hayas dado con alguno. Pero la verdad es que ninguno de los dos somos muy famosos.

-¿Tú también Esteban?

-Yo escribo cosas de terror y fantasía. No soy J.K. Rowling pero si se publican en el extranjero, puedes hacer dinero. De ahí el Mercedes.

-Vaya, Escritores, Este viaje promete. -Cata dio un amable codazo de entendimiento a Pablo, que le devolvió una sonrisa un poco ausente. En realidad, estaba mucho menos entusiasmado que Cata. Se había acordado de el niño que le esperaba en Cantabria. Que era su hijo, al que seguramente no iba a criar. Pero al que su conciencia le impedía volverle la espalda. Al menos tan pronto. -Contaréis alguna historia para pasar el rato ¿no? -Cata dijo esto casi entre risas, con lo que evitaba que fuera demasiado descortés.

-¿Cuánto dinero llevas encima? Cobramos por palabra hija. -Bromeó Esteban, o al menos así lo entendieron, es posible que no fuera broma del todo. Cata solo respondió con una carcajada. Tan estruendosa que puso a todo el mundo a reír, incluso a Pablo, aunque meramente por contagio.

-Vamos a hacer una cosa. De acuerdo, os contamos una historia. Pero vosotros también tenéis que contar una. Así nos aprovechamos todos de todos. -La propuesta de Elías silenció el coche durante el tiempo en que Pablo y Cata la asimilaron. No sabían si estaban preparados. Cata fue la que lo pensó más tiempo. Probablemente sopesando si conocía alguna buena historia, alguna que no conocieran autores profesionales. Para Pablo la decisión fue más sencilla. Apoyaría lo que decidiera Cata. Tanto si aceptaba el reto como si no. No pensaba que tener que contar una historia te obligara a contar la mejor, así que no le preocupaba cual contar. Le preocupaba más que Cata se sintiera intimidada por Esteban y Elías. Dos tipos que parecían mucho más interesantes que él. Así que todos esperaron a que Cata se pronunciase.

-Vale, de acuerdo. Con una condición. Nos dejáis para el final a Pablo y a mí. Así tenemos tiempo de pensar lo que vamos a contar. -Rompió el silencio Cata

-Si todos estáis de acuerdo, por mí vale. -Añadió Pablo

-Perfecto, tenemos un plan. Aunque creo que salimos ganando nosotros. Íbamos a contar historias de todas formas, no lo podemos evitar ¿Verdad Esteban?

-Por supuesto. La habéis cagado. Si no os importa empiezo yo. Esta parte de Castilla es muy recta y me resulta más fácil contaros ahora la historia. En Cantabria hay demasiadas curvas. Allá voy.

 

Golpes: Semana #17

 

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