Iba a tener que llevar el coche al taller. Le iba a dejar tirado en cualquier momento. Lo sabía, pero no acababa de decidirse a llevarlo. Necesitaba el coche. Llevarlo a arreglar iba a ser un engorro porque iba a necesitar otro. No le gustaba conducir otros coches. Incluso alquilados. No conocía el tacto de sus pedales, no sabía hasta dónde llegaban las esquinas del coche. Tendría que buscar la postura más cómoda, que no sería la misma. Era por esas razones que aún seguía conduciendo un coche viejo. Un viejo Citroën C5 de las primeras series. En su tiempo un buen coche y moderno, incluso con muchos extras, como airbags. Coches modernos que había probado tenían el recorrido de los pedales muy corto, una dirección con menos vueltas de volante, unas marchas demasiado cortas. Nada a lo que uno no se pudiera acostumbrar, pero muy contraintuitivo si solo estabas acostumbrado a un coche. Y hacía mucho tiempo que solo conducía el viejo Citroën, y cada vez menos. Salir a la carretera le estaba costando cada vez más. En vacaciones no utilizaba el coche, y en viajes por trabajo tampoco. Ya pocas veces lo sacaba más que para ir al supermercado y volver. Pero las cosas habían cambiado. Ahora estaba en la autovía camino de Cantabría. Camino de conocer a su primer hijo, con la mujer con la que ya no convivía. Acababa de pasar Segovia y enfrentaba el tramo más fácil y largo de la autovía a Cantabria, el más recto, el más solitario y menos accidentado. Fue entonces cuando su coche le dejó tirado. Simplemente se paró. Después se enteró de que la correa de distribución se había partido y tal como le aseguro el mecánico, su coche ya no volvería a andar ese día. Puede que el siguiente con suerte le dijo el hombre de la grúa. Era un sitio bastante complicado para encontrar un repuesto rápido, incluso un medio de transporte alternativo. Autobuses directos no paraban cerca de allí y tampoco trenes. Alquilar un coche tampoco era fácil porque no había ninguna base cerca. Pablo entonces se decidió por algo que no había utilizado nunca, Blablacar, menos mal, gracias al cielo por los smartphones. Era viajar en el coche de otra persona y con desconocidos, no estaba acostumbrado a eso, y no estaba seguro que de fuera a gustarle. Pero pronto se dio cuenta de que era su única opción de llegar ese día a Santander. Había otra persona en ese pueblo que ya estaba esperando a ser recogida, eso era un tremendo golpe de suerte del que se dio cuenta al intentar encontrar otro viaje con un conductor que no fuera novato. Era literalmente su única opción. Así que acudió al punto de encuentro. Había una chica joven con una maleta esperando. La chica parecía estar muerta de frío. Con las manos en los bolsillos de un abrigo verde deslucido, largo y liso, una bufanda enrollada varias veces sobre el cuello y un gorro gris que se había encasquetado hasta las orejas.

-Buenas tardes. -La chica no dijo nada, se sorprendió bastante de ser interpelada. Estaba sola al lado de un parque que a la vez era la mediana de una calle, donde paraban algunos autobuses justo a la entrada del pueblo. La construcción más cercana era un gran silo de grano, que se podía usar de referencia, las otras casas estaban retiradas carretera arriba. Era probablemente uno de los sitios más fáciles de acceder desde la autopista. También era un sitio desolado, donde los arboles estaban desnudos de hojas, y el viento frío del norte tenía poca oposición para azotarte inmisericordemente. Era el último sitio dónde esperarías que un hombre viniera a darte conversación no deseada. El recelo era más que justificado por parte de la chica.

-Perdón, yo también estoy esperando el Blablacar. -Puede que fuera la única respuesta que fuese una buena explicación de que se acercase a ella, la única persona en una calle totalmente desierta. Así que la chica pareció relajar su alerta. De todas formas, no le quitaba ojo de encima ni reducía la distancia. -¿Adónde vas tú? -Esta era claramente una pregunta de prueba. -Cantabria -Y como veía que la respuesta era demasiado general para despejar cautelas -Santander, en realidad.

-Ah. -Probablemente seguía sin ser demasiado concreta la respuesta de Pablo, pero al menos se ajustaba a lo que la chica sabía.

-¿Quién es tu conductor? Cuando he reservado no había nadie más para recoger aquí.

-Un tal Esteban. No sé, es la primera vez que uso esto, y porque me ha dejado tirado mi coche.

-Ah, vale -por fin la chica parecía relajarse. -Es el mío también, no es que vayan a parar muchos aquí. Es novato, así que no sé que nos vamos a encontrar.

-Ah, ¿alguna mala experiencia?

-La verdad es que no, pero este tiene un Mercedes y es un hombre mayor. Eso es muy raro. Nadie tiene un Mercedes en Blablacar. Si no fuera el único que accedió a desviarse hasta aquí no lo hubiera cogido.

-Ya, me imagino que tienes razón.

-Soy Cata por cierto. Catalina.

-Pablo. Encantado.

-Cata y Pablo en Mercedes con Esteban. Al menos no iremos solos con él. Algo que me estaba temiendo, por cierto.

-Vi que había otra plaza ocupada.

-¿Ah sí? Entonces ha cogido a otro más, mejor todavía. -Cata sonrió por primera vez. Los nubarrones parecían alejarse tras una serie amenaza de tormenta. No en sentido literal dónde ocurría todo lo contrario.

Golpes: Semana #16

 

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