PODÍA SER PEOR, PODÍA LLOVER

22 abril, 2017.0 Comentarios.#ficción #relato

-Podía ser peor, podía llover.

Uno no estaba tan seguro. De que pudiera ser peor.

Hacía tiempo que no estaba tan deprimido. Podía reconocer los síntomas, sabía que estaba deprimido, pero la última vez que estuvo tan de bajona aún era un adolescente. Pensaba que no podía volver a pasarle.

Como entonces tampoco tenía muy claro las razones. Salvo por una, claro. Por eso estaba paseando por El Retiro a esas horas de la mañana. Lo acababan de despedir del trabajo. Era una sensación incómoda no saber qué vas a hacer el resto del día y no estar en casa. No quiso coger el bus ni el metro y empezó a andar. Hacía frío pero el cielo estaba descubierto. Era un perfecto día de primavera. ¿Cómo podía tanta gente salir a correr a esas horas? No parecían felices, parecían acalorados, con los ojos muy abiertos, el pelo despeinado, y a todos les sentaba mal la ropa. Para rehuirlos Pablo se introdujo entre los arboles fuera de los caminos principales. Estaba más oscuro, con las sombras desdibujando su silueta en el terreno. No le hizo sentir mejor, pero sí más acorde con su taciturnidad. No quería volver a casa.

Las cosas habían sido tan horribles en el trabajo últimamente, que era casi una tortura levantarse todos los días. Era una continua pelea con jefes nuevos, puestos por los nuevos dueños que querían cambiarlo todo y jefes viejos puestos por los antiguos dueños que se resistían a cambiar nada. Pablo estaba justo en medio, no lo bastante viejo para que los veteranos, más preocupados por su propio puesto y jubilación que por él, hicieran piña con él. No lo bastante joven para que los nuevos jefes no lo vieran como un estorbo en su idea de una nueva empresa. No tan difícil de echar como los más viejos, no lo bastante joven para dar una nueva imagen. No tenía cualidades aprovechables. Los nuevos dueños no tenían problemas de dinero así que un despido como el suyo podían asumirlo, aunque solo fuera por el capricho de unos jefes que querían rejuvenecer la plantilla.

Le habían despedido porque ya no era joven. Solo tenía 41 años. Su mujer no lo sabía. No sabía que le podían echar. A decir verdad, ni Pablo lo sabía, aunque debería haberse dado cuenta. Prácticamente ya no le quedaban amigos en la empresa. Casi todos se habían ido en un ERE cuando comenzó la crisis. Los dos últimos habían sido despedidos antes que él.

Debería haberse dado cuenta, pero prefirió ignorarlo, solo era cuestión de tiempo que le echaran. Debería habérselo contado a su mujer, pero no lo hizo. No habría podido engañarse a sí mismo si se lo hubiera contado. No podía afrontar a su mujer con semejante sorpresa, puede que no le perdonara. Podía perder a su mujer cuando se lo contara.

 

Había perdido sus amigos, luego su trabajo, probablemente a su mujer. Estaba deprimido. Hacía mucho que no estaba deprimido, pero no le cabía duda de que era así como debía ser estar deprimido.

Todo era negro.

Se levantó un viento frío, las nubes empezaban a moverse rápidamente, cubriendo a intervalos el sol. Pablo se sintió inconcebiblemente cansado. No paraba de mirarse los pies. Un banco a su izquierda. Se dejó caer. Ni se fijó si estaba sucio (no lo estaba).

Estaba tan completamente absorbido por su abatimiento que no se dio cuenta de que los gimoteos que oía no los estaba produciendo él.

Era una chica adolescente sentada al otro extremo del banco. Probablemente ya estaba sentada allí antes de que lo hiciera él. Tenía la cabeza apoyada en una mano. Miraba al suelo. Y tampoco se había fijado en él. Llevaba una especie de gabardina color mostaza, vaqueros rotos, estaba pálida y despeinada por el viento. Parecía muy deprimida también. Claro que los adolescentes siempre parecen deprimidos cuando están solos. Sobre todo sentados en un parque en horas de clase.

-Perdona no te he visto -Pablo se inclinó hacia delante, como si fuera a levantarse, pero no lo hizo, estaba demasiado abatido. La chica le miró a los ojos, puede que estuviera molesta por la intromisión, puede que solo sorprendida de que hubiera alguien más allí y no se hubiera dado cuenta.

-¿Estás bien? -dijeron los dos al mismo tiempo. Los dos sabían que eso era gracioso. Los dos eran incapaces de disfrutar esa coincidencia. Sonrieron a duras penas.

-Me han echado del trabajo -Dijo Pablo. La chica asintió con la cabeza.

-Mi novio me ha pegado. -Pablo asintió con la cabeza.

Ninguno dijo nada en un rato. Miraban sus zapatos. -Te invito a un café.

-Ok -Pero no se levantaron del banco de inmediato.

 

De repente, empezó a llover.

Golpes: Semana #15

 

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