Siempre se hace referencia al excelente Blood on the Tracks de Bob Dylan al hablar de grandes álbumes de pop/rock acerca de rupturas personales o divorcios de pareja.

Para mí el epítome de dicho subgénero es Us, de Peter Gabriel, que ayer cumplió 25 años desde su fecha de lanzamiento.

Us no es sólo una colección insuperable de canciones, sino el relato pormenorizado de una crisis de pareja, de su ruptura y de los sentimientos –cambiantes, y algunos no demasiado loables– de una de las partes. Está todo expresado/cantado con un lenguaje sencillo –en inglés, claro– y sin abusar de metáforas enrevesadas. El acompañamiento musical parece pensado para acrecentar la expresividad de los diferentes estados emocionales del protagonista/cantante, que a veces es víctima, a veces es culpable, a veces es figura doliente, a veces es falso redentor de sí mismo, y todo ello, en algunos casos, sucediendo en el espacio de una misma canción.

Resulta por ello Us mucho más sincero y humano que su predecesor, el superventas So. Las canciones de Us, 25 años después, contienen mensajes -confesiones- que me conmueven y con los que me siento concernido/identificado. No sucede así con buena parte de las fuentes de inspiración de So: desde la destrucción de empleo en Reino Unido provocada por las políticas de Margaret Thatcher, a la obra de la poetisa americana Anne Sexton. El cambio de foco de un álbum a otro es revelador. De lo universal a lo íntimo; de lo ajeno a lo personal. La inmensa Red Rain de So –inmensa tanto desde un punto de vista sónico como de ambición lírica– tiene en Us su reverso en la más modesta pero desesperada Come Talk To Me; Steam es la adaptación de Sledgehammer para un público introvertido; Don’t Give Up es la versión planetaria de canción con mensaje social que ahora muta en observación sobre el individuo en Love to be Loved.

Eso en cuanto a las letras y la estructura de las canciones. En lo que se refiere al sonido, es curioso que el Peter Gabriel post-So es incapaz de sonar áspero: incluso cuando lo intenta –véase Digging in the Dirt–, no consigue zafarse de su natural querencia por la melodía, y su voz no puede dejar de sonar tan dulce como seguirá sonando diez años después, al cantar para la banda sonora de una película de animación de la factoría Pixar (Wall-E). Tampoco es capaz –pese a zambullirse sin protección en los momentos más bajos de su historia sentimental– de substraerse a crear mundos sonoros plagados de sutilezas, de combinar sonidos inesperados procedentes de los más bellos rincones de la World Music, en inspirada conjunción con el clásico trío de guitarra, bajo y batería.

Imposible para Gabriel pretender sonar como Nick Cave cuando llora por la muerte de su hijo. O como Johnny Cash cuando se despide de este (y de otros) mundos. Ni siquiera como Bob Dylan cuando suena como Bob Dylan despidiéndose de un amor, a la manera canónica dylaniana.

Ni falta que le hace. Con las vacas flacas Gabriel suena más brillante y luminoso que nunca. Y más conciso. Dan ganas de divorciarse, o de dejarse poner los cuernos, o de sufrir por amor, si las secuelas tienen el fondo y la atinada forma de Washing of the Water.

¿Hacia la sanación por la belleza? He ahí la ‘Vía Gabriel’.

 

Comentarios (1)

  • David Requena . 1 octubre, 2017 . Responder

    De los discos más hermosos y elaborados que tengo. Musicalmente le he dedicado no pocos análisis. Nunca me había planteado sus textos como un todo. Buen apunte.

 

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