Estoy en el avión, viendo La Reconquista, la última película dirigida por Jonás Trueba, y acabo de asistir a una escena que me ha conmovido. Le he dado a Pausa para escribir sobre ella, en caliente.

Sucede a los 25′ de metraje. El duo protagonista –chica y chico–, cuyo pasado común aún no acabamos de tener del todo claro, ha quedado para verse, aprovechando la que ella, ahora residente en Argentina, está de visita en Madrid por Navidad. Tras una primera toma de contacto en un restaurante chino, deciden ir a un café concierto a ver al padre de ella, que actúa esa noche. Al llegar, se sientan en una especie de reservado, en la semi oscuridad rota tan solo por los reflejos de los focos de colores sobre sus caras y reflejados en el espejo de la pared detrás de ellas. El padre de ella desgrana canciones-río de tipo confesional a la guitarra, a la manera de un Bob Dylan emotivo, pero sin el toque de humor que caracteriza la aproximación habitual de cantautores en castellano tipo, digamos, Nacho Vegas. En el caso que nos ocupa hay más un sentimiento de digna derrota que emparenta al artista/personaje con la sabiduria que exuda lo narrado por un superviviente castizo a lo Josele Santiago. Un perdedor creíble. Pienso que tal vez sea cuestión de edad (la del cantante, no la mía).

La escena en cuestión es un largo plano secuencia en el que la camara se fija en el chico y en la chica, mientras asisten en silencio a la interpretación de una nueva cancion por parte del padre de ella. La canción se titula “Somos siempre principiantes” y está dedicada a ella, a quien, según cuenta el padre, solía gustarle (entendemos que cuando ella era niña). Ese comentario nos da a entender, de entrada, la conexión emocional que ella comienza a expresar, con la expresión de su cara, en cuanto suenan los primeros compases de la canción. Un reconocimiento, un recuerdo, una nostalgia.

Aún más interesante resulta el hecho de que al chico tambien parece removerle a la canción, como si él también hubiese sido parte del recuerdo de antaño, o de la dedicatoria. ¿Tal vez chico y chica la escuchaban juntos años atrás, cuando estaban juntos? ¿O tal vez es sólo que la letra, con sus continuas referencias al eterno renacimiento del amor y a cómo nada está escrito al respecto en la vida, le afecta en sí misma? ¿O la recibe amplificada por el hecho de que parece hablarle a él, en este mismo momento y situación –sentado junto a quien fue, tal vez, un amor en el pasado? Al fin y al cabo sabemos que a él le gusta –o le gustaba– escribir; es decir, sabemos que es una persona con sensibilidad. En cualquier caso, entre las expresiones faciales de chica y chico, la cadencia de la canción, y el rojo bañando sus caras en contraste con el azul que envuelve al cantante, en todo momento reflejado en el espejo, visible entre las cabezas de chica y chico… todo ello, en fin, produce un efecto hipnótico en mí (el espectador).

Puesta en escena y dirección son del todo deliberadas; empiezo a entender lo que pretende el director y a darme cuenta de que hablamos el mismo lenguaje. Eso no le quita un ápice de emotividad a la escena. Todo lo contrario, incrementa el efecto, al conseguir que me sienta descubierto en mis sentimientos, concernido por lo que le sucede a los personajes, parte de un momento bello por cotidiano y realista, un instante que yo ya he vivido, de alguna manera, en mi propia vida real (y no en la ficticia, la que es producto de todos los libros y películas que he visto en mi vida).

Y no es solo la emotividad que transmiten los dos actores, con sus mínimos gestos y sin mirarse el uno al otro (esto solo sucede una vez al final del plano secuencia, cuando ella le mira a él brevemente, y él responde a su vez, devolviéndole la mirada). No es tan solo la estupenda planificación del plano secuencia (cuando el foco en las caras y sus reacciones empieza a hacerse insostenible, la cámara se mueve a un lado para que el chico extraiga una bolsa de castañas de su abrigo y ofrecérselas a ella, como respuesta a las emociones que la canción le está produciendo; poco después la lente cambia el foco para mostrarnos con nitidez la figura del cantante en el espejo, haciéndolos a su vez  a ellos, chica y chico, borrosos para el espectador).

Ademas de todo eso, está la sensación de comunión con una canción, de la forma en que las mejores canciones nos atrapan y afectan: cuando nos conciernen de forma íntima, cuando hablan de nosotros.

Sigo viendo la película.

PS: Descubro al llegar a los títulos de crédito que las canciones son de un tal Rafael Berrio. Un descubrimiento. Nota mental: buscar sus discos online cuando me conecte a Internet.

Comentarios (1)

  • Quinnipak . 30 mayo, 2017 . Responder

    Muy interesante, Pablo. Me ha gustado mucho leer estas reflexiones. Gracias. !Qué ganas de volver a ver la peli!
    Con esa escena tuve sensaciones y pensamiento muy parecidos. Además de celebrar que se atreva a meter no una canción completa sino tres en los tiempos que corren. Hablaremos de esta peli tranquilamente 🙂 (Ya conoces mi debilidad por La Reconquista y por el cine de Jonás en general).

 

Todos los textos son propiedad de sus respectivos autores - Contacto: los52golpes@gmail.com