El niño de ocho años jugaba al fútbol con su primo de nueve años en la cancha pública, acondicionada con porterías, así como canastas de baloncesto. Por turnos, uno de los niños se colocaba bajo la portería al extremo sur de la cancha e intentaba parar los tiros a balón parado del otro. Como en las tandas de penaltis de los partidos profesionales, iban contabilizando aciertos y errores, y dejándose bien claro el uno al otro quién iba en cabeza de la cuenta parcial. También como en fútbol ‘real’, contabilizaban los tiros en series de cinco.

De pronto, se abrió lentamente la puerta de la cancha, situada en un lateral. Los niños ni se percataron, absortos como estaban en su juego. Segundos después una presencia diminuta entró en la cancha dando pequeños pasitos y succionando un chupete de color rosa, sujeto por una cadena de plástico a su chaqueta, también rosa, de punto de canalé. Era una niña rubia de dos años, la hermanita del niño de ocho años.

“¡3 a 4!”, gritó el niño de ocho años, que acababa de parar el cuarto tiro de su primo de nueve años. Acto seguido, y con una sonrisa de satisfacción, corrió con el balón en la mano a ocupar la posición de tirador. Su primo, más serio, se colocó a su vez bajo la portería.

Reconociendo la voz de su hermano, la niña rubia de dos años de edad, miró en dirección a la portería y sonrío. Pasito a pasito, emprendió el camino hacia él.

El niño de ocho años estaba tenso. Su siguiente tiro era decisivo. Si lo metía, ganaría por cinco goles a tres, y empezarían una nueva ronda de cinco tiros; pero si lo fallaba, su primo aún podría empatarle. Se concentró e intentó relajarse. Respiró hondo tres veces, y puso el balón en el suelo.

–¡Vamos! ¿A qué estás esperando? –le recriminó su primo, el niño de nueve años, desde la portería.

Sin ni siquiera mirarle, el niño de ocho años hizo un gesto con la mano, como indicando, ‘paciencia, ya va’. Volvió a respirar hondo y dio tres pasos atrás. Miró al balón. Miró a la portería. Volvió a mirar al balón y arrancó la carrera hacia él. Su primo de nueve años extendió las piernas e inclinó el tronco, listo para saltar hacia donde quiera que fuera dirigido el balón; abrió además los brazos para ocupar con su cuerpo la mayor superficie posible delante la portería.

El chute del niño de ocho años al balón fue poderoso. La bola se desplazó por el aire dibujando una parábola maravillosa. El niño de nueve años no pudo hacer nada para evitar que la pelota se colara por la escuadra de la portería. Un gol perfecto.

Pero algo no iba bien. La cara de su primo no reflejaba la alegría que cualquiera expresaría tras haber sido capaz de lograr semejante hazaña. Por el contrario, el rostro del niño de ocho años era una mezcla de susto y crispación.

–¿Qué demo…?

El niño de nueve años escuchó un golpe seco a su espalda y a continuación varios chillidos histéricos procedentes del exterior de la cancha. Dos o tres segundos después, mientras los padres de unos y otros corrían a toda prisa hacia la puerta de la cancha, empezó a sonar un llanto infantil inconfundible.

 

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