Era uno de esos fines de semana primaverales con día extra por festividad religiosa de algún tipo. Habíamos reservado hotel en una localidad de la costa, a tan sólo hora y media en tren. Llegado el sábado por la mañana hicimos una maleta rápida con muda para dos noches, preparamos unos bocadillos de salchichón y nos dirigimos a la estación.

El viaje fue sobre ruedas: el vagón iba vacío; el tren llegó puntual a su destino. Disfrutando de un tiempo impecable, tardamos muy poco en llegar a pie hasta el hotel. La habitación, amplia y con cama supletoria ya preparada para Mateo –mi hijo de cuatro años–, tenía vistas al mar “no por casualidad” –este comentario lo dejó caer, guiñándome un ojo, Casilda, mi mujer.

Salimos a la calle y paseamos por la playa, de piedras. Mateo y yo lanzamos unas cuantas al mar. Más de unas cuantas, en realidad, embebidos como estábamos en un ejercicio a medio camino entre la obsesión infantil –por parte de Mateo– y mi sensación de estar viviendo uno de esos escasos momentos de conexión paternofilial que habré de evocar en el futuro con frecuencia.

En fin, estuvimos tanto rato en modo boy scout que Casilda, aburrida, se tumbó sobre las piedras y se quedó dormida, con las gafas de sol puestas. La despertamos para ir a comer. De nuevo tuvimos suerte. Enseguida nos hicimos con una mesa en uno de los restaurantes del muelle, donde me tomé una cerveza que me supo a gloria.

Tras la comida, reanudamos el paseo. Compramos unos helados, de cucurucho. Al rato abandonamos por fin la línea de la costa y nos adentramos en las callejuelas de la parte vieja del pueblo. Había mucha animación y un buen número de tiendas y de balcones lucían tiras de colores; claramente la festividad era muy apreciada en este pueblo.

Recalamos en una feria, en la que –como tantas otras veces– traté sin fortuna de conseguir un muñeco de peluche para Mateo. A continuación, y para evitar la frustración de las manos vacías, le dijimos a Mateo que escogiera una atracción en la que montarse. Curiosamente escogió el laberinto, y ahí nos metimos padre e hijo. Nos llevó menos de tres minutos atravesarlo y alcanzar la salida. A Mateo también debió de parecerle una experiencia demasiado corta porque, justo antes de salir, se detuvo, se dio media vuelta y volvió a internarse en el laberinto, tratando de desandar el camino. Yo le grité “¡Mateo, cuando se llega al final hay que salir, no se puede volver atrás!”, tal vez motivado por la mirada que intuía en el feriante, quien se había percatado perfectamente de nuestro cambio de sentido. Tardé un segundo de más en reaccionar y por un momento pensé en que no podría encontrar a Mateo –qué absurdo, el laberinto era enano– y me dio un vuelco el corazón. Enseguida le alcancé y le obligué a dirigirse hasta la salida, y a salir del todo. Al pasar junto al feriante traté de congraciarme: “Creo que hemos batido el récord mundial”. El feriante me lanzó una mirada que venía a decir “los dos sabemos cuán poco original es el comentario, cuántas miles de veces se ha pronunciado y se seguirá pronunciando”, así que bajé la vista y dirigí a Mateo con la mano en dirección a Casilda, que nos esperaba ya, con una sonrisa, sentada en un banco.

Juntos ya los tres, Mateo dijo “Estoy cansado”. “La verdad es que yo también”, añadió Casilda de inmediato. “Y yo”, admití. “¿Buscamos dónde sentarnos y tomar un café?”, propusé y arranqué en dirección a una plaza en la que se divisaban mesas en la calle. Acabamos en una especie de bar de estética mixta –parecía elegante, pero a la vez le perdía el exceso de cartelería sobre eventos deportivos locales. Al acabar mi Coca-Cola –lo de ‘café’ siempre había sido un decir– pasé por el baño. Al salir me llamó la atención uno de los carteles. De vuelta a la mesa que aún ocupaban Casilda y Mateo en la terraza exterior, les solté mi ocurrencia: “ya sé lo que vamos a hacer el resto del día. Vamos a ir al circo”.

El circo estaba en las afueras, lo que en distancias a escala pueblo significó tan sólo quince minutos andando desde el centro. Sacamos nuestras entradas –anillo secundario pero centradas; niños a mitad de precio; el espectáculo duraría dos horas, según nos informaron– e hicimos cola a la espera de que nos dejaran entrar a todos. Durante algo más de veinte minutos tuvimos tiempo para acabar los bocadillos de salchichón, para que Mateo se diera un golpe en la cabeza jugando a dar vueltas sobre sí mismo y también para que yo echara un vistazo alrededor. Sobre la gran superficie de campo más o menos regular en la que habían anclado la carpa del circo no había mucho más que ver; tan sólo una cabina con baños y la roulotte donde se despachaban las entradas para el espectáculo. “¿Dónde estarán los camiones?”, me pregunté, pensando además, si los artistas dormirían cada noche en hoteles del pueblo.

Finalmente entramos y tomamos nuestros asientos, a unas seis filas del espacio escénico. Me llamó la atención que no hubiera ningún puesto de comida, palomitas o dulces. Por fortuna con Mateo aún funcionaba el ojos que no ven, estómago que no siente, así que ni protestó. Tampoco había nadie entreteniendo a los niños para hacerles más liviana la espera, como suele ser habitual. A decir verdad, la puesta en escena era bastante sobria. Luces blancas, no más decoración que el color rojo de la propia carpa y sin música. Eché un vistazo al sistema de sujeción de la carpa, basado en cuatro torres de metal sobre las que se apoyaba la estructura. Desde fuera de la carpa, dicho metal quedaba al descubierto; para el interior se habían molestado en recubrir las columnas con algún tipo de material acolchado en el mismo tono rojo del plástico de la carpa. Pero aparte de eso, no parecía haber ninguna otra estructura. ¿Dónde estaba el alambre, dónde los trapecios?

Justo cuando estaba a punto de hacerle notar mi extrañeza a Casilda, apareció un operario en escena cargando una mesa camilla. La depositó en el centro del anillo central y se dio la vuelta. Regresó al poco con dos sillas de aspecto indefinido. Las colocó una al frente de la otra, con la mesa camilla entremedias, y desapareció, justo cuando un mensaje de megafonía anunció que el espectáculo estaba a punto de comenzar. Mateo y yo nos miramos. Sonreímos. Las luces se apagaron. Desapareció el bullicio previo y se hizo un silencio total. Un foco iluminó la mesa y las dos sillas. Entró un hombre por el lateral derecho y se sentó en una de las dos sillas. Posó un libro de grosor considerable sobre la mesa. Sujetando el libro con la mano izquierda, lo abrió, se diría que por la primera página. Se inclinó en actitud de ir a leer y…

–Qué curioso, ¿no? –me cuchicheó Casilda. Yo la miré, me encogí de hombros, y le indiqué con un fugaz movimiento de cejas que quería seguir atendiendo a los movimientos de aquel hombre lector.

El hombre parecía leer, lo hacía (?) de forma sosegada, tomándose su tiempo en cada página. Desde donde estábamos sentados podíamos intuir cada uno de sus leves movimientos: en ocasiones se tocaba la cara, de forma casi instintiva se rascaba aquí o allá; respiraba de forma pausada, en alguna ocasión cogiendo más aire de lo normal, tal vez como reacción al sentimiento que le pudiera estar transmitiendo la lectura; a ratos recogía los pies bajo la mesa, o se recostaba un tanto, o corregía su posición sobre la silla. Parecía del todo abstraído en la lectura y ajeno a las miradas de las ¿300? personas que asistían a su ¿prodigio?

Porque eso es lo que era, un prodigio. Pero de una clase del todo diferente a la que todos los allí presentes –creo que puedo tomarme la licencia de representar al colectivo–, habiendo pagado la entrada, esperábamos.

Pasaban los minutos y el hombre seguía leyendo. Parte del público empezaba a mostrarse inquieto; se notaba en el volumen creciente del murmullo colectivo. Cuando ya llevábamos más de diez minutos de espectáculo, se escuchó algún ‘Buuuh’ y algunas personas se levantaron y pasaron por delante del escenario, no sé si para dirigirse al baño o para abandonar el local del todo. De pronto alguien detrás nuestro gritó ‘¡Tongo, tongo!’, y la muchedumbre rió. Como si hubiese escuchado la palabra mágica otorgada por su hipnotizador, el lector cerró el libro, lo cogió, se levantó de la silla y desapareció por el fondo. Las luces se apagaron, lo que pareció apaciguar a la muchedumbre; volvió a instalarse un silencio no absoluto, pero suficiente dadas las circunstancias.

Las luces volvieron sólo dos o tres minutos después. Un hombre y una mujer habían ocupado las sillas, ante la misma mesa camilla de antes. Ningún otro atrezo había sido añadido durante la pausa. El hombre y la mujer charlaban de forma amigable, él con las piernas cruzadas, ella con los codos apoyados sobre la mesa. Se miraban fijamente el uno al otro al hablar. Hablaban sin levantar la voz y sin micrófono o amplificación alguna, de modo que era muy difícil distinguir lo que se decían, al menos desde donde nosotros estábamos.

–Me aburro –dijo Mateo, con un punto de súplica en la mirada.

–No me extraña –dijo Casilda– Pero no te preocupes; como esto siga así mucho rato, no vamos a tardar mucho en irnos…

Yo me crucé de hombros, como diciendo ‘pues a mí me gusta’, pero creo que aún no era capaz de verbalizar mis sensaciones. Más que goce, lo que sentía era curiosidad. Estaba intrigado por semejante propuesta, y sólo quería saber cómo acabaría. Si se trataba de algún tipo de juego conceptual, o una total tomadura de pelo. Si fuera esto último, ¿cómo reaccionaría el público cuando se le agotase la paciencia?

No tardé en salir de dudas. Un hombre calvo y entrado en carnes se acercó al borde del escenario arrastrando a una niña de la mano. Estaba muy ofuscado. Le gritó a los actores:

-¡Esto es una vergüenza! ¡No es lo que hemos pagado para ver! ¡Quiero que me devuelvan mi dinero!

Otras personas se levantaron y se acercaron a donde estaba el hombre enfadado. Añadieron algunos ‘¡eso!’ y ‘¡bien dicho!’ y se mantuvieron a la espera. El hombre y la mujer sentados a la mesa seguían hablando, sin mostrarse concernidos por los exabruptos que les dirigía el grupo de rebeldes a tan sólo metro y medio de distancia. Era extraño. Y requería coraje. De pronto se apagaron las luces de nuevo. Habían pasado ya casi treinta minutos desde el comienzo del espectáculo, desde que hubiese aparecido en escena el hombre con su libro. Unas cuantas de las personas que se habían acercado al borde del escenario para increpar decidieron abandonar la carpa.

–Pues como el siguiente acto esté en la misma línea, tal vez Mateo y yo nos vayamos también –expresó Casilda.

Se encendieron las luces otra vez. La mesa y las sillas seguían en su sitio. Sobre la mesa había varios objetos: una libreta, un bolígrafo, un vaso vacío y una jarra con agua. Apareció un hombre, distinto al lector y al que conversaba con la mujer. Se acercó hasta la mesa, se sentó, cogió el bolígrafo y comenzó a escribir, de forma pausada.

–Lo dicho, nos vamos –dijo, casi aliviada, Casilda– ¿Tú qué haces?

–Os veo luego en el hotel –le contesté, sin mirarla, hipnotizado como estaba por la escena del hombre y su escritura.

–Ok –dijo Casilda, cogiendo la chaqueta de Mateo y la suya propia con una mano, y a Mateo con la otra.

–¿Papi no viene?

–Luego le vemos. Venga, vámonos.

Mucha otra gente estaba yéndose también. El hombre en escena seguía escribiendo, ajeno a los movimientos del público que dejaba de serlo. Al rato dejó de escribir, le puso su capucha al bolígrafo, lo dejó sobre la libreta, cogió el vaso con una mano y la jarra con la otra y se sirvió agua. Antes de beber, dejó la jarra sobre la mesa. Al beber por fin dio sólo un sorbo. Tragó el agua muy despacio. Apoyó el vaso sobre la mesa. Esperó unos segundos. Respiró hondo. Volvió a levantar el vaso, le dio otro sorbo al agua. Tragó de nuevo, apoyó el vaso una vez más, respiró a su vez también. El ciclo completo se repitió otras cuatro veces más, antes de que el hombre dejara por fin el vaso en la mesa, junto a la jarra, para volver a empuñar el bolígrafo, tras haberle quitado la capucha, retomando la escritura, siempre con la misma parsimonia. Miré a mi alrededor. En las gradas del circo quedábamos sólo unos pocos, no más de veinte personas, menos del 10% del público con el que había empezado el espectáculo. Las luces se apagaron.

Noté que me sentía a gusto. Más a gusto de lo que había estado en todo el día. Mejor de lo que me había sentido en mucho tiempo.

Volvieron las luces. La mesa y las sillas habían desaparecido. En su lugar había una pequeña cama, básicamente un jergón, somier y colchón, nada más, en el centro del círculo. Enseguida apareció un hombre –otro más, distinto de todos los anteriores. Venía en pijama y zapatillas. Se acercó muy despacio hasta la cama, se sentó sobre ella, se descalzó, destapó el cobertor y se metió bajo él. En posición decúbito supino, cerró los ojos y, a todas luces, se durmió.

Con una sonrisa, me levanté y, muy despacio, me acerqué al escenario. Salté la barrera y me dirigí al hombre que dormía. Le toqué en la espalda. El hombre se dio la vuelta, se incorporó y me miró a los ojos.

–Tengo una idea para un número –le dije.

Nunca volví a ver a Casilda o a Mateo.

Golpes: Semana #17

Comentarios (2)

  • David Requena . 4 mayo, 2017 . Responder

    Sepa el autor que mi madre ha leído este relato y ha declarado que “le ha puesto muy nerviosa”.

    A mí me ha despertado idénticos sentimientos que al protagonista. Eso debe ser bueno.

    • (Autor) Pablo Amor . 4 mayo, 2017 . Responder

      Un besazo a tu madre!

 

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