542 llamadas perdidas y 20.084 mensajes por leer

17 abril, 2017.9 Comentarios.#ficción #relato

Eran felices. Acababan de instalarse en España de nuevo, después de cinco años de vida en el extranjero por motivos laborales. Justo lo que habían ansiado durante mucho tiempo: el reencuentro con lo ya conocido, el gozo de un clima más benigno, la naturalidad del propio idioma y el calor de la familia y los amigos; en definitiva, el regreso a una vida más cómoda, predecible, tranquila, barata y de mejores alimentos. José tenía un par de semanas para hacer gestiones de todo tipo –abrir cuentas bancarias, supervisar el arranque de los niños en el nuevo colegio, compras de mobiliario en IKEA y demás– antes de incorporarse a su nuevo trabajo.

En una sucursal de operadora de telefonía José se hizo con un nuevo móvil y consiguió reactivar el número que había utilizado antes de empezar su experiencia en el extranjero.

Al llegar a casa, José dejó el nuevo móvil cargando sobre la mesa del salón y se puso a seguir deshaciendo cajas de la mudanza junto a su mujer, Elena, que canturreaba, ufana. Los mellizos jugaban en su habitación, intentando explotar todas las burbujas de un trozo de papel de embalaje.

En un momento dado, Elena sonrió a José. “Estoy muy feliz de estar de nuevo en casa, J” – dijo, y le dio un beso.

Lo cierto es que todo había ido de perlas: nada se había perdido durante la mudanza y habían conseguido plaza en el colegio que más les gustaba para los niños. Por si fuera poco, el inquilino al que habían estado alquilando el piso durante los últimos cinco años había decidido, motu proprio, mudarse a otra zona de la ciudad justo a tiempo para su regreso.

En esas estaban cuando José notó un zumbido que procedía del salón. Salió de la cocina y se acercó hasta la mesa. Su nuevo teléfono móvil vibraba sin parar, como si estuviese poseído. José lo inspeccionó y enseguida comprendió lo que estaba pasando: estaban entrando mensajes pendientes y notificaciones de llamadas perdidas recibidas durante los últimos cinco años.

José dejó el teléfono sobre la mesa. El aparato siguió zumbando durante unos buenos 30 minutos por lo menos. No volvió a acordarse de él en todo el día, ocupado como estaba deshaciendo cajas y colocando enseres, libros y objetos decorativos.

Tras la cena, José se dio una ducha, se puso el pijama y se metió en la cama, junto a Elena, quien ya hacía rato que se había acostado. José apagó la luz y Elena, medio adormilada, le abrazó y le susurró al oído: “Creo que estoy embarazada”. José la besó con fuerza y, embargado de felicidad, dejó escapar una lágrima. “Te quiero, mi amor”, le dijo, y se durmió, relajado, con una sonrisa de oreja a oreja.

A la mañana siguiente, domingo, se levantaron tarde. Lucía un sol radiante. Desayunaron sobras de la noche anterior –aún tenían pendiente hacer una buena compra en el supermercado, una de ésas de ‘llenar la despensa’. Tras decidir el plan de acción para el resto del día se pusieron manos a la obra: Elena se encargaría de organizar la ropa, armario por armario; José colgaría los cuadros, agujereando paredes, si fuera necesario.

Un par de horas después, todo el arte estaba en su sitio: el póster enmarcado de Vertigo –diseño gráfico de Saul Bass para la película de Alfred Hitchcock estrenada en 1958– volvía a colgar en la pared sur del salón, como tantos años atrás. Unas serigrafías pop compradas en Alemania en las últimas Navidades con diferentes perspectivas de la cara de un muñeco de Playmobil decoraban la habitación de los mellizos –aquella que antes, y durante años, había servido como ‘habitación para invitados’. La horrible litografía en blanco y negro que ¿representaba? un bosque nevado y que la tía de Elena les había entregado como regalo de bodas años atrás ocupaba ahora la pared lateral izquierda del recibidor –“ya que estás, ¿por qué no la cuelgas por alguna parte?”, le había pedido Elena durante el desayuno; “A la tía Juana le hará ilusión verla; y ya sabes que la vamos a necesitar con frecuencia para que nos haga de canguro”.

Acabado el trabajo, José cogió una de las cervezas de la nevera, y se sentó en el salón, donde los mellizos jugaban hoy, utilizando las cajas de la mudanza ya vacías como si fueran casetas de perro. Divertido, José se acordó del teléfono móvil. Se levantó, lo cogió y miró la pantalla.

“542 llamadas perdidas”

“20.084 mensajes por leer”

José se sorprendió. Y no sólo por las cifras, que eran por supuesto desorbitadas. Le extrañaba que alguien le hubiese necesitado en ese número de teléfono español en desuso. Cinco años atrás, como parte de los preparativos para irse a vivir al extranjero, había ido notificando a todos sus contactos habituales –tanto personales como profesionales– del cambio a un número de teléfono extranjero. Ahora, sin embargo, le entraba la duda de si se habría olvidado de informar a alguien importante; alguien que, por cualquier motivo, habría necesitado contactarle. José se enorgullecía de ser siempre muy exhaustivo; recordaba haber repasado la agenda entera de contactos de la época hasta, por lo menos, tres veces. Estas 542 llamadas perdidas y estos 20.084 mensajes le sorprendían y alarmaban. Algo no estaba bien. Presionó una tecla del móvil y se dispuso a leer los mensajes. Estos aparecían en orden cronológico, del más reciente al más antiguo. El primero era de tan sólo tres días atrás:

“Me vendiste un coche de mierda. Te voy a matar, hijo de puta”.

A José le dio un escalofrío. Todo su cuerpo se tensó de pronto. Con cierta aprensión y muy despacio, fue leyendo el resto de mensajes. A primera vista todos parecían haber sido enviados desde un número, el mismo siempre, que no le resultaba reconocible a primera vista. Los mensajes eran todos variaciones sobre la misma idea –algo había ido mal con el coche, y el comprador buscaba compensación–, en nivel progresivo de agresividad –de menos a más– hasta llegar a la insultante y criminal amenaza de hacía tres días. Las 542 llamadas perdidas procedían todas del mismo número también. Habían empezado en diciembre de 2012, a razón de unas 3 o 4 por semana, más o menos. La última era de ayer.

El nerviosismo –o más bien terror incipiente– removió algo en el intestino de José. Sin soltar el teléfono móvil, se levantó y se encerró en el aseo. Sentado en la taza del WC, volvió a leer el más reciente y aterrador SMS:

“Me vendiste un coche de mierda. Te voy a matar, hijo de puta”.

El único coche que José había vendido en su vida, justo antes de trasladarse con una embarazada Elena a vivir al extranjero, era un Toyota Auris de color gris metalizado. Durante los dos años que habían usado el coche jamás había tenido ningún problema con él. Por otro lado, por más que lo intentaba, no conseguía recordar bien al individuo al que se lo había vendido. ¿Se llamaba Arturo? ¿Hugo? Desde que la venta se había producido, más de cinco años atrás, José no había vuelto a tener contacto con él. Entre otras cosas porque –y esto, por algún funcionamiento caprichoso del cerebro, sí lo recordaba– José no le había dado a Arturo o Hugo su nuevo número de teléfono en el extranjero; Arturo o Hugo había caído en la categoría de ‘Gente a la que no tengo ni interés ni motivos para contactar en mi nueva vida’.

En ese momento, mientras José estaba sumido en todas esas divagaciones, algo llamó su atención en la pantalla del móvil: la línea de estado del remitente de los 20.084 mensajes había cambiado de ‘Disponible’ a ‘escribiendo…’. El corazón de José empezó a latir con más fuerza. Al poco apareció un nuevo mensaje en la pantalla:

“¿Estás ahí?”

El pulso de José derivó en arritmia. Aún con los pantalones y los calzoncillos bajados, se removió en la taza. Un sudor frío le recorrió la espalda. Por fin, José se armó de valor y tecleó su respuesta.

“Sí, estoy. ¿Qué es todo esto? ¿Qué quiere de mí?”

Volvió a aparecer el estado ‘escribiendo…’, y esta vez se mantuvo durante dos o tres minutos. José seguía tenso, cambiando el peso de su cuerpo de un lado al otro, apoyando el brazo derecho sobre la rodilla y agarrando el teléfono con toda la fuerza que podía. De pronto, el estado ‘escribiendo…’ desapareció, y fue sustituido por el aséptico ‘Disponible’. Diez segundos después, volvió de nuevo el ’escribiendo…’. La alternancia de estados duró más de 5 minutos, tiempo que a José le pareció una eternidad. Parecía claro que el acosador telefónico no acababa de decidirse a enviar su siguiente mensaje. O que se demoraba en editarlo, como si estuviera buscando la palabra exacta. El nerviosismo de José no paraba de agudizarse. Pasado ese tiempo, el estado se estabilizó en ‘Disponible’ durante otros tres minutos. Pero no hubo ningún mensaje. Finalmente el estado cambió a ‘Última conexión: domingo 16 de abril de 2017 a las 12:57’.

–Vamos, vamos… –murmuró José. –¿Qué quieres de mí, maldito pirado? – se dijo para infundirse valor.

José dejó pasar el tiempo, sin apartar la mirada del teléfono, sin levantarse del excusado. Pasaron otros cinco minutos. El acosador telefónico seguían sin conectarse de nuevo. Elena gritó, con voz cariñosa, desde el salón:

–¡Caríííñooo! ¿Te has caído por la taza?

–¡Ya salgo! – contestó José, de forma automática, mientras seguía mirando fijamente a la pantalla del teléfono móvil, casi sin pestañear, esperando con ansiedad el momento en que el otro por fin retomase el diálogo. La arritmia seguía en aumento. De pronto sonó el teléfono. En la pantalla apareció el fatídico número. José se asustó, miró a su alrededor, sin saber qué hacer. De forma instintiva se incorporó con la intención de asegurar el cerrojo de la puerta del baño, para evitar que Elena pudiera entrar de manera fortuita y escuchar o interrumpir la conversación que estaba a punto de tener lugar.

Pero al incorporarse sus piernas se hundieron, como si fueran de plastilina. José tuvo un segundo para darse cuenta de lo que estaba sucediendo: había estado sentado en la taza del WC durante tanto tiempo que sus extremidades inferiores, por falta de riego sanguíneo, se habían dormido. Se desplomó hacia delante sin soltar en ningún momento al teléfono móvil –que seguía sonando–, mientras intentaba buscar asidero con la mano izquierda. Fue inútil. Sin solución de continuidad, primero se golpeó la cabeza contra el borde de la bañera y a continuación contra el suelo del baño.

——

El forense dictaminó “Ataque al corazón” como causa de la muerte.

——

Meses después, Elena tuvo por fin fuerzas para entrar de nuevo en la casa.

Tras echar un vistazo rápido a todas las habitaciones, baño incluido, se sentó en el sofá del salón. Necesitaba coger fuerzas antes de ponerse a embalar. Había decidido vender el piso. Observó que la policía y el Samur habían dejado varios objetos sobre la mesa, junto al informe del fatídico día. Entre ellos estaba el teléfono móvil de José. El cargador también estaba sobre la mesa. Enchufó el teléfono al cargador, y éste a la corriente, y esperó. Cuando el terminal se encendió por fin, Elena consultó la pantalla:

“1 mensaje nuevo”.

Pulsó en el botón central del teléfono e introdujo el código habitual que José solía usar para todo tipo de aparatos y tarjetas de crédito. Funcionó. Elena leyó el mensaje:

“Mil perdones. Por los mensajes y las llamadas. No se lo va a creer, pero todos estos años he estado llamando y escribiendo al número equivocado (el suyo). Lo acabo de descubrir, por motivos que no vienen al caso. Por favor, ignórelo todo. Nada era para usted. Mis disculpas de nuevo. Y gracias por no denunciarme. Saludos”.

Golpes: Semana #15

Comentarios (9)

  • David Requena . 18 abril, 2017 . Responder

    Me ha tenido intrigado hasta el final y eso es muy bueno.

    La crueldad del final es casi nivel “La niebla” de Darabont. Bueno, no tanto, pero es muy canalla.

    • (Autor) Pablo Amor . 18 abril, 2017 . Responder

      Gracias! Darabont/’La niebla’ son palabras mayores. Te agradezco el piropo, y me alegro de que te haya gustado!

  • Sam . 22 abril, 2017 . Responder

    No es tan cruel como la niebla, pero es mil veces más humillante. Lo que es bueno. O malo. Según.

    • (Autor) Pablo Amor . 22 abril, 2017 . Responder

      Es la vida, ni buena ni mala sino todo lo contrario.
      Gracias por leer. O no.

  • Javier Oliva . 7 junio, 2017 . Responder

    Me ha gustado mucho. Como a David, me ha intrigado hasta el final. Gracias, Pablo.

    • (Autor) Pablo Amor . 7 junio, 2017 . Responder

      Me alegro, gracias a ti por leer, y por comentar!

  • Nuria López Blázquez . 17 julio, 2017 . Responder

    ¡Fantástico! Te mete completamente en el personaje. Por un momento llegué a pensar que era a mi a quien amenazaban y casi reviso mis mensajes.

    • (Autor) Pablo Amor . 17 julio, 2017 . Responder

      Gracias, Nuria!

      PS: yo que tú, revisaría mis mensajes. Nunca se sabe… 😉

      • Nuria López Blázquez . 20 julio, 2017 . Responder

        Done…
        ¡E incluso respondido!

 

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