SE VENDE | Caso para inspector de novela negra | REF: 1759

2 abril, 2017.4 Comentarios.#ficción #relato

Día 1

Tenía un hambre de mil demonios. Se había levantado a las cinco de la mañana para coger un tren y asistir al congreso anual de cardiología. No le tocaba presentar hasta el día siguiente; de hecho, la suya sería la ponencia de cierre, la sesión más esperada. El broche final a dos días durante los que los más renombrados especialistas del corazón compartirían sus últimos descubrimientos y el resultado de sus ambiciosas investigaciones. Todos en pugna no declarada por convertirse en el candidato que la Academia de Medicina nominaría para optar al premio Nobel. Y, de paso, salvar unas cuantas vidas.

Había llegado al pabellón Miguel Servet –todos los pabellones o palacios de congresos en los que se celebraba el evento anual llevaban siempre el nombre de una eminencia histórica relacionada con la medicina– de la ciudad de provincias de turno justo cuando estaba comenzando la primera ponencia, El papel actual de la ablación en el tratamiento de las arritmias.

El tema estaba algo lejos de su especialidad –Cirugía coronaria en pacientes diabéticos–, pero aún así le resultó muy interesante. Y no sólo a él. El acercamiento que el ponente proponía resultaba sorprendente y prometedor, tanto en la teoría como en la práctica –la prognosis de los casos reales presentados era inmejorable–, de ahí que la sesión hubiese terminado con todo el pabellón en pie y aplaudiendo, amén de algún otro silbido de cariz hooliganesco. Un ovación en toda regla. Un inesperado competidor al que habría que tener en cuenta.

Durante la primera pausa de la mañana, coincidió por casualidad con el responsable de la exitosa ponencia, el doctor Isaac Juateney, en el momento en que éste se servía café de un termo metálico gigante.

-Este catering deja bastante que desear, ¿no crees? –le espetó, en tono cómplice y segunda persona de singular, para romper el hielo, mientras cogía una mini napolitana de chocolate de aspecto realmente poco apetecible y la volvía a dejar en su sitio junto al resto de mini napolitanas que no parecían interesar a nadie–. Hay que joderse. Y con el hambre que traigo. Por cierto, muy interesante tu conferencia –añadió, sin miramientos–. Enhorabuena.

-Muchas gracias… ¿nos conocemos? –preguntó el aludido, con interés, en primera persona del plural y escaneando a su inesperado interlocutor, de arriba abajo, con la mirada.

–Me llamo Carlos Manuel Rigueiro–se presentó, pronunciado lentamente cada sílaba de su nombre compuesto–. Tal vez hayas leído alguno de mis libros. Cierro el congreso mañana por la tarde.

–Ah, sí –concedió Juateney–. El famoso Rigueiro, he oído hablar de usted. –el hecho de que recurriera al tratamiento de usted delató a Juateney; “éste va a presentar batalla”, pensó de inmediato Rigueiro. –Espero que haga buenas las expectativas, se rumorea que tiene preparado algo importante.

–Bueno, bueno, ya veremos –Rigueiro forzó un gesto de falsa modestia, ladeando la cabeza, entrecerrando los ojos y mostrando las palmas de las manos. –Lo importante, como se suele decir, es participar.

Ambos rieron, pero ninguno lo hizo de forma sincera. Sonó un mensaje por megafonía; la pausa tocaba a su fin y se pedía a todos los asistentes que regresasen cuanto antes a sus asientos. La siguiente ponencia empezaría en cinco minutos. Rigueiro echó a andar en dirección al Salón de Actos; Juateney le siguió.

–¿En qué hotel está? –preguntó Juateney antes de que Rigueiro llegase a entrar. La pregunta pilló a Rigueiro desprevenido; no tuvo más remedio que contestar con honestidad:

–En el Hidalgo. ¿Por qué?

–Yo estoy en el Luna de Plata. Le iba a proponer algo. –anunció Juateney misterioso, apoyando su mano derecha sobre la barbilla.

-Tú dirás. Me tienes en ascuas. Y la siguiente ponencia está a punto de empezar.

-Si le apetece un desayuno de campeones mañana por la mañana, conozco una cafetería estupenda, de las de toda la vida, en la que se come de miedo. Está muy cerca de su hotel.

“Me huele a encerrona, pero sería raro negarse”.

–¿Por qué no? –concedió Rigueiro.

Juateney sonrió. Entraron en el Salón de Actos, donde cada uno ocupó su sitio, en zonas distintas del mismo. No volvieron a coincidir en todo el día.

 

Día 2

Hoy también se había levantado con mucha hambre. Estaba claro, los viajes, los hoteles y los congresos le levantaban el apetito.

Aquel sitio pintaba bien. Eran las 8 de la mañana y allí estaba, como había convenido con Juateney, para desayunar opíparamente. Éste no había llegado aún, pero Rigueiro ya había pedido: huevos revueltos con salmón, un plato de fruta fresca, café con leche, zumo de naranja y un vaso de agua.

La camarera, una chica joven de pelo moreno y no muy agraciada, dejo el vaso de agua sobre la mesa. No trajo nada más. Rigueiro le dio un par de sorbos al vaso de agua e hizo tiempo mirando alrededor.

Era un bar o cafetería del todo normal. Indistinguible de otros cientos de bares o cafeterías del país. Con su barra repleta de platos con pinchos de diferentes variedades y bandejas de raciones a tutiplén. Con sus tres grifos de cerveza. Con su calendario taurino colgado en la pared detrás de la barra. Con su máquina tragaperras en una esquina. Con su televisor encendido en lo alto de la pared, en un lateral. Con su arcón de helados. Con sus banquetas altas en torno a la barra y sus cuatro mesas cubiertas con papel cuadriculado y un servilletero rojo de plástico con la inscripción de una marca de cerveza –curiosamente, pensó, distinta a la de los grifos para cañas de la barra.

Tan sólo un detalle –o era tal vez más que un detalle; tal vez era en realidad el rasgo más definitorio de la personalidad del bar o cafetería– parecía fuera de lugar: una estrecha escalera de caracol ocupaba la esquina más interior del local. Claramente el bar o cafetería tenía un piso superior, con más mesas, aunque de esto Rigueiro no se había percatado antes de entrar. Es decir, no se había fijado desde fuera del bar o cafetería. Claramente había actividad en ese piso –más gente desayunando, claro– porque la camarera había subido y bajado ya unas cuantas veces desde que él había llegado, siempre cargada con servicios de desayuno.

A pie de calle, él era en ese momento el único cliente. Y Juateney seguía sin llegar. Rigueiro miró su reloj: eran ya las 8 y 25. Empezó a impacientarse. La camarera volvió a hacer acto de aparición, bajando la escalera con una bandeja repleta de vajilla con restos de comida. No había nadie más atendiendo.

-“Por favor, ¿va a tardar mucho más aún mi desayuno?”

La camarera no le contestó, soltó la bandeja sobre la barra, se coló por debajo de ella y desapareció en una estancia posterior, seguramente una cocina.

Rigueiro se levantó, se acercó hasta la barra y cogió uno de los periódicos. Se puso a hojearlo. Algunas de las informaciones captaban su atención mientras iba pasando las páginas. Cuando terminó con él, volvió a mirar el reloj: las 8 y 40.

-“Increíble”. Su estómago hizo un ruído.

La camarera salió de la cocina, cargada de nuevo con una bandeja repleta de desayunos, y salió disparada hacia la escalera, sin dar a Rigueiro tiempo a abordarla.

Cabreado, miró a un lado y a otro. Estampó el periódico contra la barra, se acercó a la mesa que había ocupado inicialmente y le dio un buen trago al vaso de agua. “No creerán que voy a dejar propina por el agua”, pensó y se encaminó hacia la puerta. Cuando ya la había entreabierto, se detuvo un segundo. Cerró la puerta, se dio la vuelta y volvió a inspeccionar el bar. “Necesito ir al baño”.

Pero el baño no aparecía, no estaba a la vista. “Tal vez esté en el primer piso”, razonó. Y se encaminó escaleras de caracol arriba.

Horas después, en el auditorio Miguel Servet, al término del programa del congreso, asistentes y ponentes eran agasajados en uno de los espacios contiguos al Salón de Actos con un pequeño ágape. Gin-tonic en mano, Isaac Juateney conversaba animadamente con dos de los asistentes, uno era venezolano y el otro japonés.

–“¿Qué le hablá pasado a Ligueilo?” –preguntaba, de forma retórica el japonés.

–“Se habrá pillado una buena anoche”, –bromeó el venezolano, tal vez recordando aventuras propias en congresos pasados.

Juateney sorbía su gin tonic en silencio. En ese momento, sonó un mensaje por megafonía: el consejo permanente de la Academia de Medicina anunciaba su decisión unánime de respaldar a Isaac Juateney como candidato al próximo premio Nobel de Medicina. Se escucharon vítores y bravos –en español con acento de Venezuela, en japonés y en muchas otras lenguas–; Juateney recibió abrazos, apretones de manos y felicitaciones durante un buen rato.

Poco antes de la medianoche, con un cierto mareo de origen etílico, Juateney se despidió de los presentes y cogió un taxi. Al sentarse en el asiento trasero notó algo en el bolsillo derecho de su americana. Era una napolitana de chocolate igual a las del catering que habían sufrido durante los dos días de congreso. Juateney se sonrío, pensando en Rigueiro, y se la zampó.

Quince minutos después, el taxista paró delante de la puerta del hotel Luna de Plata y anunció la dolorosa:

-“Son 16 euros y 40 céntimos”.

Al no obtener respuesta ni sentir movimiento alguno, el taxista giró la cabeza. Con los ojos inyectados en sangre, Juateney yacía muerto, tumbado sobre el asiento.

Golpes: Semana #13

Comentarios (4)

  • David Requena . 3 abril, 2017 . Responder

    Gran ejercicio de descripciones y narración. Pero me quedo a cuadros con la conclusión. ¿Cuántas pistas da el texto? ¿Cuántas de esas descripciones son “de relleno” y cuáles son relevantes? Intrigado me hallo…

    • (Autor) Pablo Amor . 4 abril, 2017 . Responder

      Podría decir que el relato es una pieza de relojería en la que todo tiene sentido y cuyas incógnitas pueden ser resueltas con una lectura minuciosa. Pero mentiría. Honestamente, ni yo mismo lo entiendo del todo. De ahí que lo venda al mejor especialista del género policíaco, para que me ayude a entenderlo a mí también.

      😉

      ¡Gracias por leer!

  • Quinnipak . 3 abril, 2017 . Responder

    Me has llevaba como a una marioneta hasta el giro final. A lo Hitchcock 🙂

    • (Autor) Pablo Amor . 4 abril, 2017 . Responder

      Máximo piropo ése, mil gracias!

 

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