Andrea siempre pensaba que su familia era bastante atípica, hasta que con los años se fue percatando de aquello de que “cada familia es un mundo”.

Lo cierto es que las Navidades nunca las pasaba con su familia “real”, salvo sus padres cada año se unían a la mesa diferentes personas, sin lazos de consanguinidad. Algunos siempre presentes, como José Luis que fuera el amigo de sus padres desde antes de que ella naciera: compañero de célula del PCE de su padre en tiempos de la dictadura, amigo de su madre en la época de estudios en el Ateneo, donde pasaban las tardes juntos, quizá más amigo de ella que de él inicialmente y seguro según pasaron los años, cuando compartieron su amor a la música acudiendo a conciertos semanales, salidas a comprar ropa una vez que José Luis se separó y utilizaban la excusa de que él era daltónico y sus hijos siempre le reprochaban los extraños colores que elegía para su vestimenta de profesor universitario cuando iba él sólo a comprar.

Junto a él se fueron uniendo, amigos de Andrea bien ocasionales porque pasaban por momentos personales difíciles con su familia, como el año en que acudió Pablo, que no soportaba la idea de volver a su pueblo de Vizcaya para escuchar de nuevo las preguntas de sus padres sobre porqué a los 40 años aún no tenía novia, o bien los que comenzaban siendo ocasionales pero que se convertían en indispensables cada año, como su amiga Celia y su hijo Hugo. El de la misma edad que uno de los hijos de Andrea, ellas amigas desde el momento en que Andrea se divorció y Celia le fue marcando el camino como abogada, separada y con vivencias muy similares.

La cuestión es que Andrea era feliz aquellas nochebuenas en las que cada año se unía alguien diferente, aquel año una amiga que tenía una panadería en el barrio y cuya amistad surgió porque ella, Charlotte de origen parisino le propuso a Andrea que intercambiaran charlas en francés a cambio de que Andrea la enseñara o más bien, le quitara la vergüenza a correr por las calles de aquel barrio “bien” de la ciudad, esquivando ancianitas con perro blanco pequeño.

Sus tíos, tanto maternos como tías paternas y primos en general nunca estaban de forma presente en su vida habitualmente, y menos en Navidad, cumpleaños, días del padre o de la madre, domingos y fiestas similares que mucha gente comparte con su verdadera familia.

Sin embargo, a partir del día en que se celebró el 96 cumpleaños de su abuela y bisabuela de sus hijos, su relación con su familia cambió o, mejor dicho, se recuperó.

Hacía al menos 14 años que su tía mayor, la hermana de su padre, había cuidado de su abuela en una casa enorme en pleno barrio de Salamanca en Madrid. Aquella casa donde vivieran los 5 hijos, sus cinco primos le recordaban a Andrea las noches que de pequeña pasaba con ellos de pequeña.

Su tía se quedó viuda muy joven, cuando la pequeña de los cinco sólo tenía cuatro años y ella tuvo la inestimable ayuda de su madre, la ahora bisabuela que celebraba sus 86 años, para sacar adelante una casa, una familia entera y una vida que pasó de la opulencia a la estrechez.

Sus primos según fueron llegando a la edad de entrar en la universidad siempre consultaban con el padre de Andrea, y una vez que ellos terminaban la carrera o los estudios o similar, según el caso recibían la ayuda del que era su tío Jesús.

No era que ellos no trabajaran o buscaran trabajo por sí mismos, sino que en aquellos momentos, durante la primera crisis de los años 90 su tío Jesús tenía la suerte de tener un cargo directivo en una gran empresa y podía hacer aquello que entonces se llamaba enchufar y hoy en día, en el mundo de los eufemismos y el hablar en “langue de bois” de los mileniars, llamaba ahora “tener una amplia red de contactos”, todo ello gracias a la inestimable ayuda de Manuel Castells y su mundo basado en las redes, el “networking” de los mileniars que empezaban a llenar las nuevas/viejas empresas y startups. El “tegiendo redes”de la nueva red de gente que se conoce entre los hípsters de izquierdas que pasan por la crisis de los cuarenta y se niegan a hablar de enchufes.

La realidad es que durante los veranos de su infancia Andrea recordaba haber ido a la playa de San Juan con su abuela, muy joven entonces, su tía y sus cinco primos. Ellos en la adolescencia, ella hija única con 10, 11, 12 e incluso 13 años. Aquello era una maravilla para ella: dormir en la misma cama que su prima mayor, pero la pequeña de los cinco, cuatro años mayor que ella que le decía que se tiraba pedos mientras dormía, la abuela con su sentido del humor maravilloso que levantaba la pierna en vertical tumbada en la cama y les hacía reir a todos porque convencía a la pequeña Andrea de que esa era la forma más cómoda de dormir. Todos se reían de ella y con ella y, Andrea disfrutaba incluso de lo que sus primos años después recordaban como el infernal viaje en autobús hasta la playa con las botellas de agua congelada, que nunca llegaban a descongelarse en toda la mañana, las dos sombrillas, l@s 6 niñ@s/chic@s que iban montando jaleo en el trayecto, las bolsas con los bocadillos para media mañana…y las risas de todos cuando miraban los piés de Miguel uno de los primos mayores que según sus hermanos y su abuela eran los más feos del mundo. El se reía y al tiempo a sus 17 o 18 años los enterraba en la arena.

El flotador negro enorme de la abuela, en el que Andrea se agarraba, el “no os metais tanto” que gritaba su tía desde la toalla 200 metros más allá a sus hijos varones que nadaban sin escuchar nada, y la vuelta a casa con todo aquello para llegar a la hora de comer.

Aquellos veranos eran un recuerdo maravilloso para Andrea, que no comprendió hasta mucho después porqué dejaron de celebrase en familia las Navidades que eran una prolongación de los veranos pero con sus padres y la otra hermana, marido e hijos de su padre y su tía. Nunca notó a aquella temprana edad las tensiones entre parientes de las cenas del 24 de Diciembre y vio normal que desaparecieran poco a poco, aunque esporádicamente se intentaran recuperar, como ocurrió el año en que se intentó relevar a la tía en la celebración , para que no fuera siempre en su casa y se preparó en casa de Andrea.

Ella sólo recordaba el agobio de su madre y las risas que pasaron tod@s cuando uno de los cinco primos llegó con una hora de retraso, después de haber tomado “unas cañas” con unos amigos y Andrea descubrió también pro primera vez cómo era alguien borracho a través de los comentarios y la juerga que tenían sus primos, su tía y el propio padre de Andrea. El primo contentísimo y rojísimo trató de acariciar a la gata de Andrea que no era amiga de visitas y acabó con un arañazo del que aún se hablaba entre risas cuando se recordaba años después.

Aquel día, el de la celebración de los 96 años de la abuela, Andrea desde sus 43 años volvió a revivir las risas, el reencuentro y el gusto de estar, de pertenecer a esa familia, viendo cómo los mismos primos que la hacían reír a ella conseguían que los hijos de Andrea, pequeños también para los propios hijos de sus primos, se morían de risa lanzando aviones de papel por la ventana instigados por Miguel, el primo de los pies feos, pero tan cariñoso y juerguista como siempre, que abría la ventana para que pudieran lanzar los aviones, que los mejoraba para que volaran mejor, mientras su hermana mayor vigilaba y avisaba cuando venía su madre por el pasillo, como cuando eran críos y ante la risa de la abuela que a sus 96 años era la primera vez que estrenaba pantalones porque “para el gimnasio del centro de mayores me dicen que es mejor”.

Que grandes, que gran familia, que suerte poder recuperarlos aunque fuera por unas horas, pensó Andrea mientras seguían todos ellos, pasados los 47 haciendo la tradicional guerra de cosquillas a los niños, el paseo por el pasillo que consistía en que los niños pasaban y ellos les daban collejas, la risa del pequeño de tres años cuando jugaban a perseguirle como hicieran con ella por el salón, y vio cómo su padre, el tío Jesús disfrutaba de ver a sus sobrinos tratando con tanto cariño a sus nietos.

Y una sensación agridulce se cruzó en la mente de Andrea porque supo que probablemente sería la última vez que vería a sus primos, tía y abuela juntos. La abuela se iba a vivir a casa de la otra tía, la que no se hablaba con ninguno de la familia, y la casa de su tía “desaparecía”, ella se marchaba a vivir a sur, a una casa que había comprado años antes cuando se jubiló, antes de que su madre se fuera a vivir con ella. Una casa en un pueblo en el que vivían muchos de sus amigos. Ella no sentía pena por irse de aquella casa, sus primos decían que tampoco porque su madre estaría mejor entre amigos, descansando, disfrutando, viniendo a verlos cuando quisiera. Parecía que sólo Andrea sentía pena por dejar de volver a aquella casa con tantos recuerdos de su infancia.

 

Golpes: Semana #44

 

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