Hablando con un amigo una década mayor me decía que la inestabilidad laboral actual hace que mucha gente con carrera esté montando negocios que nada tengan que ver con un licenciado. Este amigo fue mi profesor durante el doctorado, de esos grandes profesores que te dejan huella, sin los cuales nunca te hubieras atrevido a bucear entre los clásicos y disfrutar con Aristóteles. Con los años somos amigos, comentamos la actualidad e intercambiamos impresiones sobre la sociedad que nos rodea y que a la vez construimos y, ¡cómo no! siempre me recomienda alguna nueva lectura recién salida de las pequeñas editoriales que aún publican maravillas.

En nuestra última conversación surgió un tema que en el último mes me ha llegado desde puntos muy diversos: mucha gente de mi generación no se separa porque quieren mantener el nivel de vida que llevan y un solo sueldo no lo permite.

La precarización de la que habla Guy Standing nos ha convertido en la generación de la no libertad, cuando pensábamos que íbamos a comernos el mundo porque éramos la más preparada. Lo mismo le pasa a la actual, pero ya saben que no van a comerse nada, nada más que muchos kilómetros para poder ver a la familia en navidad.

Sin embargo tengo amigos y conocidos que tienen un nivel de vida mucho más alto del que estoy acostumbrada a vivir. Y en esas parejas heterosexuales, invariablemente la mujer gana mucho menos que el hombre, algunas incluso han dejado de lado una carrera profesional que hubiera sido incluso brillante con el objetivo de que su pareja mantuviera su trabajo y ellas dedicar mucho más tiempo a los hijos.

Únicamente tengo un amigo cuyo caso es el inverso.

No obstante la conclusión en la misma: ningun@ de ell@s se divorciará o separará por mucho que en las conversaciones de amistad aseguren que no están ya enamorad@s. El cambio da miedo siempre y tod@s sabemos que además supondrá una merma económica importante.

Cuando yo salté al abismo, uno de mis amigos ante mi pregunta de: ¿y ahora qué hago yo? – Respondió simplemente: -aprender a vivir de otra manera.

Y lo acepté. Tenía la opción que me planteaba mi suegra: dejar pasar la situación y acompañarla a comprar a Loewe para resarcirme de la falta de amor o lanzarme y bajar ostensiblemente mi nivel de vida, entonces altísimo.

Lo único que puedo decir es que son much@s los que me dicen que fui valiente. Yo no me siento así, simplemente sé que ahora cuando tengo oportunidad de sentarme a tomar un buen café lo disfruto muchísimo más que antes. Cualquier pequeño capricho sabe, huele, se siente como un gran lujo y se disfruta el momento como nunca pensé que sería posible hacerlo.

La inestabilidad laboral da miedo pero merece la pena vivir con todas las letras, con toda la fuerza que da la seguridad de poder tener un momento de felicidad absoluta.

Comentarios (3)

  • David Requena . 16 octubre, 2017 . Responder

    Cierto, ¿de qué sirve la vivir una infelicidad estable?

  • Sol . 17 octubre, 2017 . Responder

    Conozco todo lo que cuentas. Es un virus, no sé si contagioso, pero se propaga con rapidez. Gracias por recordarnos lo auténtico y sencillo, lo vivo y vital.

  • Xavi . 23 octubre, 2017 . Responder

    La vida es demasiado corta para un mal café….

 

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