Si creo necesario difundir esta cuestión es porque me preocupa lo tranquila que está la sociedad cuando ve esos carteles, bien intencionados seguro, que dicen “Llama al 016 Hay salida”. En general, l@s ciudadan@s medi@s escuchan en radio y televisión el mensaje de que llamando a ese número, que además no deja rastro en la factura, las mujeres y sus hijos quedan protegid@s de su maltratador y pueden llegar a creérselo.

Sin embargo, en muchos casos no es así. Y Esto es precisamente lo que creo necesario denunciar: los Servicios Sociales no están funcionando como se pretendía cuando se aprobó la Ley Orgánica 1/2004 de Medidas de Protección Integral contra la Violencia de Género: protegernos a las mujeres y que de forma transversal se formara a los profesionales que, de una manera u otra actúan en un camino tan complejo como es el de denunciar a tu pareja siendo mujer, en un mundo que sigue manteniendo una mentalidad patriarcal y que actúa como tal en la práctica.

Una de las cuestiones que se deben abordar con urgencia es la formación de los profesionales en la revictimización, también llamada victimización secundaria que no es otra cosa que tratar de EVITAR que por parte de las Administraciones e Instituciones implicadas, la mujer se sienta de nuevo desprotegida, culpable y tenga que revivir en múltiples ocasiones los hechos que la llevaron a denunciar. Por ejemplo, revictimización es que esa mujer que ya ha denunciado y ha sido reconocida como víctima, tenga que contar delante de su maltratador lo sucedido, dándole pistas a él una y otra vez y que, de este modo él que pueda ir construyendo y remodelando el relato de su historia, incluso pudiendo llegar a utilizarlo en contra de su víctima posteriormente en los tribunales. Es necesario que los diferentes organismos que deben proteger a la mujer víctima de violencia machista SE COORDINEN para que ella y sus hijos no tengan que revivir esa tortura de narrar una y otra vez lo sucedido. Para no revictimizarlos.

En los medios de comunicación además de la crónica ya manida de “parecía una pareja normal”, en lugar de decir “ no parecía un asesino”, se escuchan a diario los avances que se van logrando a nivel nacional: búsqueda del consenso entre los diferentes partidos políticos para avanzar en esa protección de las mujeres víctimas de violencia machista y de sus hijos (según la modificación en la Ley Orgánica de 2015)  Incluso, en la crónica internacional de los diferentes telediarios se dedica de vez en cuando, un pequeño espacio a los logros que se van consiguiendo gracias al Convenio de Estambul en países de nuestro entorno que se presentan como menos evolucionados en esta cuestión, vital para muchas de nosotras.

Se oye tanto y se repite tanto, que esa mujer que se refleja en el espejo del probador y que observa esa maravillosa pegatina o cualquier otra, que espera cita con su médico de cabecera y observa los múltiples carteles y lazos morados en los centros de salud que prometen la salida del horror, es posible que todas ellas crean que es tan fácil como nos cuentan los medios.

Sin embargo, hay que decir, denunciar e incluso GRITAR YA, que en muchos servicios sociales no se están cumpliendo algunas medidas que pueden parecer básicas al sentido común y que, cuando las cuentas a cualquier persona que no esté formada en cuestiones de protección a las víctimas se sienten escandalizadas, sin entender cómo es posible que no se tomen medidas sencillas que pueden evitar más asesinatos machistas.

Y aquí es donde volvemos, desde el sentido común y desde los protocolos vigentes a la revictimización. Actualmente en la mayor parte de los protocolos de los servicios sociales, centros médicos, comisarías de policía y demás instituciones que intervienen en la protección de las víctimas de la violencia machista, se dedica una parte importante, se detalla y se pretende evitar la revictimización. ¿Se trata entonces de falta de medios?

Porque en la teoría impedir la revictimización está respaldada por el título V de la Ley Orgánica cuando se refiere a la tutela efectiva y recogida también en las normas europeas, si bien éstas no han pasado de simples recomendaciones.

En cambio la realidad actual es otra y esto es lo que tenemos que dejar muy claro: como se demuestra en las experiencias de mujeres concretas, con nombres y apellidos cuando una mujer, que ha sido víctima de maltrato y reconocida como tal, acude a pedir ayuda para sus hijos, directamente derivada por el pediatra que como profesional ha detectado riesgo real, empieza un largo camino. Incluso se puede encontrar con profesionales médicos que se nieguen a hacer un informe donde diga que existe maltrato a causa de ese miedo al padre, porque no quiere tener que ir a declarar a un juicio.

Así lo dicen. Tal cual.

Y para evitar precisamente su deber de denunciar de oficio, derivan el caso a la trabajadora social y ésta a los servicios sociales: el caso pasa de mano en mano como una pelota. En cada lugar todos: madre e hijos tienen que narrar a diferentes profesionales la misma historia de golpes, gritos, amenazas, recorriendo una travesía de auténtica revictimización.

Cada derivación supone una inmersión en el camino de la victimización secundaria, en la que como madre y mujer que ha sufrido violencia de género tiene que volver a contar exactamente lo mismo a otro profesional del despacho de al lado y todo ello sentada junto al padre, que ha sido su maltratador durante años. ¿No pueden leerse el expediente anterior para no tener que volver a narrarlo todo de nuevo? ¿No está en el ordenador la información de su propia psiquiatra, cuyo despacho se encuentra dos plantas más arriba y a la cual fue derivada directamente desde los servicios que la atendieron y reconocieron como víctima de violencia machista?

¿Nadie puede grabar la primera entrevista en la que hacen contar las diferentes versiones al padre y a la madre, para no tener que volver contar y revivir otra vez lo mismo y tener que escucharle a él decir que ella miente?

Pues no. ¡NO ES SUFICIENTE! La mayoría de los centros de esta especialidad de la Seguridad Social y los servicios sociales no están informatizados, los expedientes siguen siendo archivados en carpetas de papel, no hay grabadoras y además, lo más grave de todo empujan y OBLIGAN a las mujeres y a sus hijos a entrar con su maltratador, biológicamente su padre, en las consultas con el fin de que “los menores vean que sus padres se preocupan por ellos y su bienestar”.

Y ahí se encuentran las víctimas de nuevo: aguantando todo tipo de improperios y absurdas explicaciones de que en realidad los golpes no son tan fuertes, es que las mesas de Ikea crean una distorsión acústica que hace que el golpe parezca mayor. Y de nuevo debe repetir el infierno del maltrato, escuchando cómo lo viven también sus hijos y sin atreverse a articular palabra, esperando que la sesión termine lo antes posible y que al menos esa tortura, tal y como argumentan los profesionales sirva para beneficiar a sus hijos

Aunque intente resistirse esa mujer y llame a los servicios sociales y diga: “Verá, es que yo he pasado por violencia de género y me resulta muy duro volver a contar lo mismo otra vez delante de este señor. Vamos, que logré divorciarme y ni quiero ni puedo interactuar con él” Intenta explicar la mujer. Pero no sirve de nada. Los servicios sociales muchas veces tratan de ayudar a la familia en su conjunto, según el modelo más tradicional que podamos imaginar: papá y mamá se quieren y de la semillita han nacido unos niños muy queridos y para eso deben escucharles juntos, que es lo mejor para la familia.

¿Pero qué familia? Si la mayor parte de las mujeres que se encuentran en esta situación llevan intentando alejarse de su maltratador. Pues no hay forma. Nuevo momento de victimización secundaria que desde el centro han debido pasar por alto en el manual o el protocolo.

Hora y media de aguantar cómo su maltratador insiste que en que si el pega a los niños es porque se portan mal y que a él le educaron así y que aquí está, sin secuela alguna y que los golpes y gritos son su forma de expresarse, porque habla más alto, porque es lo que escuchó siempre en su familia, pero que así contado, le hacen aparecer como si llegara borracho del bar cada día y él es un hípster como mandan los cánones que bebe Gin Tonic sólo de vez en cuando.

Y ella mientras tanto reviviendo el miedo de recordar esos portazos, esos golpes, ese no saber si el siguiente golpe le iba a caer a ella o a la puerta tras la que se refugia y sabiendo que lo que sus hijos cuentan es exactamente eso mismo. Eso que ella jamás les has contado, tal vez porque los psicólogos de los servicios sociales y de la Seguridad Social insisten en hacerla creer  es lo mejor para sus hijos y que todo tiene solución, qué trabajando “junta la familia, él va a hacer lo posible por cambiar su forma de tratar a sus hijos”. “Bueno familia, nos vemos en 15 días”, se despide. Y ella piensa, PERO DE QUÉ FAMILIA HABLA ÉSTA TIPA, porque yo ya no soy familia de este hombre del que conseguí deshacerme con la promesa de que “Hay Salida”.

Destrozada tras la cita, se mete en un probador de una gran cadena textil, únicamente para probarse vaqueros, camisetas, intentar seguir los consejos de “no te metas en casa, sal y haz algo que te haga sentir mejor” que ha escuchado en los espacios de igualdad y que le han funcionado otras veces. Y allí se encuentra de nuevo la pegatina morada. ¿DE VERDAD HAY SALIDA? Lo que queda de manifiesto es que queda mucho por mejorar.

Golpes: Semana #40

 

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