Soy madre. Y eso me inquieta por muchas razones, imagino que como a muchas.

Pero lo que más me angustia es que cuando hablo con la mayoría de mis amigas mujeres, son muy pocas las que mantienen una buena relación con su madre. Y yo soy madre de dos hijas.

Mi relación con mi madre no es especialmente idílica. Me crió a principios de los 80 con las mismas ideas de mi padre, que mis hermanos y yo debíamos ser lo más autónomos posible, que yo, única chica debía ser defensora del feminismo y me dio una libertad a partir de los 14, cuando entré en el instituto de la que el resto de mis compañeros no disfrutaban. Quizá por ello mis amigos pasaban horas en mi casa después de salir de clase, porque yo tenía mis llaves, me tenía que hacer la compra, la comida y encargarme de mis deberes, porque mis padres trabajaban fuera de casa y volvían a partir de las siete.

Es cierto que tanto mis hermanos como yo salimos muy responsables, acabamos nuestros estudios universitarios y tal vez seamos demasiado exigentes con nosotros mismos. Pero la ausencia de mi madre en mi adolescencia hizo mella y nunca la tuve como referencia. No quita para que la quiera, mucho, pero no es una persona a la que acuda cuando dudo en algo, o que sea la primera persona ala que conté que estaba embarazada o que me cambio de trabajo.

No, es una relación simplemente cordial, de visita, diría yo. Y personalmente tampoco sé mucho de su vida; intensa en amistades, salidas sociales diarias una vez jubilada y todo hay que decirlo, muchas veces no sabemos de ella en días y somos mis hermanos y yo, en el típico Whatsapp materno filial quienes preguntamos cómo va.

Con todo ello, quiero expresar que tampoco es una relación es nefasta la que mantengo con mi madre.

Creo que el peor caso que conozco es el de una de mis mejores amigas, Natalia, a cuya madre conozco desde los cinco años cuando entramos juntas al colegio. Inicialmente hacíamos lo habitual en niñas de esa edad: “¿se puede venir Natalia a dormir este sábado?” o a la inversa y posteriormente, según fuimos creciendo, pese a que cambiamos de colegio, Natalia se convirtió en una de esas “refugiadas” que pasaba la tarde en mi casa, solas algunas veces, con más compañeras de mi instituto otras veces, pero en el caso de Natalia por no estar en la suya, a dos paradas de autobús: por no tener que estar con su madre.

Durante los años de amistad que nos unen pude ver y conformar mi propia composición de lugar: definitivamente la madre de Natalia no era una buena persona. Natalia siempre argumentó que las malas personas también tienen hijos.

Años después, ya en la treintena, una amiga, muy amiga de su madre y conocida de la mía, porque al final los círculos sociales ya sabemos que convergen, le dio un impactante consejo: que intentara mantenerme lejos de ella. “A tu madre le das la mano y te coge el pié”. Y es cierto. Es mentirosa, negativa, siempre transmite sus miedos cuando estás en las situaciones de tu vida más vulnerables, sin sentido aparente y sobre todo es enormemente egoísta. Cuando lo cuento así suena francamente mal.

Sin embargo, los amig@s que la conocemos reconocemos tod@s que es cierto. Lo complicado surge cuando si en alguna ocasión ha salido esta conversación acerca de las madres y Natalia ha hecho este comentario ante alguien desconocid@, siempre hemos notado l@s más cercan@s una mirada entre desprecio e incredulidad.

Es cierto que es una cuestión peliaguda, porque hasta que llegas a asumir que tu propia madre es capaz de tenerte envidia y que incluso lo verbaliza, tal cual, pasas por varias terapias, primero la freudiana a la que recurrió ella en los 80 y que pensó que le iría genial a Natalia con 16 años. La envió a una psicóloga infantil que seguía en método psicoanalítico de moda entonces, pero resultó inútil. Después de tres cursos seguidos de terapia semanal, la psicóloga acabó llamando a la madre de Natalia y pidiéndola que fuera ella a terapia.

Evidentemente eso no ocurrió, pocos enfermos mentales reconocen la necesidad de su propia terapia.

Posteriormente, fue la propia Natalia la que fue eligiendo con el paso de los años y la madurez las terapias más variadas desde la conductista, pasando por las constelaciones familiares que te recomienda la típica amiga hippie y de la que sales sin saber realmente si esto no es lo mismo que decía Freud hace tiempo ya, pasando por la psicóloga tradicional o el último método holístico de moda al llegas con tal de lograr asumir la verdad: tu madre es mala gente y punto.

Cuarenta años le costó aceptarlo. Ahora creo que lo asume con mucha más naturalidad: es capaz de no guardarla rencor, por mucho que cuando su madre se pasa los tres meses en verano, de junio a septiembre, al borde del mar, al norte, al fresco en su casa de veraneo y las niñas de Natalia y ella misma, siguen asadas literalmente en la ciudad, siente aún cierto resquemor, y así lo expresa.

Yo lo veo natural e incluso sano. Porque la excusa de que la casa es muy pequeña y que poner una cama plegable afearía mucho la estética minimalista defendida por Mies Van der Rohe, es realmente el punto en el que yo misma la pintaría las paredes blancas con grafitis.

Este desde luego, sería un caso extremo, pero admiro a esas amigas, amigas de verdad, que sé que no mienten cuando dicen que sin su madre su vida no sería lo mismo, que desde que pasó la adolescencia recuperaron una relación con ellas que las permite hablar de todo y de nada, de su día a día, que saben que su madre está ahí siempre.

Porque ese tipo de madre también existe. Yo lo he visto. Y a veces cuando lo veo se me cierra la garganta con un nudo considerable en la garganta. Lo mismo es que debo hacer una de esas últimas terapias de las de Natalia, quién sabe.

Sin embargo, entonces me llama mi amiga Isabel y me recuerda que hay más madres como la mía. En concreto la suya tiene grandes anécdotas, momentos estelares semanales incluso que mi amiga me cuenta unas veces desde “mira la última de mi madre” hasta “no puedo más con ella”, según el momento vital por el que esté pasando.

Su madre en concreto no es mentirosa como la de Natalia, al contrario, dice la verdad pese a quien pese. El problema reside como tantas veces en la vida y muchas más en la Filosofia, en “qué es la verdad”.

Su verdad en este caso es inflexible, lo cual ya es un problema. Al menos para mí la verdad depende mucho de quién la cuente; del punto de vista de quien relata un hecho concreto.

Para una persona puede haber existido una mala fe clarísima en un hecho que para la otra parte implicada, ha sido sin más un despiste porque en ese momento tiene otras preocupaciones importantes, porque simplemente no lo explicó bien, en definitiva porque la comunicación se rompió en algún punto. Porque al final, los malentendidos, las “verdades” se encuentran hablando.

Pero la madre de Isabel no es partidaria del diálogo. Su forma de comunicación se circunscribe a los gritos e incluso a hacer burla a mi amiga, incluso delante de su hija, lo cual para mi amiga es ya no doloroso, porque hace años que dejó de dolerla, pero sí agotador.

Durante dos años de su vida, por esas cosas que ocurren hoy en día con esa crisis económica que se supone que ya hemos remontado, pero que los que vivimos a pie de calle sabemos que persiste, Isabel tuvo que volver a vivir en casa de su madre, con su hija para más desgracia. Soportó, gritos, golpes en las puertas hasta el punto de romperse una de ellas, e incluso un día se encontró con que su propia madre no la dejaba salir de casa, había echado la llave y la había guardado, simplemente porque Isabel nunca le contaba con quien se iba o con quien salía de la casa con su hija.

Hablamos de una mujer de más de 40 años, con trabajo propio, precario pero trabajando para mantener a su hija.  Y fue en ese momento cuando mi amiga después de llamar a la policía y escucharse a sí misma contando la situación se dio cuenta de que tenía que salir de allí sino quería enloquecer ella también y que su hija de tres años creciera en un entorno semejante.

Entre tod@s l@s amig@s la animamos a buscar un piso, por pequeño que fuera, al fin y al cabo Isabel llevaba trabajando 20 años en una empresa farmaceútica, con un salario pequeño pero suficiente para pagar un alquiler en una casa igual de pequeña. Y se mudó y ahí su madre se desquició completamente.

Porque “vaya cuchitril” al que te has ido a vivir pudiendo vivir conmigo en una casa grande, son portero físico, escalera de mármol y un portal “como dios manda”. La esperaba a la puerta del portal cuando sabía que era la hora de salir del colegio de la niña, con unos filetes de carne roja porque “a saber lo que le estarás dando de comer tu hija, tú que no sabes ni hacer un huevo frito”, e Isabel tuvo que aprender a darla esquinazo, a no contestar al teléfono cuando ya había hablado con ella una vez al día. Aprendió a vivir, a disfrutar de nuevo de su casa y a ir poniendo sus normas a una madre tremendamente avasalladora.

Por eso el tema, asunto, relación “madre” para las mujeres, creo que es crucial. Y teniendo dos hijas me encantaría ser capaz de construir esa relación que se construye a diario, desde que son pequeñas, lo sé, que tienes que mantener y lidiar durante su adolescencia, para que al pasarla pueda reconocerme en esas amigas sinceras a quienes escucho decir que ellas lo primero que hacen cuando tienen una buena o una mala noticia es llamar a sus madres y pasan el día con ellas de forma relajada, sintiéndose como en su propia casa.

Golpes: Semana #4

Comentarios (2)

  • Susana . 13 agosto, 2017 . Responder

    Genial artículo…todas podemos ser un poco Isabel o Natalia…dependiendo de cómo nos tomemos la vida con las “madres” . Aprendemos a ser madres solas, no hay un manual y no es fácil. Nada fácil. Yo lo se ahora que lo soy. Aunque solo sea por eso creo que mantenemos el cordón umbilical que nos une a las mujeres que nos trajeron a este mundo…y que lo hicieron (estoy segura) lo mejor que supieron, pudieron…o las dejaron…to be continued…

  • (Autor) Nuria López Blázquez . 13 agosto, 2017 . Responder

    To be continued, ¡eso es lo que tenemos tú y yo pendiente!

 

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