Hace más de veinte años mi mejor amiga me dió un gran disgusto al anunciarme que se marchaba a Londres a terminar allí su carrera. A los veintipico aún vives estas noticias como si se trataran de una pérdida, lloré mucho de manera muy melodramática, como se esperaba de mí entonces y prometí ir a visitarla.

Pero no cumplí mi promesa y pese a que ella residió allí tres años nunca visité la ciudad.
Yo había empezado a salir con un chico, que años después se convirtió en mi marido y en aquellos primeros años nunca encontraba el momento de irme sola, no queríamos despegarnos ni un momento. Errores de la edad que en algunos casos, como el mío pueden llevar al divorcio, que no a separarme de mi amiga, a la que veía cada vez que volvía a Madrid.

Ahora, sin marido y cuando mi amiga vive al otro lado del océano Atlántico, viajé por fin a Londres como si tuviera de nuevo 21 años: intentando gastar lo mínimo en una cuidad cara. Baste decir que mi blog de referencia lo encontré a través de San Google al abrir una entrada que prometía “20 cosas atípicas y gratis que hacer en Londres”. Ambos adjetivos me parecían fundamentales.

Mi idea de viaje esta vez era diferente. No quería ver el Big Ben, ni el cambio de guardia, tenía tan sólo cuatro días y me apetecía ver el auténtico Londres, el que me recomendó mi amiga cuando la pedí consejo vía whatsapp por el cambio horario: “lo mejor es pasear la ciudad”. Y tenía razón.

Lo más atípico que encontré y disfruté, pese a que no aparecía en la entrada del blog resultó ser la casa donde me alojé. Habitación con baño compartido con otras cuatro habitaciones, con su inevitable moqueta, water separado de la ducha, en la cual resultaba de lo más adecuado usar chanchas para intentar lavarse pese a que el agua salía a cuenta gotas.

En la habitación de al lado se alojaba una familia de Manchester de origen indio, con tres hijos a cuál más escandaloso, que no dejaban de lanzarse desde la litera hasta bien pasada la una de la madrugada, hora local. El padre hervía cada mañana, invariablemente cuatro huevos, a los que quitaba la parte de la yema, para que los desayunará el pequeño de los tres niños “porque es alérgico a la parte amarilla” me explicaba todos los días…cuatro, cuatro huevos….como cuatro años tenía el niño. Y yo pensaba: “pues el crío de la alergia se libra pero debe tener el colesterol estilo anciano de 80 años”

Opté por desayunar en el pequeño jardín que tiene toda casa londinense que se precie, por cutre que sea. Mejor compartir mis magdalenas con las dos gatas de los vecinos que con los de Manchester, dos chinos, una mujer pelirroja con perfecto acento británico y dos chicas y un chico que no alcanzaban los veinte años., a una de las cuales encontré una mañana a primera hora lavándose los dientes en la pila para no subir un piso la escalera y hacer la oportuna cola matutina. En total, doce personas en la misma casa, pero que resultaron finalmente parte fundamental de mi experiencia londinense.

Paseé la ciudad por los “mews” (callejones) típicos que aunque parece que no van a ningún lado, dan a una pequeña plaza con con casas coloridas y llena de flores. Porque si algo no falta en Londres son flores.
Maravillosas macetas puestas por los ayuntamientos, pero también cuidadas ventanas con todas las variedades de rosas, camelias, azucenas y hasta geranios. Y disfruté de las ardillas de Holland Park donde Marta y Carlos, dos españoles que llevaban un año viviendo allí, me enseñaron a darlas de comer cacahuetes de la mano, pese a mi pánico inicial y su juerga al verme recular las primeras veces.

Y por supuesto, dediqué un día completo, viernes para más detalle, para ir al museo Británico y aprovechar que no cierran hasta las 9 de la noche. Me emborraché de tanta escultura romana, griega,frisos del Partenón incluidos, que llegó el momento que a muchos amantes de los museos nos ha ocurrido alguna vez, de no ser capaz de ¡distinguir sumerios y asirios! de tal cantidad de belleza junta en tan pocas horas.

Pero Pablo me salvó y encontró un rato para sacarme a su hora de salir del trabajo y pudimos quedar justo en una de esas plazas preciosas junto al museo, una hora, el tiempo justo para conocer el mágico origen de este gran experimento que estamos viviendo y que son los52golpes.com. Me transmitió las ganas de seguir haciendo crecer la experiencia, me explicó cómo y le animé a que contará en una nueva pestaña de esta web toda esa preciosa historia de cómo surgió el proyecto y cómo lo pusieron en marcha en un tiempo récord.
Y después de hablar de todo ello pude volver a entrar al museo, ya colocando cada civilización en la organización temporal correcta, sin confundir toros alados con la caza del león.

Además de visitar mercadillos, tomarme una pinta, acompañada porque me resistencia al alcohol no es ni de lejos la de los londinenses, visitar la casa en la que vivió Vivien Leight (una tiene sus rarezas y “divinidades paganas”) en el 54 de Eaton Square, me sucedió una experiencia curiosa que marcara mi estancia en
Londres.
No serían más de las diez de la noche y al volver a la casa, después de ducharme en esa bañera donde te veías obligada a pasar casi un cuarto de hora para aclararte el pelo, ya en pijama y con unos calcetines, que impidieran que mi piel rozara si quiera la moqueta, bajé a la cocina a prepararme una infusión y esperar a que los niños de la habitación contigua dejaran de gritar y saltar como si estuvieran en el zoo, y descubrí que la mujer pelirroja estaba bebiéndose una ginebra allí, en un taburete ella sola. Sonriente me invitó a sentarme y compartir botella, pero preferí mi infusión. Una cosa es que prodigiosamente no lloviera en Londres en esos cuatro días y otro que el pelo mojado a las diez de la noche no supusiera una sensación de fresco importante: una infusión ayuda a no pasar frío en estas situaciones, lo aprendí en mi estancia de becaria predoctoral en París.

Me senté a su lado en la cocina y el empezó a hablarme a gran velocidad del curso que había venido a hacer a Londres. Pasaba notas en papeles que parecían tener un orden y me hablaba de lo importante y maravilloso que había resultado darse cuenta aquel día de que era imprescindible vivir cada instante, dejar atrás el papel de “víctima” y seguir con la vida, asumiendo lo sucedido e incorporándolo.
En el curso, según me contó habían acudido personas de todo el mundo, japoneses, españoles, estadounidenses, australianos, indios y todos ellos tenían en su haber personal un drama y una historia cómo víctimas. Primero me habló de los más lejanos geográficamente hasta, una hora después, dos infusiones y la botella de ginebra vacía, me dijo con un correctísimo acento británico que su hijo mayor se había suicidado hacía dos años víctima del acoso en el colegio. Eso evidentemente cambió su vida, pero ahora se había inscrito en este curso porque notaba que el tiempo ya la empujaba a cerrar una etapa y abrir la siguiente.

No significaba que fuera a olvidarle, el nombre de el niño de 13 años no salió en la conversación y yo tampoco le pregunté, pero ella sentía que les debía a sus otros dos hijos, amigos y familia que tenía que perdonarse a sí misma, seguir adelante y permitirse disfrutar de la vida. Nos quedamos calladas y después de haber leído siempre lo cerrados que son los británicos, me sorprendió que me cogiera las manos y me las apretara dando las gracias por escuchar. No sabía ni sabe aún aquella mujer pelirroja que las gracias debía haberlas dado yo, ya que me llevé una idea que venía fraguándose en mi interior todo este año: ese vive cada momento, aprende a perdonarte y permítete a tí misma disfrutar.

Sin duda cuatro días en Londres que me han transformado y me han dado la fuerza para iniciar el nuevo curso con grandes proyectos externos e internos.

Comentarios (3)

  • Carlos . 3 septiembre, 2017 . Responder

    Muy bonito, y muy interesante sobre todo en todo lo que te fijas en cada momento, como vives cosas simples en transformándolas en cosas realmente importantes.

  • Sol . 7 septiembre, 2017 . Responder

    Felicidades por tu descubrimiento, un insignificante y gran hecho que pasamos de largo a diario. Gracias por compartirlo.

  • Pablo Amor . 17 septiembre, 2017 . Responder

    Me alegro mucho de haberte conocido en persona!
    Nos vemos pronto. 🙂

 

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