-¿Por dónde vais? suena el ruidito del Whatsapp y me lee mi copiloto el mensaje.

-Ni idea. ¿Pero y lo que molan estas montañas?  Mira Nico. ¿Ahí baja un rebaño de ovejas!

-¿Dónde, dónde?- Los niños tienen tendencia a mirar en sentido contrario al que les indicas este tipo de cosas en el coche. Todos. Al menos todos los que conozco. Motivo: absolutamente desconocido.

-Al otro lado, mira. –Le contesta su madre desde el asiento contiguo al mío.

-¡Para! Y les hacemos una foto- Grita el chico de 10 años emocionado.

-Es igualito que Heidi.-Digo- Que no puedo parar Nico, que estamos en un super puerto de montaña.

El lugar es realmente extraordinario. Realmente merecería la pena parar y deleitarse con el panorama: las ovejas, el ruido de los cencerros, el perro, el pastor. Ojalá pudiéramos hacer como los niños y parar dónde nos diera la gana.

Y luego pienso mejor no, mejor nos quedamos con la imagen de las ovejas bajando todas juntas, al caer el sol, por una montaña de León en no sé exactamente dónde. Y me encanta no saber dónde, ni cuanto queda.

El viaje, como los mejores, se presentó para mí sin tenerlo previsto.

El miércoles me llamó mi amiga y me dijo que la conocida que había quedado en llevarles en coche a Nico y a ella al campamento de Scouts le había dicho que no iba a poder ir el viernes, problemas en el trabajo y es que, finales de julio en las pequeñas empresas dan estas pequeñas sorpresas desagradables. Y la otra madre que iba también, había tenido que cambiar de planes en el último momento. El motivo era más prosaico: un hombre.

Finalmente en lugar del viernes, ella iría hasta el campamento el sábado por la tarde con el fin de llegar al final de lo que se llaman en esos campamento “día de padres” (dejaremos de lado el tema del género por esta vez) Además, en lugar de dejar a su hija en el campamento toda la quincena como había previsto, se la llevaba esa misma tarde lo antes posible, porque les había surgido una gran oportunidad: el novio había conseguido que un amigo les dejaba una casa en Londres y ese tipo de ofertas no se pueden rechazar.

El día de padres, que para mí era algo desconocido absolutamente, consiste básicamente en que los más pequeños en lugar de pasar los quince días del campamento seguidos, o bien se van ese día con su familia o bien llegan y pasan la última, con el aliciente además de que ese día les enseñan ufanos a sus familias lo que hacen, lo que han hecho, bueno no todo…evidentemente, pero sí cómo han construido una casa con madera en un árbol y cosas así.

Resumen: que mi amiga se encontró con que a la casa rural que habían alquilado entre tres madres hacía dos meses, a un precio estupendo, a los pies del parque natural de Los Picos de Europa, ella era la única que iba a acudir.

Quedarse sola para ella no es un problema. De hecho no conozco a nadie, excepto a mí misma, que lleve mejor la idea de pasar dos noches sola en un pueblo sin cobertura, en mitad de la ladera verde en pleno agosto. El pequeño inconveniente surgía porque mi amiga no conduce y necesitaba a alguien que la llevase a ella y sobre todo a Nico al campamento a 456 kilómetros de Madrid un viernes a la salida del trabajo. Hora y cuarto de atasco de salida de la ciudad “con paradas intermitentes”, como dirían en la radio.

La ya famosa casa alquilada entre tres había quedado sólo para nosotras. Otro lujo que no se podía rechazar y por el que yo me encontré entre montañas, durmiendo con edredón a siete grados mientras en la ciudad apenas podían conciliar el sueño.

Así fue como nos tuvimos el privilegio de contemplar a 20 km/h cómo las ovejas bajaban de pastar y siguiendo las instrucciones de GPS que nos indicaba que nos quedaban aún 78 kilómetros para llegar al lugar que marcaba como un punto en mitad de la nada, donde se suponía el campamento.

Pasado el puerto paramos, metimos mi coche en un campo no cultivado, porque todavía quedan sitios así; yo los recordaba de mi infancia pero nunca consigo encontrarlos a menos de 300 kilómetros de la gran ciudad e hicimos todas las fotos que quisimos; sin ovejas eso sí, porque la naturaleza es caprichosa, pero con una vista impresionante de montañas, prados verdes, un río y demás elementos bucólicos que para las habitantes de ciudad nos resultan tan impactantes. Hasta que volvió a oírse sonido inconfundible del whatsapp:

-¿Cuánto os queda? ¿Tiene muchas curvas la carretera?- Es Alicia, anunció mi amiga.

-Pero viene mañana ¿no? Hoy al final se quedaba en su casa con su novio, ¿o me equivoco?

-No, no, es así, vamos que viene mañana. Supongo que será por saber cómo es el trayecto.

Ambas nos miramos. Nos conocemos lo suficiente como para que no hiciera necesidad de decir delante de Nico “vamos que se arrepiente de no haberse venido”.

-¡Ala chicos seguimos adelante!- dije después de volver a mirar como caía el sol.-Tenemos que llegar antes de que cenen esos amigos scouts tuyos, que sino verás que hambre toda la noche.

Y es que es una pena, pero dejar de lado una oportunidad como aquella, de disfrutar de esas vistas, de parar el coche en mitad de una carretera por donde no pasan coches, de dejar a tu hija en el campamento e irnos directas a ver cómo era la casa, magnífica y de descubrir que necesitábamos jersey de lana para dar una vuelta de cinco minutos al pueblo, porque enseguida te salías de él, al menos desde mi punto de vista no merecen la pena.

Despertarme en sábado yo sola en la casa, sabiendo que mi amiga estaba en el día de padres y que iba a pasar el día entero en absoluta soledad me hizo sonreír. En la ciudad se había quedado también mi pareja, pero él entiende mi necesidad de estar sola y alejada de todo de vez en cuando.

Me estiré en la cama, me preparé un té mientras abría las ventanas y comprobaba que seguía haciendo fresco a pesar de ser las 11 de la mañana y me volví a la cama con el libro que había traído para leer. Meses hacía que no tenía la oportunidad de hacer aquello. Hasta las tres leí y dormité a partes iguales y cuando sentí que tenía hambre decidí deshacerme de la modorra, darme una ducha y aprovechar que a esa hora el sol sí iba a secarme el pelo dando un buen paseo por el campo.

No soy capaz de recordar un día con tanta sonrisa estando yo sola. El camino solitario, con árboles a un lado y montaña al otro, la caída de agua del deshielo que dejaba al descubierto, diez metros más arriba un antiguo molino y mi libro en la mochila, me acompañaron ese día hasta que a las diez de la noche regresó mi amiga exhausta del “día de padres”.

-Júrame que si en algún momento hago la estupidez de perder una oportunidad de pasar un fin de semana así por complacer a un hombre, que encima es mi tercera o cuarta pareja, me darás una colleja y me dirás que qué demonios estoy haciendo con mi vida.

-Te lo prometo, que ya sabes que yo no juro. – Contestó mi amiga y soltó una carcajada.

 

Golpes: Semana #30

Comentarios (2)

  • Carlos . 27 julio, 2017 . Responder

    😀
    -Júrame que si en algún momento hago la estupidez de perder una oportunidad de pasar un fin de semana así por complacer a un hombre, que encima es mi tercera o cuarta pareja, me darás una colleja y me dirás que qué demonios estoy haciendo con mi vida

  • Susana . 13 agosto, 2017 . Responder

    Las ovejas y Heidi…el no tener cobertura en un sitio a estas alturas de la película es lo que más me sorprende de tu relato. Lo del día de “padres”…en fin…habría que cambiar este término, sí, sobre todo cuando hay algunos que no ejercen mucho de esto…y por un hombre…mejor no dejar nada…pero por salud mental de la pareja…no porque algún Carlos del mundo no se lo merezca…

 

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