Ahora que ya tengo mucho más claro quieres son mis verdaderas amigas y amigos y quienes mis conocidos todo resulta más sencillo. 

Sé a quién recurrir cuando necesito que me echen una mano para montar la típica cama de Ikea que dice que se necesitan dos personas, cosa que no has descubierto hasta abrir el embalaje y sé con quién salir a tomarme unas cañas en uno de esos días de calor de primavera en Madrid para no hablar de nada trascendental.

Sé que si escribo a mi amiga Alice en París pidiendo que me deje usar su mínimo piso de 17 metros cuadrados mientras ella está en Bourdeaux dando clase, me va a decir que sí, porque por eso me dejó su llave en mi casa de Madrid, dándome la más preciada de sus propiedades: su intimidad.

Esto no quiere decir que no disfrute muchísimo teniendo conocidos. Me encanta. Soy extrovertida, conozco a todo el mundo en mi barrio, tanto que si voy con prisa es difícil no tener que parar en algún momento para saludar y tengo una habilidad innata para entablar conversación con desconocidos, en cualquier circunstancia y entorno.

Disfruto conociendo gente y la gente a su vez, recurre a mí para preguntarme si conozco a alguien que haga tartas para su boda o que pueda dar una charla en la universidad sobre cambio climático o nuevas aplicaciones de los polímeros. Y porque no decirlo eso me hace sentir muy satisfecha conmigo misma, me hace subir mi autoestima cuando una parte de ella no está en su mejor momento. Porque esto también es algo que descubrí hace poco tiempo: la autoestima no es un todo, sino que se compone de pequeñas facetas: tu autoestima como trabajadora, como madre, como escritora, como compañera…

Todos estos cambios en mi percepción de autoestima, conocidos, amigos y más elementos fundamentales para la supervivencia en la cordura, se produjeron desde luego en uno de esos momentos duros de la vida.

Lo cierto es que cuando estás en la plenitud de una relación amorosa, en la cumbre o en un momento concreto que te hace feliz en de tu carrera profesional, no reparas en quién está ahí de manera incondicional. Vives ajeno a casi todo, disfrutando cada día, cada momento y sintiéndote pletórico. Por eso da igual con quien quedes o a quien veas: vasa contar invariablemente lo maravillosa que es tu vida en ese instante y poco te importa cómo lo reciba el otro. Seamos honest@s: la felicidad nos hace egoístas también.

En cambio cuando vives momentos complicados empiezas a distinguir y a evaluar, diría con meticulosidad cuasi quirúrgica, quien responde al teléfono para escucharte, quien te echa un cable en un momento que tu percibes como complicado, peligroso, desagradable, e incluso incapaz de enfrentarte a ello.

Y así fue como yo, como muchas personas fui capaz de diferenciar la paja del trigo.

Y me sorprendí. Encontré gente a la que apenas conocía desde hacía unos meses que se volcó conmigo de manera incondicional personas a las que había considerado amig@s que no supieron estar a la altura de las circustancias y desaparecieron de mi vida.

Todo tiene su lado bueno: el gris es el color de la madurez y se madura no sólo con grandes experiencias, sino también con las pésimas. Y como otras muchas, mi madurez llegó tarde, pero llegó y de ello ahora mismo me quedaría con esa parte: encontrar a los autentig¡c@s amig@s y no perder a muchos de los conocidos. Porque esto también es un arte del comportamiento humano: no personalizar cada decepción. Entender o al menos intentar entender, que todos tenemos circunstancias y momentos vitales diferentes. No debes aferrarte al rencor si quieres seguir manteniendo un amplio círculo de conocidos, cosa fundamental en la red de redes en la que nos ha tocado vivir, como diría Castells.

Golpes: Semana #17
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