Todos sabemos que hay amigos de diferentes tipos.

A mí me costó aprenderlo. Fue precisamente un conocido, que no un amigo, quien me explicó que a la gente hay que clasificarla como a la ropa en el armario: aquí tengo las blusas para salir a tomar unas cervezas sin esperar mucho de ellas porque las compré en uno de esos grandes almacenes que utilizan mano de obra barata e ilegal; aquí los pantalones maravillosos de satén negro que heredé de mi madre cuando a ella ya no cabía en ellos y que están siempre ahí mirándome y esperando a que los necesite para hacerme sentir bien. Sé positivamente que son perfectos y que siempre van a responder a mi demanda si me siento de bajón y quiero subir un poco la autoestima.

Problema: que mi armario es un desastre. Tengo mucha ropa, comprada, heredada y no la tengo organizada. Soy un completo caos, lo reconozco sin pudor. Lo guardo todo: varias tallas, ropa de hace al menos veinte años que sé positivamente que no voy a volver a ponerme.

Me cuesta muchísimo tirar nada, incluso aunque tenga un agujero, de esos pequeños que salen cuando has utilizado una prenda demasiado, soy capaz de ponerle unas lentejuelas o una flor de esas de tela que también guardo y qué no sé exactamente de donde ha salido. Es decir que la comparación no me sirvió de mucho. O tal vez sí, porque guardaba también demasiados conocidos que consideraba amigos.

Al parecer mis amigos, mis verdaderos amigos estaban mezclados con la chaqueta llena de bolitas que debía haber tirado hacía mucho tiempo. Había que hacer algo de inmediato. No se puede menospreciar de semejante manera a los auténticos amigos.

De modo que decidí poner orden en mi vida emocional que no en mi armario, éste sigue siendo el mismo desastre donde de vez en cuando me encuentro con algo que no veía hacía meses y me llevo una gran alegría.

Primero traté de hacer un listado mental de amigos, pero me salían más de veinte y al parecer, según los cánones eso no era posible.

De charla con unos vinos y con tres amigas y una conocida a la que supe diferenciar con claridad, ya que literalmente acababa de conocer esa misma noche, escuché la idea que cada una tenía de la amistad.

La amistad como aquella persona que es capaz de acompañarte al abogado cuando decides dar el paso de divorciarte, aunque ese día le venga realmente mal porque a su hijo asmático le hacen una espirometría a la misma hora.

La amistad vista por otra de ellas como la persona a la que saludas por la mañana, le cuentas los horrores de tu madre y las maravillas de tus hijos o viceversa, según el día y la última persona de la que te despides por la noche. Todo ello a través del whatsapp y escribiendo ambas a una velocidad envidiable, incluso para una milleniar. O bien la amistad como estar en los momentos más difíciles haciendo una llamada de voz, de esas que ya casi no hacemos, cuando sabemos que la otra persona no está bien y pese a tener un lío de trabajo tremendo ese día, bueno ese y todos los días de su vida.

Pensándolo detalladamente entonces mi lista de amigos se redujo a seis personas en el mundo. Y digo en el mundo porque una de las más importantes, la amiga que siempre había estado ahí desde que con tres años entré en la guardería, cuando en los setenta era un auténtico acto de progresía llevar a tu hija a la guardería, vivía a más de 9.000 kilómetros en Méjico, como casi todo el mundo hoy en día, por motivos laborales.

Y sin embargo era la amiga más importante para mí. A la que recurría siempre que tenía un buen día, a la que enviaba una foto cuando algo me encantaba o cuando estaba de vacaciones, a la que consultaba mis dudas sobre decisiones vitales transcendentes, sabiendo que tenemos puntos de vista y formas de entender la vida muy diferentes, pero que es capaz de decirme las cosas claramente. Esas cosas que no quieres oir, que cuando tu familia intenta decirte tú te escabulles, pero que a ella no sólo se lo consientes, sino que se pides, lo agradeces y hasta hace que en bastantes ocasiones cambies de opinión.

Y luego estaba mi eterno ex novio, eterno porque fuimos novios dos veces y ambos nos dimos cuenta de que no nos queríamos como amantes sino como amigos y con el que mantengo amistad desde los 16 años, precisamente por eso porque nunca estuvimos enamorados, supongo. A él recurro cuando necesito el punto de vista masculino que a mí se me puede escapar. Y pasa lo mismo que con la anterior, que suele tener razón y tengo que acabar bajando la cabeza y entonando un mea culpa. Y a la inversa…he escuchado sus cuitas matrimoniales durante tantas horas que si las uniésemos serían casi año y medio. Yo le doy mi punto de vista y él en cambio nunca me hace caso…posiblemente porque no tenga en tan alta estima mi opinión o porque al contario, sabe que tengo razón pero le falta el empujón final para lanzarse a vivir de una vez por todas la vida que quiere y que no tiene. La separación es un tema para otro texto, sin duda.

Y luego están las amigas de verdad, pero de segundo orden, las que están junto a tu vestido preferido en el armario, maravillosas también y con las que te llevas un buen sofocón si se hace un agujero en uno de estos vestidos y alguna se enfada por un malentendido, por una falta de delicadeza, por no tener en cuenta a veces que todas vivimos vidas complicadas.

Y a partir de ahí empecé a recolocar a los conocidos de forma muy sencilla; a los que llamo cuando me apetece salir y estoy sin mis hijos pero a los que puedo decir sin remordimientos que tengo ganas de pasar el día haciendo bricolaje si no me apetece salir ese día aunque. A los que recurro por su capacidad intelectual, su valía profesional o los que recurren a mí por lo mismo. Estos aparecen en mi caso, sobre todo entre abril y junio para que les haga la declaración de la renta gratuita desde que Hacienda dejó de hacerla a quienes tienen rentas diferentes de las salariales.

Y qué decir de los conocidos a los que recurrir cuando te quedas sin trabajo. Aparecen en mi mente uno tras otro a tal velocidad que se hace absolutamente necesario recurrir a una lista en papel. Hasta me compré un cuaderno para tal efecto y yo misma me sorprendí con la cantidad de genta a la que conocía.

Después de acudir a varios cursos de capacitación para la búsqueda activa de empleo y de realizar varios canvas, herramienta de moda en aquel momento, descubrí que mi gran riqueza era mi red de contactos. Amigos, conocidos, y llamémosles conocidos de segundo orden a los que pedir trabajo.

Y el consejo de aquel conocido, que tal vez me pilló mayor porque debería haberlo sabido antes, pero al que nunca se llega demasiado tarde, me resultó de gran ayuda para no esperar nada de aquellos conocidos de tercer o cuarto nivel, los que se asemejaban a las rebecas de cuando tenía 20 años, llenas de agujeros y que me resistía aún a tirar, pero que seamos honestas: hay que hacerlo, no tiene sentido seguir ocupando el espacio que puedes abrir a nueva ropa que me regalen o que incluso me compre en un acto de locura en las rebajas.

Eso sí, desde ese día mis vestidos favoritos están colocados en la barra más alta del armario, a la que mi gata no puede acceder para dejarlos llenos de pelos blancos y sé perfectamente a quien recurrir en caso de emergencia emocional.

Nada como un buen jersey de lana grueso en invierno con el que estás en casa tan gusto o una camiseta de tirantes de seda natural en verano, sabiendo qué ponerte en cada momento y sintiéndote feliz por ello.

Golpes: Semana #16
Tags: #ficción

Comentarios (1)

  • Carol . 9 agosto, 2017 . Responder

    Muy bueno Núria, me encantó .Mucha suerte.

 

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