Recordaba con absoluto detalle haber comprado aquel vestido en la estación del AVE de Málaga. Buscó entre las perchas de rebajas el más barato que tuviera manga larga porque en el tren en verano hace frío, un frío casi polar que nadie, salgo los ejecutivos en traje, comprenden.
La muerte de su tío abuelo Carmelo la sorprendió de vacaciones en la casa de la familia de su marido en Marbella. Con los dos niños en la playa, sonó el teléfono y la noticia la golpeó al tiempo que hacía malabares para no mojar el móvil e intentar que el pequeño no se metiera hasta el cuello en el agua agitada. En Puerto Banús el agua es fría incluso en verano, las olas fuertes, casi parece Atlántico, las piedras de la entrada incómodas y no especialmente adecuadas para niños. Aun así repetían cada verano destino porque la urbanización familiar era un paraíso, con piscina cálida, césped siempre recién cortado, casi podría decirse que con regla por la regularidad y meticulosidad, plantas y flores que podían recordar el Caribe y un sistema de vigilancia 24 horas que permitía que los niños, cuando algún día crecieran pudiesen bajar solos a jugar al magnífico jardín. Mientras aquella etapa llegaba, ella seguía prefiriendo la playa, para disfrutar de jugar en la arena con ellos, verles saltar olas o más bien la espuma de las olas en la orilla y estar prácticamente sola porque el resto de los rusos, madrileños y sevillanos de las urbanizaciones lujosas de la zona no osaban poner un pie fuera de la reserva de sus fuertes vigilados por cámaras de seguridad.

En ese espacio y lugar le llegó la triste noticia. Era esperada. Ella ya se había despedido de su tío aquel verano en la cuarta planta del hospital. Fue él quien tomo la iniciativa y la cogió la mano y le preguntó intentando sonreír sin lograr más que una leve mueca: ¿Cómo estás?
-Mejor que tú, creo- Sabia que ese humor negro familiar sería bien interpretado por aquel hombre que tanto la había enseñado en la vida. El entonces sí logró esbozar su característica sonrisa que incluía un imperceptible suspiro y la apretó la mano. Una mano que impresionaba, con su vía puesta en el dorso, huesuda y con un color amarillo que evidenciaba la fase terminal de la enfermedad.

Carmelo nunca tuvo manos anchas, nada en su cuerpo tenía exceso de grasa. Era un hombre enjuto, cuyos pómulos marcaban con fuerza sus rasgos. Ver aquella mano la trasladó mentalmente a la de veces que se había fijado en ellas en diferentes contextos. Era un hombre que hablaba con lenta entonación, pensando cada palabra, buscando el lugar para ubicarla, como si se tratara de una fórmula matemática, base de su formación y en cualquier caso, logrando un discurso cautivador; casi como un encantador de serpientes al que era imposible dejar de mirar. Y en ello sus manos jugaban un papel destacado: las movía con la misma lentitud con la que hablaba, situándolas a la altura visual de su interlocutor, tal vez con el fin de no perder su atención. Cuando ya estaba seguro de tenerla, encendía un pitillo haciendo una pausa en su discurso, consiguiendo de nuevo retener la mirada de la persona que tenía enfrente, siempre enfrente, nunca al lado, al menos así lo recordaba ella y lograba siempre la impaciencia porque continuará la narración.

Ella había seguido esas narraciones desde niña. Esa entonación pausada, suave, en voz baja, la retrotraía a las cenas de Navidad en familia en casa de su abuela, a las comidas en las que se reunían todos en la casa familiar.
Una casa clásica de familia extensa. El tío Carmelo había vivido en ella junto a su madre, a su hermana soltera, por propia voluntad hay que decir en favor de una mujer maravillosa, fuerte, trabajadora que invariablemente argüía que unir su vida a la de un hombre la haría perder su independencia, junto a su otra hermana casada y su marido, los cuatro hijos de ėstos.
Antes de toda aquella etapa, cuando la Guerra Civil estalló el tío Carmelo tenía seis años y aún no existían en la familia ni los maridos de sus hermanas, ni los cuatro hijos, ni la casa en sí.
De aquellos recuerdos de infancia, sangre y miedo versaban muchas de las historias que ella recordaba haberle escuchado contar durante las comidas familiares.

Durante la sobremesa, su abuela, su tía soltera y él contaban y repasaban los nombres de lo que parecían miles de familiares o conocidos que ella era incapaz de retener, así como los lugares y las duras historias de guerra en Madrid; el sonido de las sirenas por los bombardeos aéreos, las carreras al metro para refugiarse, salir de aquellos túneles y encontrar la que fuera la primera casa de la familia destrozada por un proyectil que buscaba el objetivo del edificio de la Telefónica, muy próximo. La búsqueda de un nuevo espacio donde vivir a cubierto, en mitad de una obra a medio terminar en la Gran Vía.

 

Ella casi podía experimentar el miedo de aquel niño de seis años que fue creciendo hasta los nueve viendo explotar casas, sin saber si la siguiente volvería a ser la suya. Y recordaba sobretodo una de las anécdotas más duras que le escuchó contar en aquellas comidas, al tiempo que se servía el café y el azucarero de estaño pasaba de extremo a extremo de la mesa.

La narración en concreto se refería al momento en que la madre, presente hoy aún en la cabecera de la mesa a sus noventa años, impertérrita y escuchando al que sin duda era su hijo varón más inteligente, reconocido profesor de universidad, contó cómo aquella misma madre le arrastró casi haciéndole volar para hacerle llegar a tiempo al refugio, al tiempo que una explosión proyectó con fuerza una materia viscosa en uno de los escaparates de la calle por la que corría el niño sin resuello.
De nuevo la pausa narrativa del tío Carmelo nos mantuvo a todos en vilo; “después comprendí que se trataban de los sesos de un hombre sobre el que cayó el proyectil. Un hombre al que vi explotar. Que desapareció delante de mis ojos
Las historias de guerra en las sobremesas continuaban con todos alrededor de la mesa. Pero según se iban dispersando los comensales, unos al salón a ver la televisión, otros a dormir sobre los sillones cercanos, el grupo se cerraba y quedaban invariablemente su tío Carmelo, su padre, su madre, su prima nueve años mayor que ella y ella misma, demasiado pequeña para entenderlo todo, pero cautivada por el halo de interés que mostraba la gente a la que más quería.

En ese entorno, de nuevo con el café y el azucarero presentes empezó a escuchar términos que no comprendía apenas, pero que al cabo de los años, de seguir escuchando, de preguntar al volver a casa, de leer los libros que el tío Carmelo le fue regalando, incorporó a su conocimiento personal.
Y fue muchos años después, una vez terminada la carrera en la misma facultad donde daba clase su tío. Después del trayecto solitario recordando a su tío en aquel AVE, con aquel vestido que la protegía del gélido aire acondicionado, se dirigió al crematorio y sin esperarlo la pidieron a ella, la sobrina menor que leyera un poema escrito por Carmelo a modo de despedida. Fue en ese momento, después de aquella lectura cuando fue consciente de cuánto le había transmitido aquella figura familiar.
Conocía términos como “historia de vida” o “grupo de discusión” como parte de su lenguaje familiar. Pero ahora que Carmelo ya no estaba, de vuelta en el AVE supo que sus conocimientos en Sociología no eran los mismos que los de sus compañeros de aulas. Ella había tenido el privilegio de escuchar de su propia voz, de sus propios gestos, la forma en que se crearon aquellas nuevas maneras de interpretar el conocimiento sociológico, de ser parte inconsciente entonces o al menos la mayor parte del tiempo, de cómo se gestaba la sociología cualitativa en el país, escuchando nombres que después releería en los manuales, conociendo a gente que en su etapa universitaria su tío le fue presentando.

Y todo ello, en aquel momento de despedida, le pareció que no era nada tangible a lo que aferrarse y sin embargo era algo que estaría y que la acompañaría  siempre, permitiéndola una mirada diferente, propia, formada por la mirada, los gestos, las manos, la pausa que aquel hombre imprimió en ella para siempre.

 

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