Interpretando la realidad desde la ficción

18 marzo, 2017.0 Comentarios.#no ficción

La autora escribe siempre sobre vivencias propias, que exagera, transforma, distorsiona. Y esa habilidad es la que distingue a un buen escritor y a una escritora con capacidad. Pero escribir sobre algo que se conoce y que se ha vivido, cuanto más intensamente mejor, es algo que hacemos todos los autores aunque sea inconscientemente. Es una lección que aprendí de José María Guelbenzu y que siempre intento incorporar a mis escritos de ficción.
Muchos escritores, aficionados, periodistas, lectores no casuales de best sellers, sino lectores capaces de leer e interpretar todo tipo de literatura, incluidos los best sellers, conocen esta gran verdad, este pequeño truco de escritora,lo disfrutan, me atrevo a decir como lectora.
Es decir, pueden, podemos releer un capítulo, un párrafo, varías veces tratando de dilucidar cuánto hay de la vida real de la autora en ello y cuánto de realidad ficcionada. Yo misma he pasados grandes momentos imaginando a la autora o autor, detrás de su pluma divirtiéndose con esta especie de juego, de truco, de disfraz. ¿La auténtica Regenta tendría el cutis tan suave y blanco cómo alguien a quien realmente amó Clarín? El autor de El perfume es capaz de reconocer cualquier olor y vivir sintiendo únicamente a través de este sentido? ¿Existe el verdadero Canalla que describe con tanta minuciosidad Julia Navarro? ¿Cuánto había de autobiografía en el personaje de Lev Nocolayevich del Idiota de Doctoievski, además de su condición de hombre físicamente enfermo?.

Son detalles muy íntimos los que se novelan cómo para pretender que salgan únicamente de la mente de un autor y sin embargo, demasiado histriónicos o exagerados, a menudo como para ser reales. He aquí la magia del relato que más me interesa desarrollar.

Pese a ello, ha habido ocasiones en las que algún conocido se ha sentido ofendido con alguno de mis relatos. Ha sentido que mi prosa resultaba demasiado prosaica y poco elaborada y que dejaba demasiado al descubierto episodios de su vida que eran tratados con poca delicadeza y expuestos al público, sintiéndose desnudos. Así me lo han hecho llegar en algún caso muy concreto.
Tras el disgusto inicial, porque los autores tenemos una dimensión narcisista siempre, y rebosamos empatía y delicadeza por nuestros poros, en la mayor parte de los casos, lo cierto es que pude reconvertir la situación en algo incluso divertido.
Imaginé al conocido en cuestión, enfadándose y sintiéndose insultado, hasta el punto de coger el teléfono y hacérmelo saber.
Me hizo sonreír al fin algo doloroso, sobre todo porque yo no tengo una faceta pública tan amplía como para que llegue al gran público ninguno de mis personajes, situaciones o descripciones basadas en mi insulsa realidad. Y de repente había tocado algún resorte.
Esto es un gran éxito para una escritora; no siempre escribe para hacer reír, para distraer. En aquel caso concreto había logrado abrir una espita, aunque fuera de manera desagradable para ambos, porque nos hicimos daño.

Mucha gente imagina a l@s escritores como gente bohemia, poco habladora que a penas se comunican con su entorno. Que pasan horas escribiendo y re escribiendo. A mi misma me apasiona pensar en l@s grandes clásicos así, desde Cervantes hasta Patti Smith que antes que música se describe escritora y dedica cuatro horas al día a esta tarea. Mi faceta creativa no es así. Muy al contrario, paso más horas al día hablando que escribiendo.
De modo que whastappé y expuse la situación entre mis conocidos más próximos. Entendamos hablar, cómo utilizar el whatsapp o el telegram por supuesto. Y ante mi sorpresa, recibí la misma versión por todas partes: a aquella persona lo que le había resultado amenazante de mi pequeño texto, era que pudieran reconocer una realidad a la que él mismo no había querido ponerle nombre, ni siquiera pararse a pensarla.

Simplemente pasaba por su vida dejando de lado esa faceta y yo había tocado, sin pretenderlo un punto débil, sin querer herirle, sino creyendo que era una realidad visible para todos, sin mayor importancia.
Asumir la responsabilidad de este hecho me costó un día entero. Me disculpé y no obtuve respuesta de modo que seguí adelante y crecí como escritora.
Perdí un conocido, gané una lección: cuando escribes sobre cosas que hayas vivido debes disfrazarla lo suficiente para no herir a los que quieres o asumir el riesgo, si no lo haces, de perder por el camino gente.

Guelbenzu, al que sigo considerando mi maestro porque así lo fue cuando yo tenía 19 años, diseccionó en una de sus clases una descripción que escribí de mi habitación; invitó a mis compañeros a hacer lo propio durante unos minutos que me parecieron horas.
Recuerdo especialmente, aún al cabo de los años, la trascendencia y cómo se interpretó el hecho de que desde mi escritorio pudieran verse los ojos verdes de mi gata negra, escondida en el armario donde sólo se distinguía su oblicua mirada.

Ese pequeño detalle dio para una clase entera; mi gata representaba la soledad par unos, el misterio de lo que estaba por venir en mi futuro, e incluso el miedo, cuando sencillamente, al escribir aquella descripción de mi cuarto esos ojos de mi gata Nora, eran sólo eso para mí: los ojos que me miraban desde el fondo del armario, abierto en invierno, porque los gatos son frioleros y yo levantaba la cabeza de vez en cuando del libro que estuviera estudiando en exámenes en segundo de carrera, paraba un segundo y me sentía acompañada por esa presencia al fondo de mi armario. Nada más.

Y ninguno de mis lectores entonces entendió aquello como una mera descripción aséptica. igual que ahora no se entendió mi descripción hecha desde el cariño.
Mucho me queda por mejorar y aprender cómo narradora de historias basadas en algún hecho concreto de la realidad. Mi realidad.

Golpes: Semana #11

 

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