Cincuenta y dos esbozos de mí mismo (V)

14 marzo, 2017.0 Comentarios.#ensayo

Pretendo una obra, no un personaje.

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Igualmente he caminado como aquel niño del huerto que ha ido recogiendo guijarros. Aún no veo la flor espléndida, la que ha brotado en el camino.

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Una cruz sigue siendo una señal.

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Podría vivir aquí y morir tranquilo. Pero no sería yo.

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Winesburg Ohio, Sherwood Anderson.

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Este pueblo rígido y esta sed de venganza. Callarse es no razonar, y razonar es no callarse. Y ninguna de ellas propone el cambio, porque el cambio no llega. ¿Para qué razonar, entonces? Es algo agónico, imperfecto, invisible. La insensible ociosidad. La ociosidad de pensar. El ocio de sentirse muerto y escribir sobre ello, solo.

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Los raros, de Darío. La ciudad automática, de Camba.

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Cada instante pesa más que el siguiente.

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Cómo piensan en la plaza los cafés adueñados de libros. Recuerdo una buhardilla donde teñía las calles y hacía fracasos. Etiquetaba a la gente (“Este será innacesible, a este le proporcionaré un nuevo rostro”) mientras pasaba el tiempo y una línea -la mía- ante otra vida -la suya-. Y yo aún la concibo radiante y terca, para engañarla.

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La imagen de quien, a tu lado, respira.

Golpes: Semana #11
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