Deambulaba de camino a casa, sin apenas detenerme en nada. Ya eran demasiados meses –con pocos momentos o días excepcionales- en que ese estado me asaltaba. Caminar con el piloto automático puesto, como siguiendo mi propio gps, sin detenerme en nada ni en nadie. Caminando con el objetivo de llegar lo antes posible a casa, tumbarme en el sofá, encender la tele, cambiar de canales sin otra intención que la de eliminar cualquier pensamiento de mi cabeza. No pensar, no sentir, no encender ningún botón de la memoria que me trajese un recuerdo hermoso, como un flash para alumbrar tanta oscuridad. Tanta profunda oscuridad.

Entonces lo vi. Un senegalés empujaba su silla de ruedas. Era mi padre. Ya un año y medio sin hablarnos. Bueno, sin hablarle ni contestar a sus violentos, terribles whatsapps donde maldecía contra mí de muy diversas formas y descargaba todo su odio, como si yo fuese el culpable de sus males. De todos y cada uno de sus males. Él había abandonado a mi madre, él quiso irse de casa, él se había quedado con unas ventajosas condiciones, con todo lo que pudo, él había roto incluso ese acuerdo, vendiendo una propiedad indivisible. Como siempre, no le había importado nada. Era el resto del mundo, y siempre sus familiares, sus más cercanos familiares, los responsables de todo. Él todo lo hacía perfectamente, aunque se saltase la ley. Y ahí estaba, en una silla de ruedas, aguantando como sólo lo hacen las malas hierbas, tras tres operaciones de cadera, con el pelo rapado.

Los seguí por la calle Melquiades Álvarez. Era un día de verano gris, de humedad pegajosa. A esa hora de la tarde en que todo el mundo coincide. Les seguí mientras preparaba la cámara de mi teléfono. Llegaron a la Caja Rural y el senegalés empujó la silla hasta el hall de la entidad bancaria. Había cola. Me situé tras una columna. Mi rostro se reflejaba en uno de los cristales. Calculé si podría verme, pero no. Me volví hacia la calle, dispuesto a fotografiarlo, para que mi madre lo viera en unas horas. Ella aún conservaba sus momentos de piedad. Yo no. Yo sólo deseaba que se muriese pronto para acabar con toda esta historia y poder descansar tranquilo y mirar de una vez hacia adelante, reconstruir estas ruinas.

Lancé tres fotos, los pillé de perfil. Benditos teléfonos móviles. Cuando saqué la última, me pareció que giraba su cabeza en mi dirección. No corrí, empecé a andar, sin importase si me había visto o no. Nada me importaba de él, excepto su muerte. Ya había vivido muy bien ochenta y nueve putos años, ¿no? Mi madre siempre decía que llegaría a cien. No podía ser que durase once años más. ¿Por qué esta tortura?

Emprendí camino a casa. No encendí la tele, por primera vez en muchos meses. Puse el disco de Hugo Race con Michelangelo Russo donde reinterpretan varias canciones de John Lee Hooker. Abrí el ordenador portátil, por fin, y me puse, después de mucho tiempo, a algo que no fueran los artículos del periódico. Me sumergí en mi profunda oscuridad, de demasiados meses y busqué, de nuevo, la luz entre tanto dolor paralizante. “Serves you right to suffer”, sonaba en el equipo. Bebí un trago de vino y seguí escribiendo.

MANOLO D. ABAD

Golpes: Semana #28
Tags: #relato

Comentarios (1)

  • Sol . 25 octubre, 2017 . Responder

    Eres tú o tu proyección sin duda. Froid podría decir mucho de este relato. Te felicito por ello.

 

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