Ella había sucumbido al whatsapp. Ya no regresaría, nuestro amor se había acabado, por mucho que yo quisiese pensar que entre las cenizas aún quedaría una leve brasa que podría encenderlo todo nuevo. Me equivocaba.

Pero ella comenzó a enviarme whatsapps. Llegaban de noche, cuando más solo y desesperado me sentía, tras regresar –derrotado y solitario- de algún concierto, con la tele encendida reproduciendo la música que había programado para la radio, con la imagen fija de la plaza de la Escandalera, ensimismado tratando de esquivar recuerdos y sensaciones. Entonces llegaban sus mensajes, contándome cualquier cosa de París, que no me interesaba lo más mínimo, pero que me encendía. Mis brasas comenzaban a arder, mientras ella soplaba sus cenizas, no sé si para removerlas o para ir recogiéndolas en un lugar oculto de su memoria o en un compartimento cerrado de su corazón. Abría otra botella de vino mientras trataba de mantener la compostura, de que el incendio de mi corazón cada vez que llegaba una nueva frase pudiese aplacarse con un poco del rojo líquido. Pero no, era como si le echara gasolina y, entonces, ya no me importaba arder. Me olvidaba de mis planes de despedida, de las tres cartas escritas y no enviadas que leía en ocasiones para mortificarme, de tantos intentos por olvidarla, por pasar página. Lo lógico se quemaba como un eucalipto en un gran incendio, rápido y dejando la tierra quemada. Sin posibilidad que en ese suelo volviera a crecer una planta o un árbol en muchos años. Dejándome más hundido. Ella trataba de esquivar, esquivar y esquivar. Yo seguía un rato hasta que una de las canciones me permitía perderme, sobre todo si era algo tipo “Forget her” de Jeff Buckley. Finalmente, tras unas horas de estúpido intercambio, ella o yo decidíamos abandonar el diálogo de sordos.

Yo sólo esperaba que no volviese a llegar un whatsapp más. Que me dejase en paz, que ya eran demasiados meses perdido en un vacío de dolor y oscuridad. No necesitaba más que un nuevo plan de despedida. Quizás en no contestar más a sus whatsapps ni escribirle ni mandarle fotos. Volver al silencio. “Que sepas que estoy aquí no del modo que tú quiseras pero sí como la persona que soy”, escribió. Podría ser un magnífico corolario para lo nuestro.

Y yo no buscaba esa persona en ella, porque no la necesitaba, sobre todo, tras haber sentido tanto en ese amor de ida y vuelta, en esas dos historias en una con tantos años de diferencia entre la primera y la segunda.

No habría más. No habrá más. No habrá una tercera. Pero tampoco será lo que tú quieras o planees para mí.

Prefiero un silencio eterno entre los dos.

MANOLO D. ABAD

Golpes: Semana #24
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