La lluvia de primavera es especial. Sobre todo, si paseas cerca de la hierba, como en el Campo de San Francisco en Oviedo. El aroma, embriagador, tiene un componente de resurrección. Hierba recién cortada, hierba bañada por el orbayu, hierba con un olor a un nuevo amanecer cuando el sol oscurece. Una hierba que limpia y sana. Que limpia todo lo malo, todo lo que se debe barrer. Que sana del dolor, del principal dolor, el de los amores perdidos, el de las oportunidades desaprovechadas. Hierba cortada que huele a renacer: de nuestras cenizas, donde deseamos volver a hallar fuego; de nuestros fracasos, cuando más creíamos que podrían ser victorias; de nuestro futuro, para ver una luz al final del túnel; de nuestra esperanza, que debe ser inquebrantable, rocosa, inabarcable, para superar todas y cada una de las zanjas donde, irreversiblemente, hemos caído una y otra vez.

No miraremos atrás. Y, si lo hacemos, será con la suficiente distancia para que no nos dañe. No necesitamos más dolor. Necesitamos seducción, no desesperanza. Necesitamos un nuevo rostro, un nuevo cuerpo; no el vacío de lo consumido, no el terror de aquello que se torció, no la repetición de los errores que pudieron ser o no evitados.

Llueve. En el norte siempre aparece la lluvia. Para limpiarnos. Para embriagarnos. La lluvia, cayendo en copos perezosos, eso que llaman sirimiri, calabobos, eso, eso es lo que aún alienta nuestra esperanza de seguir hacia delante. De olvidar grandes aventuras, de que nuestro corazón podría limpiarse. De que la perdí y de que será difícil que pueda encontrar a alguna igual por más que lo intente.

 

MANOLO D. ABAD

Golpes: Semana #20
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