31EL BRILLO DEL PUEBLO COSTERO

31 Julio, 2017.0 Comentarios

Ahora que los rayos del sol de julio vuelven a despuntar como un sueño floreciente,

como un enigma que se resuelve en deseo, me acuerdo de aquel verano contigo en aquel

pueblo costero, hace no tantos años. Recuerdo aquel viaje con el firme propósito de

deshacernos de la ciudad, de desembocar en un puerto donde los buses urbanos no

llegaban. En medio de la calma del mediodía se estableció tu sonrisa cuando desde el

coche contemplamos el mar, aquella fragancia que nos obnubiló durante un mes y nos

convirtió en marineros sedientos de pasión.

Aquel pueblo de la costa asturiana donde las tabernas albergaban una enigmática luz a

la entrada, que atraía a los mosquitos cuando las madrugadas se enmadejaban. Las

conversaciones con los paisanos diluidas en la premura del vino diluyéndose sobre el

calor, las frases enrabietadas de vida, con las que asentarse sobre el día, la camaradería

orgullosa y  casual, la fortuna de partir una ola. Y aquel bar regentado por Armando,

que acabó por convertirse en un agraciado compañero de viaje, allí tomábamos la

primera y última cerveza de un día que se tostaba sobre tus hombros entre las miradas

consabidas de los parroquianos.

Aquel vestido tuyo que se deslizaba sobre las semanas y se erigía como un desafío a la

naturaleza, dejando al descubierto en tu espalda un tatuaje de luz. Aquella arena del

norte que pesaba sobre los pies, pero que hacía volar. Aquella playa que parecía una

creación primigenia donde el agua parecía sidra. El amanecer, el atardecer, el

anochecer, eran un proyecto señalado por el cielo. La tasca de la playa que simulaba

haber albergado batallas entrometidas a favor de la libertad, el paso encomiable de un

anhelo.

Aquella pensión de nombre incierto, o quizás vulgar, en que las escaleras crujientes nos

hacían levitar de ansia. Y aquella habitación, cuya única televisión era una ventana por

la que se colaba el viento entre el vuelco de temperatura de nuestros cuerpos ante el

soporte débil del colchón.

Puse más que los cinco sentidos para comprobar el rastro de eternidad que sólo deja el

mar. Todo era bajar contigo por aquella calle empinada donde el frutero dejaba al

descubierto una caja de cerezas.

 

Golpes: Semana #31

 

Todos los textos son propiedad de sus respectivos autores - Contacto: los52golpes@gmail.com