Érase una vez que se era, que era como empezaban los cuentos, una niña que siempre corría.

“Mira mamá, puedo correr como Carl Lewis” pero sus marcas no estaban en los segundos entre 50 ó 100 metros. Sus marcas estaban en lo cerca que podía estar de las estrellas.

Unos preciosos ojos perfectos, claros como un día de sol brillante de otoño, son capaces de ver todo. Cada detalle, cada secuencia de acontecimientos, las pequeñas y grandes intenciones. También los ruidos y conversaciones de los vecinos y las eternas imperfecciones que poder usar para huir de lo que es suyo.

No paró hasta conseguir confirmar que no merecía recibir, así sería buena y papá la abrazaría para consolarla. Y ella volvería a sentirse su princesa, sin haber sido destronada. Pero eso no podía seguir ocurriendo treinta años después de cuándo debía haber ocurrido, hubiera pasado o no.

Creció su cuerpo. Se hizo con un corazón enorme, pero con una eterna sensación de no merecer nada que en alguna ocasión la llevó a un hospital.

Claro, el Ego tomó posesión. Y ejerció su cargo con altanería defensiva y cierta coquetería mal resuelta, en un mundo superficial y agresivo. Pero sus ojos no engañaban. Eran faros de luz cristalina y pura. Y alguien muy afortunado tuvo la suerte de sentirse en el centro de su mirada, y escribirlo. Esto.

Ahora se da cuenta de que hay un ahogo que no le permite cantar y un nudo en el estómago que no le permite caminar. Ya no correr, caminar.

Bien.

Es el principio. Precioso principio. Perfecto, en sí.

Ha comenzado el proceso por el que la niña va a hacerse mayor y no tendrá que correr. Lo hará cuando quiera y hacia donde quiera.

Ha nacido un nuevo ser con mucho que aportar.

Bienvenida.

Golpes: Semana #23
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