Era tan suave y delicada que nunca supo bien lo que pasó. Prefería la ignorancia y el recuerdo de cada caricia, de cada susurro. Una brizna de hierba, una simple brisa en una tarde de julio, y todo cambió. Oyó el adiós pero no llegó a escucharlo jamás. Él ya no estaría.

A duras penas ahora podía soñar. Sí, dormía, pero el sueño de los inmunes a la sensación de felicidad que acompaña al siempre estático amor que de repente se cuelga en una de las paredes de una rutina que ninguno de ellos quiso. Ella tampoco. Él quizá la tuviera ahora, pero no con ella.

Ahora era el momento de seguir esperando sabiendo que por esa vía el tren jamás pasaría.

Le bastaba con el recuerdo.

Eso, y una infusión de té recalentada.

Y volvió a dormir sin soñar.

Golpes: Semana #22
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