A todo decía que sí. Aunque en ello fuera su propia vida.

El inocente ciclista no miró dónde debía cuando algo decidió que se cruzara en el camino de aquel conductor egoísta y ebrio que no quiso darse cuenta de los escasos segundos que ganaba por excederse con la velocidad.

Solamente quedaba ella, como última pieza de un rompecabezas de dos.

Sola y cansada, tras años de esperanza desvanecida, de un “casi” sin “porqué”. Pero seguía diciendo que sí. También cuando aceptó la indemnización. También cuando propuso su familia (la de él) que ella se quedara sin nada, porque en realidad nada tenía, nada conservaba.

Recuerdos, instantes fugaces, los suficientes para encadenarla a un eterno recuerdo, a una realidad inacabada, a un profundo pesar que marcaría cada pequeña cosa hermosa que atreviese a asomar por las hechuras de su mente, de su lecho, de su vida.

Cada instante era un decir que no, que inexorablemente se transformaba en sí. Y es que cada afirmación era el eco sordo del gran “sí” del altar, aquella mañana de domingo en la que fue señora de un fantasma por siglos de infame soledad.

Hasta el descubrimiento de que no era la única en el corazón y la entrepierna de su Gran Amor Desaparecido pasó inadvertido para su tenaz fuerza vital en un gigantesco SÍ que envolvía cada uno de los lutos de sus días… y sus noches.

El parte médico no pudo reflejarlo porque no refleja esas cosas. Su último aliento, su estertor más liberador, en el último segundo de su vida octogenaria, fue un sencillo y tranquilo “sí” al tiempo que expiró.

Aceptaba por fin unirse al hombre que amó en un acto de voluntad más precioso y eterno incluso que el de aquel domingo.

Sí. Quiso.

Golpes: Semana #21

 

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