Él salió de trabajar con la boca llena de palabras sin decir. No era tonto. La simple humillación de tener que decirlas hubiera llenado su ego de pasión descarnada y eso sabía que era cárcel en ese instante.

En pleno siglo XXII y todavía no era posible expresar todo lo que se sentía. Aunque se supiera. Aunque las gafas de Realidad Total dieran al contrario toda la información sobre su estado de ánimo basándose en sus microgestos, en simples moléculas de su aliento disueltas en el escaso aire de la habitación.

En una habitación. Así es como nadie imaginaba el futuro. Con las toxinas invadiéndolo todo, la vida discurría en pequeñas habitaciones para los audaces que vivían en Nuevo París.

Hoy no era su día. El Sistema le alertó de que le había sido detectado El Mal. El impredecible, el incurable, el Raro.

Solamente esperó a morir en una ficción lisérgica absolutamente placentera. Programó el sistema con simples gestos para que ese maravilloso suicidio enviara el mensaje a la lista que desde muy joven había elaborado con sus contactos más queridos, y algún desconocido al azar. Al resto les seguiría engañando con su doble IA.

Como siempre, se sentía derrotado como nunca. Aunque por fin fue el final.

Golpes: Semana #20

 

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