Nina siempre fue una muñeca, como decía su nombre en catalán. De pequeñita, sus grandes ojos redondos, observaban el mundo con ganas de entenderlo, en un pequeño pueblo en medio de cualquier parte. Pero nunca lo consiguió. Y aprendió a vivir en la falta de lógica, desarrollando un tremendo humor flemático, el mejor de los salvavidas. Descubrió que el amor era aquello tan raro que hubo en su existencia antes incluso de venir al mundo. Aquello que, extrañamente, la abandonó antes de nacer. Aquello que mantuvo unidos a dos seres mientras ella les pedía una y otra vez que no lo estuvieran. Aquello que cortaba el ambiente del hogar de su niñez. Así conoció lo que era amar una muñeca que no quiso romperse.

Valentín era de todo menos normal. También hay que buscar al pequeño astronauta abandonado en un piso vacío para entender que al menos al pequeño Mowgli hubo monos que le criaron. Se subía Valentín a las ramas del árbol de lo ajeno con el arrojo del ignorante, del que nunca tuvo cerca un padre poniéndole de pies en el suelo, o un hermano con el que aprender a temer por entrar en territorios diferentes al suyo. Sin embargo, el Amor sería aquello que le salvaría. Aquello tan perfecto, ideal, redondo, hermoso, como lo pintaba su único educador en casa: una televisión y aquellas películas tan torpes de los 70.

Vivieron juntos, cruzaron puentes en el aire, volaron por tierra, se amaron durante un tiempo loco, ingenuo y lleno de pecado a la vez. Y, tras el huracán de su vida, dejaron que los fuegos artificiales acabasen con una gigantesca explosión en una noche sin fin. Luminosa pero oscura. La del siempre que acabó en nunca.

Pronto sobrevivieron y poco a poco aprendieron a vivir. Atrás queda el tiempo de la tormenta y el llanto. De la sacudida y el vacío. Ahora se ha ido llenando su espacio de sus propias cosas. Diferentes, únicas, esenciales. Personales. Se han descubierto a sí mismos cuando se apartó el velo de vivir cada día su amor por el otro. Ahora sí pueden.

Ella ha dejado que su piel supure un corazón que gotea tres puntos. No son seguidos. No son aparte. Son suspensivos. Son y han de ser de sutura porque algo ha de cerrar las heridas, pero suspensivos porque siempre, y he dicho bien siempre, habrá una continuación para su amor a la vida.

Él, mientras tanto y entre otras muchas cosas, escribe.

Golpes: Semana #19
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Comentarios (1)

  • Sol . 14 septiembre, 2017 . Responder

    Muchas cosas… y las que esperan por llegar.

 

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