Todo consistía en eso.

Simplemente en mancharse una y otra vez con la misma solución pactada que no resolvía nada.

Maricarmen no soñaba nada más que con una vida sencilla y feliz. De esas que ya no existen.

Julián aspiraba… mucho. Todos los días, la alfombra de su pequeño hogar abandonado de amor, pero cuidadísimo en los detalles.

Ambos se sabían náufragos. Seres pendientes de una Historia que no tenía un más allá, porque sencillamente, se había cerrado.

Se cerró como suenan los golpes de las puertas secas y frías de dos corazones hambrientos.

Un día su sed dio paso al amor, a ese gran amor que todos soñamos tener, pero que nunca vemos que sea real.

Pero aquel día está tan lejos, y tan cerca a la vez… Podrían haber pasado unos días o cientos de miles de años. ¿Qué más da?

Lo cierto es que yacen juntos en la distancia del amor jamás compartido, sin ni siquiera terminar de conocerse.

¡Qué lúcido estuvo él al decirle que la amaba! ¡Cuánta desidia hubo en el rechazo de ella, terminando con eso toda posibilidad de nacer de nuevo, de abrir su alma al diablo de las pasiones que menos anhelaba!

Y todo quedó en tablas. En unas tablas resecas de mala madera que se sujetan con clavos oxidados a la pared continua del amor sin trabajar, sin expandir o crear.

Así discurre y se escurre una vida vacía de llenos, carente de caricias y manchada con una mancha que no lo fue jamás. O sí. Una más en una pared que sostiene las tablas en las que queda una vida que sencillamente, jamás ocurrió.

Golpes: Semana #18

Comentarios (2)

  • Zamoranita . 25 mayo, 2017 . Responder

    Que buenas metáforas, haces que tu texto sea diferente para cada uno de los lectores; magia.

    • (Autor) Juanma Ortega . 8 junio, 2017 . Responder

      Exacto. Gracias.

 

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