(Revisado)

Hace mucho tiempo, o quizá muy poco, conocí a alguien con quién viví una experiencia digna de ser contada. Una prueba tan biológica como sencilla que hizo derrumbar el castillo de arena de quién se cree más que los demás.

MM era, y seguramente seguirá siendo, una mujer convencida de ser merecedora de una vida “premium”. Tanto como la nueva gama de una conocida marca de tónica.

Sí, era (es) mona. Tampoco mucho, lo justo para destacarse cuando ocupas un cargo de responsabilidad en un mundo, desgraciadamente, de hombres. Apareció en mi vida tras cruzar unos mensajes, y en mi hogar tras un envío spam a ver quién le amenizaba una noche de domingo en la que se le vendría la casa encima. Yo fui el primero. “Has tenido suerte” fue la tarjeta de presentación de su ego premium. “… O la has tenido tú” mi salida airosa.

Sin embargo, a partir de ahí me consta que ambos sentimos la conexión enorme de quién sabes que será maestro en algo que tienes, pero quieres más. ¿Frivolidad, poder? No he llegado al fondo del asunto, pero tampoco creo que sea importante.

Era magnetismo. Pasión. Nos sentimos pegados. Pero… la primera señal de alarma apareció cuando tras un intenso momento amatorio sentí que quería comandar la legión extranjera y yo solamente vivir una bonita experiencia. Bonita. No una muesca en un revólver, ni un punto para el ego. Algo digno de ser vivido, como procuro que sean ahora todas las experiencias de mi vida. Digno y bonito.

A la sombra de un buen albariño lo pareció. Sombra, eso sí.

La siguiente cita en su precioso ático tuvo sus preliminares teniéndome unos diez minutos dando vueltas por su comunidad, sin dar pistas sobre el piso exacto para que no llamase al timbre. Así le daba tiempo a arreglarse. “¿A que es bonita la piscina?” me repetía. Esa fue la primera vez de muchas en las que consiguió que me sintiera estúpido. También es bueno de vez en cuando verse así.

Una vez en el presunto paraíso de su terraza, a las dos horas de conversación ya estaba planeando parte de mis (sus) vacaciones en cierta isla, sentaba cátedra sobre cualquier tema del que hablara, y se permitió ridiculizar el humilde barrio en el que vivo ahora para poder estar cerca de mi pequeño. Quedarme a dormir no fue una invitación. Se zanjó de forma natural, cuando escuché un “…cuando mañana te vistas para ir a trabajar…” mientras yo servía el champán (claro) Sin embargo, y a pesar de los evidentes desencuentros, hay que ver cómo es la naturaleza que esas fuerzas que nos atraían seguían activas. Y de hecho siguieron su curso natural.

Cuando tras la tormenta llegaba el momento de obedecer y continuar en la tesitura íntima del dormir en el mismo lecho, pensé que era un buen momento para lanzar una prueba de fuego. No una huida cobarde, no un mezquino intento de evitar el compromiso. No una sonrisa ladeada de satisfacción. No. Una prueba real.

Le solté un fenómeno sin demostrar científicamente pero útil: algo con lo que, con todo su espíritu premium, intuí que no podría:

– Ronco.

A esta seca afirmación en forma de misil verbal le siguieron cinco o seis preguntas del tipo “¿de verdad?” “Pero… ¿mucho?” y similares. Ahí ya se vio lo que tenía de verdad todo aquello. Yo exageraba, llegué a asegurar que en ocasiones despeinaba a quién tuviera cerca en esa tesitura. Poco tardó en sugerirme que me marchara.

Aquello estaba herido de muerte, y bien que así fuera. Tras unos whatsapp vacacionales y un débil intento mutuo de cita sin hueco en nuestros calendarios, me llegaron una serie de mensajes que traspasaron la línea de lo saludable. Decidí entonces que era mejor abandonar la conversación, como ya he hecho otras veces mucho más dolorosas.

Se quedó haciendo un curso de Mindfulness seguramente carísimo, con apuntes y todo. Pocas veces he deseado suerte con tanta convicción. Y, por qué no decirlo, cierta dosis de amor del de verdad. Algo se agitó en nuestras almas pero se quedó enterrado, como ocurre tantas veces, bajo toneladas de ego. Una oración y a casa. Cada uno a la suya.

Mientras, seguiré tomando tónica de hibisco con 5th rojo procurando no recordarla más de lo bebido.

 

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