Desayunamos fuerte en la terraza del bar que hay justo al otro lado del río, frente a la casa.

Mientras ella lidiaba con el enorme bocadillo de lomo embuchado que acabó envuelto en el maletero de su Ibiza de los 90, supo contener las lágrimas.

Esa mañana sí.

No tuvo tanta habilidad para detenerlas la noche anterior cuando nos pasamos un buen rato frente a esa fachada, con el único sonido del torrente de agua que corría bajo los puentes. “Aquí me quedaba en ese balcón a echar la tarde mientras él seleccionaba las mejores fotos”, dijo clara y totalmente emocionada la musa del artista.

Carlos Díez se conoce que había sido uno de los grandes pintores y, claro, artistas y fotógrafos de las últimas décadas. Y ella, la belleza imposible de encerrar en alta definición. Se conocían desde el instituto. Eso dio a su relación un valor ingenuo, en el que la desnudez no quería decir sexo. Era belleza expuesta con apertura f/16 con buena luz. Era amor del puro, del que ella no encuentra en nadie más. Del que la ha dejado huérfana de artista al que inspirar. Para ella hubiera sido mejor perder una pierna. Porque ha perdido algo (alguien) con lo que caminar en una vida mediocre, llena de hombres mucho más insulsos y con mucho menos que contar.

Me paseó por todos y cada uno de sus rincones comunes, sin parar de explicarme cada detalle una y otra vez. Hasta cinco veces, sin darse cuenta. Cosas de la viudedad de quién no conoce altar ni boda y menos de quién nunca fue pareja.

Cerca de la cueva en la que se refugiaron de la lluvia la última afortunada tarde que les vio juntos hay una excavación. Parece que están dando luz a parte de la prehistoria humana del Neandertal. Si hubiera ocurrido 200.000 años atrás, el sentimiento no hubiera cambiado lo más mínimo. Una parte de ella quedó impresa en aquellas paredes calcáreas, como una pintura rupestre más.

Y el tiempo se ha detenido por culpa de Facebook.

Cada año, el alegre algoritmo coleguita de la dichosa red social le trae al escritorio, a la puta pantalla, las fotos que él le tomaba. “Fíjate, qué guay, hace un año, o dos, da igual, estabas con Carlos. Mira, mira qué buenas fotos te hacía el muerto”, o algo así, le dice.

Sinceramente, que Facebook se meta las fotos por dónde le quepan.

Ella ya las tiene dónde le caben: en el corazón.

Comentarios (4)

  • Johan Cladheart . 17 abril, 2017 . Responder

    Menos corazones digitales y más amor, ¿no? Crudo pero bonito relato.

  • (Autor) Juanma Ortega . 17 abril, 2017 . Responder

    ¡Gracias por el comentario!

    Bueno, no sé si los amoríos digitales y los carnales son antagónicos, pero desde luego sí los on los algoritmos del buen rollito de Facebook y un duelo tan profundo.

    El relato es absolutamente real en todos los detalles.

  • Pablo Amor . 19 abril, 2017 . Responder

    No se me ocurren más que obviedades sobre la supervivencia del yo digital. Tal vez la realidad aumentada sea la solución: nuestra representacion digital debería seguir evolucionando -envejeciendo- cuando nuestro yo físico ya no esté. Lo contrario del Dorian Gray digital en el que estamos atrapados ahora.

    • (Autor) Juanma Ortega . 19 abril, 2017 . Responder

      Muy bueno. En serio. Pero creo que con hacer que Facebook tenga más cuidado con el tema muertos, a mi amiga le vale.

 

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