Nunca llamé, y podía haber cambiado todo mi destino.

Aquella tarde de 1983, siendo un adolescente indolente, la situación me engulló. La cabina se tragó los últimos cinco duros y solamente pude decir “hablamos luego”. Pero luego no hablamos.

Ella siempre fue una preciosidad. Con mucha más necesidad de calidez y comprensión de lo que podía ofrecer el joven Juanma Ortega, mucho antes de iniciarse en la radio. Era un chaval con ganas de comerse el mundo.

Pasó aquel domingo por la tarde en la tienda de postales del Castillo de Montjuic demasiado rápido. Llegaban los turistas a borbotones desde los barcos atracados en el puerto, y sin casi ninguna otra oferta de calidad salvo las ramblas, el barrio gótico y el Tibidabo. Y poco más. No es esa Barcelona extraña que se reinventó después para llenarse de turistas. Tenía mucho más sabor.

Con el negocio atiborrado, mi pobre madre apenas podía controlar que no se le llevaran las postales por decenas de los casilleros. Y ahí estaba yo, invirtiendo mi juventud en aquel negocio familiar. Ya casi de noche conseguí permiso para escapar. El plan era salvar nuestra relación de mis 16 años (ella 17) con un pequeño viaje en tren.

Habíamos tenido altibajos muy alti y muy bajos. Como todas las relaciones, pero cuando eres así de joven, todo es más salvaje. Multiplicado por cien. Llevábamos desde los 14 enamorados como locos, en una época en la que el amor verdadero se materializaba en cartas escritas por las dos caras y postales con puestas de sol y frases bonitas. Nos recordábamos mutuamente con mechones de cabello que aún conservo y colonia del otro en la almohada. En tardes de besos sin más, y poco a poco un poco más. Y no todas las tardes.

Arrastrado por una fuerza enorme, en vez de usar la cabina telefónica para decir “voy a por ti, princesa mía”, pensé que era mucho mejor presentarme en su casa, en L’Hospitalet. Ya estaba bien de medias tintas. Ahora sería el Hombre que ella necesitaba, estaba convencido de entenderla. Corrí hacia el teleférico de Montjuic, enlacé con el funicular que conectaba con el metro: línea 3 transbordo en Plaza de España y hasta Santa Eulalia. Corrí calle arriba hasta dónde vivía con su hermano. Él fue quién me abrió la puerta, pálido. “Pues se ha ido, Juan Manuel”. Me dejó entrar, haciéndose a un lado en la penumbra, como para que lo comprobase por mí mismo.

Pasé a su cuarto. Ahí estaba, vacío. Jamás olvidaré el pesar que me invadió. Mi cuerpo no respondía. Me dejé caer en su cama, junto a la emisora de 27 Banda Ciudadana que nos conectó durante noches enteras de palabras de amor que se han perdido en el éter del tiempo.

“Triángulo Rojo” ya no estaba. Se había ido con un muchacho bastante más maduro y con moto. Lógico. Sé de buena tinta que pasó tardes enteras llorando porque, enamorada, no encontraba en la estación “Súper” (el que aquí les modula) lo que necesitaba.

Sin embargo, no fue ella quién me dejó. Yo fui quien muchas tardes era el que se había esfumado, el que se distraía, el que quería conquistar medio mundo. El que nunca tenía bastante. Ella era la que se daba cuenta de la situación por aquello de la madurez femenina, y porque un año de diferencia en aquellas edades y décadas… era mucha diferencia. Una y mil veces la abandoné. Pero ella solamente una. La definitiva.

Ahora quiero creer y creo que es feliz junto a su última relación, con un hijo mayor (de la edad de mi última pareja) y otro mucho más joven con aspecto de pequeño gran genio. Su magia, su eterna magia, ha creado un local lleno de encanto en el que se reúnen buenos amigos, y sobran las buenas vibraciones.

El Destino y ella han querido que ahora viva justo en el pueblo al que íbamos a ir en tren aquella tarde de domingo en la que no llamé.

Golpes: Semana #14

Comentarios (2)

  • Ana Arroyo . 9 abril, 2017 . Responder

    Lo leído ya tres veces y tengo los ojos encharcados de lágrimas por las similitudes con mi historia.

  • Pablo Amor . 10 abril, 2017 . Responder

    Me siento identificado, y eso es lo mejor de la buena literatura. Gracias por plasmarlo, Juanma.
    Y en efecto, yo tampoco llamé.

 

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