Hola otra vez, Marina.

¿Recuerdas? Aquella noche de 2008 te dediqué estas palabras:

Un silencio suave y profundo se abate sobre este hogar, ahora tranquilo. Te escribo desde tu cuarto. El lugar en el que tu cuna iba a recoger tus primeros llantos y sonrisas. El sitio donde imaginé tantas veces que extendías tus manitas para tocar, oler y llevarte a la boca tus primeras sensaciones.

Comencé a escribir esta carta en una fría sala de espera, mientras buscaban el latido de tu minúsculo corazón. Tu madre, sola, te lloró en una sala de hospital cuando no lo encontraron. Yo solo pude correr y correr hasta ella para atravesar juntos el negro y estrecho pasillo que es el silencio de tu ausencia.

Unas semanas contigo fueron suficientes para sentir tanto amor…

Aquella carta comenzó llena de rabia. Sí, soy humano. Es una de las cosas que tu simple existencia me enseñó.

Verás, Marina: en este mundo extraño que no conocerás, la simple verdad desnuda de la vida o la muerte nos hace temblar, impotentes, mientras nos damos cuenta de que nada tiene trascendencia salvo una verdad: solamente existe el amor.

Ni siquiera has nacido y he recibido de ti tantas lecciones …

Nunca pude estar contigo, ni acariciar tus escasos cabellos mientras te quedabas dormida. Tampoco llegaré jamás a saber si heredaste la personalísima nariz de tu madre o mi pelo negro y rebelde. Y si sé que venías mujer es porque así te vio mamá en sus sueños todos y cada uno de los días en los que tuvo la suerte de llevarte en su vientre. Ah, y en los de tu tío Tony. Todos sentimos tanta alegría con tu simple existencia…

Tu abuelo te compró unos Geox de campeonato (siempre creyó que vendrías varón) y tus tíos Ginés y Elvira guardarán para tu hermano los patucos del Barça que se apresuraron a comprar.

Sin embargo, decidiste no venir.

Ya no estoy enfadado, hija mía. Pero no puedo dejar de preguntarme qué fue lo que viste de este mundo para no querer hacerte presente.

Tu madre y yo sabemos prácticamente todo lo que la ciencia nos dice: que es normal durante los tres primeros meses, que más vale ahora que después, que en tres meses podemos volver a buscar un hijo…  Pero no serás tú.

No dejo de saber que jamás podré llevarte en brazos, auparte y enseñarte a pronunciar bien la erre. No podré explicarte cómo funciona este planeta al que no quisiste llegar. ¿Por qué?

Quizá todos deberíamos pensar un poco más, aunque solamente fuese un minuto al día, en qué tipo de mundo estamos construyendo para que un ser inocente no quiera llegar.

Querida Marina Ortega Díaz: llevas el nombre que tu abuela tenía pensado para mí, aunque yo también trastoqué un poco sus planes. Ibas a ser la primera madrileña de la familia, del signo de cáncer como papá… y poco más sé de ti.

Que no podré cantarte nanas desafinadas o explicarte una y otra vez las mismas historias de la radio a la que dediqué mi vida. No podré pasear contigo por la playa y escuchar cómo tu madre nos explica qué es el mar mientras tus ojos maravillados descubren la inmensidad del horizonte, o el brillo de las estrellas.

Adiós, Marina, hija mía.

Gracias por esta enorme lección de amor.

 

Aquella noche hice tantas preguntas esperando no tener respuestas, que pasé el resto de mi tiempo convencido de que serían lanzadas al viento, sin más respuesta que el eco sordo de mis propias palabras. Eché la culpa al mundo, al que hacíamos todos… ¡qué equivocado se está cuando ni siquiera se es padre primerizo!.

Anoche, con tus ojos negros, tu mirada fija clavada en la mía, y con esa sonrisa serena que tienen dibujada en su cara todas las muñequitas de Lego, me diste todo lo que necesitaba saber. Era el momento de ejercer la “psicomagia” justa para poder darte por fin tu sitio. Durante semanas busqué en Madrid un lugar en el que dar sepelio por fin a tu incompleta presencia, a tu no-venir, a tu vacío lleno de nada. Pero no sentí que era así como quería despedirme.

Fuiste la primera, así que lo mejor era volver al principio. Al lugar en el que todo ocurrió. No me importó conducir durante horas y horas hasta llegar a la ciudad que vio nacer el amor que te creó. Todo conspiró para que acabara encontrando exactamente el rincón en el que se produjo el milagro. Bajo un árbol mecido por el viento, iluminado en una noche de luna llena y con la Alhambra observándonos, me he despedido por fin de ti. De ese ser que decidió optar por el amor más generoso que existe. Comprendí todo.

Sentí que nos cogíamos de las manos al decir adiós, para darme paz. Y fue exactamente entonces cuando me sentí humildemente agradecido por estos más de ocho años. Son casi los que tendrías. Te he imaginado tantas veces… Dejé salir todas mis lágrimas al recordarte. Realmente aquello era un entierro. Por fin.

Ha sido un tiempo de lucha, de pasión, de aprendizaje, de rabia, de dolor, de felicidad, de ilusión, de desesperación… todo te mira. Estabas ahí, de alguna forma. Presente en tu ausencia. Dejándome (dejándonos) errar una y otra vez. Permitiendo que entre la sabiduría en cada golpe de la vida.

Por fin comprendí tu misión. Y me hizo tan responsable de mi presente como para honrarte en mi triunfo.

El vacío se llena ahora de gratitud.

Gracias, Marina, hija mía.

Me haces pequeño en tu grandeza.

Adiós.

 

Comentarios (4)

  • Sol . 13 marzo, 2017 . Responder

    Precioso, y el texto también.

  • Pablo Amor . 13 marzo, 2017 . Responder

    Difícil comentar un texto así. Muchas gracias por compartirlo, Juanma. Es muy potente y sólo me genera fuertes sensaciones de empatía y agradecimiento.

    • (Autor) Juanma Ortega . 13 marzo, 2017 . Responder

      Gracias a ti, Pablo, por darme el lienzo en el que poder sacarlo.
      Dentro no estaba bien.

  • Quinnipak . 14 marzo, 2017 . Responder

    Como dices y estoy totalmente de acuerdo “nada tiene trascendencia salvo una verdad: solamente existe el amor”. Y este texto está cargado de eso. Gracias por compartirlo, Juanma.

 

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